El móvil llevaba ya un rato vibrando. A pesar de sus esfuerzos por ignorar su frenético temblor sobre las sábanas, Yesira cometió el fatal error de mirar quién la requería con tanta insistencia.
Martina. No se sorprendió. Al fin y al cabo, llevaba pasando de ella y del resto de sus amigas durante todo el puente. Quedaba apenas una semana para la celebración de San Juan, pero lo último que necesitaba en ese momento era comprometerse a trasnochar entre gilipollas. El teléfono guardó silencio al fin, para luego vibrar de nuevo, en un último estertor. Un mensaje de Martina: «tia, que se que estas no te hacen ni puto caso, pero vamos avernos».
Yesira se rascó la frente, cerrando los ojos en un intento de acumular los resquicios de paciencia que le quedaban. Ya no sólo por la ortografía, sino porque se le ocurrían al menos cinco mil cosas que hacer, que le proporcionarían un rato infinitamente más agradable que charlar de estupideces con Martina. Sin embargo, una voz en su cabeza le decía que, de alguna forma, estaba siendo una desagradecida por no contestarle.
—Al fin y al cabo, para una que se preocupa por mí —se dijo, aunque sabía lo falsa que estaba siendo consigo misma.
«Vale, nos vemos delante del Campo de Guía en un cuarto de hora. ¿Puedes?». Este mensaje recibió respuesta al instante, un emoji de aplauso. Yesira sacudió la cabeza, con las mejillas enrojecidas de ira. Otra prueba más. Se enfundó su camiseta y vaqueros y, tras respirar hondo unas diez veces, se puso sus sandalias y salió por la puerta, dedicándole una leve sonrisa a Yaiza, que se la devolvió desde el salón, donde estaba preparando su proyecto de lengua.
Anduvo con prisa contenida hacia el ascensor, donde se quedó unos segundos en atenta observación. La sombra seguía allí, ominosa. No obstante, la joven ya la había tomado como al perro del vecino. Antes de abrir la puerta, se agachó para ponerse a su altura.
—Qué, ¿cómo ha ido la mañana? ¿Has asustado a las del quinto, o sigues con lo de solo aparecerte a mí? —Tocó con los nudillos el cristal—. Porque a este paso, Yaiza me va a enviar derecha a un psiquiátrico, bonito. Hay que joderse…
Después de cerciorarse de que no salía nadie, suspiró y abrió la puerta. Recostándose sobre la pared, pulsó el botón del piso bajo. Mientras descendía, se fijó en las luces que parpadeaban sobre ella. Era un edificio antiguo, y para que los vecinos se pusieran de acuerdo para cambiar las bombillas, había que sentarse y rezar. Nada fuera de lo normal. Hasta ese momento.
Entonces, ocurrió. Una distorsión, una anomalía en la razón. Una mota de polvo aprisionada entre los párpados. Algo que redujo a cenizas cualquier sentido, que subyugó toda explicación. La luz se apagó nada, unos segundos. Y, entonces, quién, poseedor indudable de su sano juicio, podría responder a esta simple, pero aterradora pregunta:
¿De quién era la sombra que, al regresar el amarillo de los focos, se superponía a la de Yesira?
—¡Hijo de puta! —se escuchó chillar la joven, que, antes de que su pensamiento la alcanzase, ya había lanzado una potente patada hacia atrás, una coz que impactó de lleno contra la pared del ascensor.
El golpe no se sintió duro. Su pie había rebotado con algo. Con alguien.
Un fuerte quejido retumbó en el cubículo. Espantada y confusa, Yesira contempló con los ojos abiertos de par en par cómo, de la ya evidente y real segunda sombra emergía una figura pequeña y delgada. Quiso salir corriendo, pero la puerta aún no se abriría. Por ello, fue testigo de cómo esa silueta adoptaba facciones cada vez más detalladas. Formó a su alrededor una sudadera de color negro y pantalones del mismo color. Desde debajo la capucha, dos ojos amarillos rezumaron como dos penachos de colillas, desde los que se esculpió una cara afilada y blanca, con briznas de cabello rubio asomando.
La cara de un niño. Por su aspecto, tendría la edad de Yaiza. Un leve rubor aparecía en sus comidas mejillas, que se acentuaba con cada respiración, de ritmo entrecortado. Con toda probabilidad, debido al puntapié de momentos antes.
Una vez terminó de aparecerse, cayó al suelo de manos y rodillas. Sin embargo, no retiró su mirada de la de Yesira. Sus ojos, aunque enrojecidos por la agitación, seguían cada uno de sus movimientos, por mínimos que fueran. Yesira deseó lo indeseable para que el ascensor llegara de una vez.
Como accediendo a su súplica, el tan ansiado pitido sonó al fin. Sin esperar a que se lo pidiesen, Yesira empujó con el hombro la puerta y avanzó todo lo rápido que pudo hacia el exterior del portal.
Una mano le apresó el hombro antes de que pudiera sacar del ascensor el pie que le faltaba, al tiempo que una voz aguda y ronca le invadió los oídos.
—Espera… Por favor…
El leve tono de socorro que apreció en ella le hizo girarse un instante. Decisión de la que se arrepintió más pronto aún, al ver al chico que, a pesar de seguir rojo, se abalanzaba sobre ella con la mano cerrada, excepto por los dedos índice y corazón, que disparó como una daga en dirección a su frente.
Lo siguiente superó en velocidad a un suspiro. Un firme golpe con el dorso de la muñeca para desviar el ataque y una potente patada horizontal que, antes de que Yesira descifrara lo ocurrido, se clavó en la cadera de su escuchimizado atacante. Ya fuera por la propia diferencia de fuerza entre ambos, o por el factor sorpresa que impidió al chico prepararse para un contraataque de esa magnitud, aquello selló el enfrentamiento. De nuevo en posición cuadrúpeda, resolló, tratando con esfuerzo de tomar aire, aunque su diafragma no parecía estar muy de acuerdo.
Esa vez, Yesira no tuvo compasión. Con ambas manos, golpeó la coronilla de su adversario, haciendo que acabara con su mandíbula en el mármol del portal de su casa. Luego, sin quedarse a averiguar si lo había noqueado, corrió todo lo que pudo hacia la puerta, la cual abrió no sin problemas, para luego salir despavorida hacia no sabía dónde.
El chiquillo tardó casi un minuto en reponerse lo suficiente como para poder buscar en el bolsillo de su sudadera. Sin sacar la mano, tecleó algo con sólo su dedo pulgar derecho. Sin perder más tiempo, se dejó caer de espaldas en la sombra que proyectaba una columna recubierta de gotelé gastado. Sus rasgos se disolvieron en negro, y en un abrir y un cerrar de ojos, toda su forma se había hecho una con el trazo oscuro que dividía el vestíbulo en dos partes iguales.
El Campo de Guía era uno de los tres institutos más cercanos a su casa, un edificio que parecería abandonado, si no fuera por sus puertas abiertas y el flujo constante de alumnos, profesores y padres que las atravesaban a diario, ya que su fachada estaba casi completamente cubierta por cascadas de hiedra y musgo. Nadie sabía el porqué de aquella decisión estética, pero muchos aventuraban la posibilidad de que se debiera a un dejar para luego demasiado largo. El caso es que, aparte de ese toque exótico, por lo demás era un centro de enseñanza sin mucho que destacar. Martina vivía a pocos metros del edificio principal, así que solían usar su casa como punto de encuentro, para luego salir hacia el centro de la ciudad. Yesira se sabía el camino incluso con los ojos vendados, pero aquel día se equivocó de callejón dos veces, mientras les pedía a sus pies que no desfallecieran.
Por mucho que, como pobre defensa de la razón, intentara fingir que todo era normal, no podía evitar lo que su mente le susurraba. Ha salido de la sombra, ese niño ha salido de la sombra.Un escalofrío le recorrió la espalda, mientras su cabeza bullía de preguntas y conclusiones, cada una más horripilante que la anterior. ¿Siempre había sido así? ¿Había estado todo el último mes espiándola a ella, a su familia? ¿Qué pretendía? Había logrado zafarse de él con relativa facilidad, pero… ¿qué pasaría si se lo volvía a encontrar? ¿Y si había más como él… buscándola? Su corazón latía como el de un ratón. Le pedía detenerse, tomar aire. Pero no podía permitirse tal lujo. No, cuando la sombra del ascensor podía estar pisándole los talones.
Por fin, llegó al Campo de Guía. Para su desconsuelo, la calle estaba desierta. Al menos, esperaba encontrar algún grupo de adolescentes comiendo pipas en los bancos cercanos, o alguna familia tomando un café en el bar de enfrente del instituto. Pero no, parecía que el mundo entero había conspirado para dejarla lo más indefensa posible. Miró a ambos lados, casi hiperventilando. Alguien. Quien fuera.
Por fin. Allí estaba Martina, saliendo de su casa. Su pelirrojo a medio desteñir era inconfundible. Jamás pensó que se alegraría tanto de verla. Su cuerpo pareció olvidarse del agotamiento de la carrera hasta allí, y emprendió otra, más esperanzada, en dirección a su amiga.
Antes de que pudiera gritar su nombre, el primer paso que dio le dejó más allá de la ribera de la sombra del enorme sauce llorón de la entrada del instituto. Había entrado al mar sin flotador. Algo le tapó la boca y ojos, algo intocable. Y luego, negro.
—Por favor, tienes que escucharme. No quería llegar a esto, de verdad.
El oído fue el primer sentido que recuperó. El tacto le siguió poco después. Estaba sentada sobre una serie de tablas unidas, formando un asiento curvo. Un banco, como los que había en un parque cercano. Intentó levantarse. No pudo. Trató de gritar. Estaba muda. Y ciega. Por mucho que abriera los párpados, sólo veía sombra sobre sombras. Incapaz de hacer nada más que escuchar, se limitó a hacer eso mismo. Escuchó un chasquido de lengua. Un zapateo nervioso. Un suspiro. En su desesperación, pudo detectar que su captor parecía lejos de tener el control de la situación.
—Eso que te he hecho durará unos treinta segundos más —prosiguió la voz. Era la del chico de la sombra. Menos congestionada, pero no cabía la menor duda—. Sé que estarás asustada, pero no creo que pueda hacerte más que esto, viendo la paliza que me diste antes. Por eso, si cuando recuperes la movilidad dejas que te explique, te juro que esto es todo lo que te haré. De hecho, no quería hacerlo en un principio, es que las cosas son… tan complicadas… —Volvió a resoplar—. Después se quejarán si los planes se van al garete por mi culpa, yo es que ya… ¡Agh!
Brazos a la espalda. Tirantes. Dolor. El chico se encontró, en un momento, atrapado en un candado por Yesira que, habiendo recobrado al fin sus facultades, lo había cazado en un descuido, mientras se perdía en sus lamentos. Pero tan rápido no podría haber… ¿Se había equivocado al contar los segundos? ¿O quizá…?
Trató de liberarse, pero no lograba superarla en fuerza. Se dio cuenta que la única posibilidad que tenía era escabullirse como sólo él era capaz. Estiró el pie en dirección a la sombra de un arbolillo a pocos centímetros de ellos. Era algo estrecho, pero en peores agujeros se había metido. Giró el tobillo todo lo que pudo. Un poco más, sólo un poco más y podría…
¡Pum! Por un instante, su vista estuvo fija en el cielo, para luego encontrarse con la mejilla contra el banco, con Yesira sentada sobre su espalda, impidiendo su movimiento. ¿Acaso ella había adivinado sus intenciones, y le había apartado de su vía de escape con esa llave? Era mucho más perspicaz de lo que había imaginad… ¡Agh! El dolor de su brazo siendo torcido tras su columna le arrancó de sus pesquisas.
—Con que no vas a hacerme daño, ¿eh? ¿¡Y a qué llamas lo de hace un momento!? ¿¡Eh, cuerpoescombro!? —Apretó, extrayéndole un quejido al chico.
—¡Lo siento, lo siento! —suplicó, pataleando sin éxito—. ¡No sabía qué hacer para que no salieras corriendo otra vez!
—¡Claro, y lo único que se te ocurre es…! —Aflojó un segundo, pensativa, para luego aumentar la presión de nuevo—. ¿Qué es eso que me has hecho? ¡Habla!
—¡Te lo diré, si me sueltas! ¡Por favor! —gritó,
—Sí, como si hubiera nacido… ¡ayer! —Apretó al unísono con su última palabra, provocando otro gemido del chiquillo—. ¡Primero me lo dices, y luego te suelto! ¡Y no sólo eso! —Yesira se agachó, lo suficiente para hablarle al oído—. Ya que estás, también vas a explicarme por qué estabas en la sombra del ascensor. Qué buscas conmigo y con mi familia. Cántamelo de pe a pa, y quizá me plantee liberarte. ¡Vamos!
De pronto, el chico de la sudadera se revolvió con más violencia. Aunque no lograba escapar, no dejaba de moverse de un lado al otro, como poseído.
—¡Suéltame, por favor! —suplicó, desgañitándose la voz—. ¡Te prometo que te lo contaré todo, pero por favor, tienes que soltarme!
Esa súplica tenía un tono que no pasó desapercibido por Yesira. Era desesperado, pero por un motivo diferente al mero dolor de brazos, o al peso sobre su rabadilla. Había temor en sus palabras. Por un momento, Yesira esbozó la idea de que se estuviera pasando un pelín con el chaval. Pero hasta ese punto… Que ojo, no era ajena a ese sentimiento que despertaba en la gente del instituto. Pero hasta el punto de sentirle temblar bajo ella. Ni que fuera a matarle un poco de mano dura.
En ese momento, cayó en la cuenta. No era de ella de quien parecía estar aterrado. Era de otra cosa. Algo de lo que no pudo encontrar explicación.
Su miedo tenía la forma de una figura. Una silueta opaca que se estiraba en el suelo, que surgía de donde ellos estaban y que cobraba la forma de un ser… ¿humano? Una columna de la que brotaban dos extremidades que podían llamarse brazos, uno a cada lado. Pero que no se detenían donde los brazos humanos deberían, sino que se alargaban hasta perderse bajo el banco. Y su cabeza… no tenía ojos. Pero le miraba. A pesar de no ser más que un óvalo apagado, no podía deshacerse de la sensación de que la observaba. Con paciencia falsa. Con inerte amenaza.
—¿Qué es…? —Llegó a murmurar—. ¿Eso lo has…?
—Suéltame… —Fue la respuesta del chico, con voz ahogada—. Rápido… Antes de que… Él…
Yesira quiso deshacer el nudo, pero su cuerpo estaba paralizado. Sus pupilas se giraron hacia la derecha, buscando a quien estuviera proyectando esa sombra. En lugar de un hombre alto y corpulento con el que coincidiera, sólo se sorprendió oteando la verja del instituto, pocos metros más allá. No había nadie. Ningún humano que pudiera sanar su juicio, que con su presencia calmara el desorden de su mente. La sombra no pertenecía a nadie. La sombra no pertenecía a nadie. Pero eso no era posible. Si el sol brillaba sobre algo, ese algo producía una sombra en sentido contrario. Así es como funcionaba. Así es como debería funcionar. Entonces…
¿Qué está pasando? Seguía sin poder moverse. Sólo observaba a la sombra observándole sin ojos. Sin ojos. Un momento… ¿estaba… levantando el brazo? ¿Cómo podía levantar el brazo una sombra? Le pareció escuchar los ruegos del chico, aún atrapado bajo ella, pero se diluyeron en su mente como sal en agua hirviendo. La mano siguió levantándose, como… señalando… algo… Y entonces, comenzó a salir del suelo. Trascendencia inconcebible de la condición lógica. Del suelo era su única existencia y, sin embargo, ese brazo de oscuridad, de niebla, se irguió de forma pausada pero indetenible. A su vez, un apéndice delgado germinó de su extremo. Un dedo. Un dedo que, antes de que señalara, ya sabía Yesira a quién señalaría.
Y así fue. El dedo apuntó hacia su frente, algo más arriba de su entrecejo. Sin poder evitarlo, contempló sin aliento cómo se acercaba hacia ella. Más y más, crecía y crecía como una brizna de azabache en su dirección. La saliva no cayó al tragar, cuando quedaban apenas tres milímetros para que la tocara. ¿Cómo se sentiría… que le tocara una sombra? ¿Podría acaso llamar a eso sensación? Sus párpados le respondieron, cerrando sus ojos mientras esperaba lo que no quería esperar. Un segundo. Dos. En menos de lo que quedaba para el tercero, la alcanzaría. Tr…
¡¡PIIIIIIIIIII!!
Como si un millar de focos hubieran estallado a su alrededor, sus tímpanos vibraron lo más agudo que sanamente pudieron. Al tiempo que la sombra se encogió hasta no ser nada, sus ojos recuperaron el brillo que le habían extirpado. Sintió a su presa exhalar de alivio. Mientras la realidad terminaba de imponerse a aquellos instantes en los que la sinrazón parecía haber triunfado, un nuevo pitido le hizo el eco al primero. Flaqueando todos sus músculos, después de que la aparición los dejara en inamovible tensión, dejó libre al chico, que se apartó de ella de inmediato, llevándose la mano al brazo que había sufrido más con la llave.
Una voz cantarina pero profunda, como el trino de una tórtola, se oyó en la lejanía. Yesira la sintió como si una pluma acariciaran sus oídos.
—Qué calamidad de adolescencia… ¿Te está molestando este pendón, preciosa?
Con el aire atascando su garganta, se giró para ver de dónde provenía el canturreo. Un sobrio pero elegante utilitario negro se había detenido frente a ellos, quedándose a ras del arcén y dejando el mínimo espacio posible para no colapsar el tráfico. De éste, había bajado una mujer de aspecto joven. Su larga melena rubia plateada, decorada con un pañuelo azul oscuro, le caía a sus espaldas, mientras dos mechones laterales tapaban a ambos lados su visión, sus ojos de aceituna. Su cara era delgada, como la del chiquillo de la sombra, pero mientras en él sus facciones escurridas parecían declarar su ciudadanía en el otro barrio, en la recién llegada, el resplandor que emitía daba la sensación de que su estilizada mandíbula y su nariz triangular y simétrica habían sido pulidas con diamantes. Su figura igualmente esbelta la cubría con un vestido largo y sencillo, de manga de tirantes y hasta las rodillas, del mismo color que el pañuelo. En su mano, llevaba una especie de cojín, bordado de interminables colores, cosidos con hilo dorado. Se acercó a ellos, sonriendo con sus finos y pálidos labios.
—¿Y bien?
Yesira tardó unos segundos en asimilar que le estaban hablando a ella. Estaba fascinada por la presencia de la mujer que, pese a la gracilidad de su porte, imponía como un maremoto.
—Eh… sí, digo… No, no se preocupe, señora. —Apartó la mirada, incómoda. El enfado, el terror, toda la emoción que momentos antes le embargaba, había sido sustituida por una sensación de gravedad, cuyo centro era el suave parpadeo de los ojos almendrados de la mujer.
En respuesta a su hilo de voz, ella rio. Rio como una bandada de ruiseñores en perfecta armonía. Como un huracán.
—¡Pero no me pongas más años de los que tengo, hija mía! —Le tendió la mano—. Puedes llamarme Cassandra, mucho gusto.
—Yesira. —Fue todo lo que alcanzó a responder, mientras se la estrechaba sin mucha seguridad.
El tacto de su palma era suave pero abrasador, como el de cenizas recién extinguidas.
—Y en cuanto a ti… —Se giró hacia el chico—. Espero que no le hayas dado demasiados problemas a esta chica. ¿Qué le has hecho, que yo me entere?
—Nada, solamente intentaba decirle…
—Te ruego que disculpes a mi retoño, ¿Yesira, era? —Sin dejarle terminar, le revolvió el pelo—. No es que se le dé bien interactuar con gente, así en general, y menos con una preciosidad como tú. Porque ni te habrá dicho como se llama, ¿me equivoco?
El joven se apartó, bufando. Como un gato recién duchado, se sacudió con mala cara. Aplastándose el pelo revolucionado, miró de reojo a Yesira.
—Yo… Mi nombre es Oscar. Siento… las molestias ocasionadas —dijo, con evidente vergüenza, en gran parte porque fuera su madre quien le había obligado a ello.
La joven se apartó el mechón de la cara, aún aturdida por el tren bala que le había pasado por encima. El móvil empezó a temblar en su bolsillo. Claro, Martina. A saber el tiempo que llevaba esperándola. Eso sin contar las veces que la habría llamado y ni se habría dado cuenta, con todo aquel tiroteo. Era su oportunidad.
—Ah, que es usted su madre, entiendo… —suspiró, entrecerrando los ojos—. Mire, Cassandra, le agradezco la preocupación, y de verdad, su hijo… Oscar —Le señaló, con un parpadeo por respuesta—, tampoco ha sido para tanto. Pero si me disculpa, he quedado con una amiga aquí al lado, y ya llegaba tarde antes de que…
—Uy, sí, claro, no te entretenemos más, ¿verdad, cielo? —Oscar asintió, arrugando la nariz—. Pero antes de que te vayas, me sabe mal que este zopenco te haya importunado. Algo habrá que hacer para compensarte.
—No, en serio, un mal día lo tiene cualquiera, de verdad —Se levantó de golpe, dejándoles atrás—. Hasta luego.
Y ya está. Pasito a pasito, vete de una vez.
—¡Oh, ya sé lo que podemos hacer! —dijo en voz alta Cassandra, lo suficiente para que la escuchara—. De hecho, seguro que ya te lo estás preguntando.
Yesira se dio la vuelta. Podría haber seguido adelante. Ya se había negado antes, podía simplemente ignorarla. Ir junto a Martina y sus chillidos de graja. Olvidar todo lo ocurrido o, al menos, guardarlo en ese fondo que todas las personas reservan para lo que no entienden o temen querer entender.
Pero la voz de Cassandra era absoluta. Como un marino, Yesira volvió su cabeza hacia las rocas. Y, allí, le esperaba la sirena.
—¿Quieres saber cómo mi hijo se esconde en las sombras?
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