No se había fijado en el verde.

La isla a la que llegó años atrás, un peñasco perdido en otro archipiélago aún más perdido en la costa de Japón, siempre le había parecido gris. Una playa gris de ceniza, de la cual nacía una escalera gris, a través de una gris arboleda, hasta llegar a un inmenso jardín de rosas blancas y negras. Una mansión occidental de madera agrietada, agrisada por la intemperie y los malos hados, habitada por personas del mismo color. De miradas de acero, de lenguas de hierro incandescente, de corazones forjados por el implacable martillo del señor de la casa. Desde que pisó aquella isla, a la joven Natsuhi sólo se le presentó con una gama de color. Sin embargo, lejos de abandonarse, tomó con decisión el pincel.

Tras su casamiento con el primogénito, Krauss, Natsuhi tuvo clara su función: ser la esposa del futuro líder de la familia. En un tiempo en el que la mujer no era más que agua y abono para el árbol genealógico, aceptó su lugar a la sombra de su marido, irguiendo su barbilla y disponiéndose a ser digna ayudante, digna esposa, digna… madre.

Siempre fallaba. Cuando un arma, por muy pulida, por muy afilada que esté, a la hora de la verdad no es capaz de atravesar al oponente, pierde toda función. No sólo eso, sino que es doble el pecado, ya que la promesa de victoria asegurada era una altura mucho mayor de la que caer que la que si, simplemente, no se esperara nada de ella. Esa era Natsuhi Ushiromiya, un bello rifle que era bonito de mirar, pero, a la hora de la verdad, siempre disparaba por la culata, matando a su usuario. Con la cara cubierta de hollín y vergüenza, los años pasaban y el tiro seguía sin alcanzar su objetivo. Ni hijos, ni hijas. Y, cada octubre, la misma pregunta:

«¿Tampoco este año, Natsuhi? Qué pena, veníamos hablando de lo mucho que esperábamos que ésta fuera la buena. Así, nuestro George tendría alguien con quien jugar durante la conferencia. ¿No crees, Natsuhi? ¿Es que no me escuchas…?»

Esa voz viperina. Esa sonrisa acuchillada en sus facciones de lagarto sin escamas. Cada vez que ella le hablaba, el mundo perdía el poco color que le quedaba. Daba igual que su marido la defendiera —eso si lo hacía, ya que la mayoría de los escupitajos de veneno de aquella bruja eran correspondidos por un fruncir de labios—, la afrenta no era sólo profunda, sino que en el fondo, sabía que cualquier réplica que pasase por su mente se topaba con la dura verdad. La verdad de que, en su jardín, no había un triste yerbajo que llamar familia.

Y así, una vez el barco partía con los hermanos, de regreso al mundo, de regreso al color, ella quedaba allí, ahogada en un lienzo sobre el que el sol jamás se reflejaría, más que para quemar sus pupilas.

Aquella tarde, sin embargo, algo era diferente. ¿Desde cuándo era la hierba de Rokkenjima… verde?

Caminaba con paciencia, como se esperaba de la esposa del futuro líder. Pero la brisa levantaba sus talones de otra forma aquella tarde. La mesura parecía sonreírle a una nueva sensación. El aire llenando sus pulmones, para después acariciarlos según regresaba al cielo. El cielo, que se extendía sobre ella como un manto de tonos celestes, punteados por algún travieso trazo blanco. Celeste y verde. Sus ojos, aunque calmados, tomaban esos colores no como extraños, sino como viejos amigos que llevaran vidas sin reconocer sus rostros. Las gaviotas, que anidaban en los riscos cercanos, entretejían su llanto con el casi imperceptible rumor de las olas. Y Natsuhi, sola en el centro de la imagen, poco a poco se daba cuenta de que no era un sueño, una cruel ficción que tanteara sus más profundos anhelos, más allá de la coraza con la que había aprendido a revestir su corazón. Era real. Ella era real, Natsuhi lo era. No un arma, no un juguete, no una excusa. En ese momento, Rokkenjima le decía, arropándola con su verde, que, por vez primera, que era bienvenida, que era hogar.

¿Se habría atrevido Natsuhi a sonreír? ¿Habría alzado los brazos la esposa del futuro líder, habría gritado a la brisa, al cielo y a las gaviotas que lo surcaban, que merecía ser feliz?

Pudo haberlo hecho, de no haber sido por la rosa.

Natsuhi estaba harta de las rosas. Rosas blancas y negras, poblando el jardín de la mansión, como un tablero de ajedrez sin orden ni concierto. Aquella rosa, sin embargo, no era como las del jardín.

Era roja. Sus pétalos de color bermellón se hacían paso en la hierba alta como un volcán en erupción. Como una… herida… abierta…

Los ojos de Natsuhi se hincharon, hilos sanguinolentos atrapando sus pupilas como una telaraña roja. La brisa que deslizaba sus dedos con mimo por su pecho los cerró, estrangulando su cuello. Boqueó, apoyándose en un árbol, mientras su mirada seguía clavada en la rosa. Esta seguía abriéndose. Más y más abierta. Más y más rojo.

Natsuhi, ay, Natsuhi… ¿No querías más color en tu vida? ¿De verdad eres tan triste, que ante un soplo de efímera felicidad, no te planteas por qué, de pronto, has podido ver colores en el viento? ¿Tan rápidos son tus pies, tan hábil la aguja de tu memoria, que fue capaz de tejer por encima de tu pecado?

La rosa seguía floreciendo. Sus pétalos caían, formando charcos rojos en la hierba verde. Sangre. Ríos de sangre que nacían de… su… cabeza…

«¿No es muy alto este lugar, señora? ¿No deberíamos regresar a…?»

—Ah… ¡¡AAAAAAAAHHHHHHHH!!

Las gaviotas callaron.

De pronto, una voz se escuchó. En el bosque, en la playa, en el acantilado. En la isla. Pero sólo a Natsuhi se le permitió escucharla.

—¡Oye, oye! ¡Grita más alto, así seguro que me dejas el doble de sorda! ¡Qué poca elegancia la de la esposa del futuro líder de los Ushiromiya! ¡¡Ohohohoho!!

Era una voz dulce, agradable al oído. No era chillona ni terrorífica. Aunque claro, qué voz podría tener si no la bruja más fuerte, poderosa y estilosa de todo el mundo mundial.

—¿Quién…? ¿Quién anda ahí…? —preguntó Natsuhi, balbuceando más que hablando.

—Te perdonaré esta vez la afrenta de no reconocerme, sólo por la risa que me ha dado el escuchar un quejido tan patético. ¿Dónde se ha visto a una mujer de tu estatura caer rendida al ver una florecilla? —siguió la perfecta y melodiosa voz—. Tranquila, niña, no vengo a hacerte daño. Al menos, no tanto como el que tú misma has sido capaz de producir. ¿Cómo de alto era el acantilado, por cierto? ¿Pudiste oír el plas, el dulce crujido de la tortilla al caer en la sartén, desde tan, tan, taaan arriba? ¡Ohoho! ¡¡Jajajajajaja!!

La chiquilla se llevó la mano al cuello, aún sin poder respirar. Se le pasó por la mente protestar. A la idea le crecieron patas y huyó despavorida, como sabiéndose presa de un indecible augurio. La bruja se dio cuenta, y chasqueó la lengua, con divertida resignación. En un parpadeo, la garganta de la maleducada recibió aire de nuevo, como si lo que la estaba atascando nunca hubiese existido en primer lugar.

—De verdad que no… sé quién eres… Pero por favor, deja de… decir… —logró pronunciar, mientras sentía su trasero caer al suelo. Trató de levantarse, pero algo la mantenía sentadita, como una alumna que se había portado mal.

—Ya van dos veces, ¿eh? ¡Mira que te gusta jugar a la ruleta! —Cantó la bruja con la armonía de mil aves del paraíso, mientras se apartaba con el meñique una lágrima, fruto del desternille—. Mira, mejor lo dejamos, hay incorrecciones incorregibles. Yo a lo que venía era a proponerte un pequeño trato. De los de escupir a la mano y estrechar. Aunque sin hacerlo. Porque qué asco tocarle las babas a alguien como tú. Puaj.

—¿De qué… hablas…? —preguntó. Algo le decía que el sólo cuestionarse nada de lo que estaba ocurriendo, traería sólo desgracia.

—Oh, nada, algo muy sencillo. Es que te he visto ahí graznando como un cuervo atragantado, y me he dicho: «oye, ¿y qué te cuesta ayudar a esta niña, que parece que hasta le gusta sufrir?». Y, después de un rato de pensarlo y de reírme de ti, porque para qué engañarnos, risa das, y mucho, pues al final me ha parecido más gracioso obsequiarte con la… ¿solución a tus problemas? ¡Ohoho, llamémoslo así!

¿La solución… a sus problemas? ¿De qué hablaba la preciosa, enjoyada y hechizante voz?

—Pues yo te lo digo, atenta: tú y yo sabemos que, si bien estás aquí solita en el bosque, Caperucita no salió tan sola de la mansión hoy. Y quizá, hoy a Caperucita le apetecía hacer más de lobo, ¿me equivoco, niña?

No, no se equivocaba. Aquella tarde, ella estaba…

—¡Chist, chist! ¡No, no funciona así, boba! Deja en paz al pasado, eso no se puede cambiar. Lo que sí puedes hacer ahora es pensar en el futuro. Lo primero de todo, que yo me entere: ¿quién eres tú?

—Natsuhi… Ushiromiya… —Se oyó decir ella.

—Exacto. ¿Y para qué está Natsuhi Ushiromiya? Es más, ¿¡para qué ha nacido Natsuhi Ushiromiya!?

—Para… —Se puso de pie—. ¡Para traer la gloria a la honorable familia Ushiromiya! ¡Para ayudarla a que alcance un futuro digno de los designios de Padre!

—¡Esto ya es otra cosa, ahora sí que te oigo! Esa sí que es la voz de la esposa del futuro líder —proclamó la bruja, levantando las manos—. Y ahora que has dicho esto, ¿prometes alcanzar ese futuro? ¿Prometes ser una digna hija de Padre?

—¡Sí! ¡Si Padre así lo permite, seré una digna hija de los Ushiromiya! ¡Aunque no pueda vestir el águila de un ala, seré el viento que la haga volar!

La bruja sonrió, complacida. Entonces, habló. Habló con las palabras que garantizaban la existencia, que daban forma a la más absoluta de las verdades.

—Entonces, Natsuhi Ushiromiya, yo lo garantizo, por el título que se me ha concedido. Natsuhi Ushiromiya es, con certeza, una digna hija de la familia Ushiromiya. Y no sólo eso, sino que Natsuhi Ushiromiya será la madre del futuro líder de la familia. ¡Aquel que llevará el águila de un ala con orgullo, el que traerá a la isla la magia de interminables futuros dorados! —Dejó entonces caer los brazos—. Y ya está, que como siga así acabaré por estropear el final. Adiós, Natsuhi Ushiromiya. Te desearía suerte, pero entonces estaría insultando mis capacidades. ¡Y a mí nadie me insulta, ni siquiera yo! Bueno, a no ser que sea… ¡Que eso, que adiós! ¡Venga, fu, fu, despierta!

Las gaviotas volvieron a llorar, y la magnífica y, francamente, seductora voz de la bruja abandonó este mundo, llevándose consigo las memorias de su encuentro con Natsuhi. Ella no sabría jamás que, durante unos instantes, estuvo en contacto con la mejor bruja de todo el Mar de Fragmentos, ¡qué digo del Mar, de toda la Ciudad de los…!

Vale, vale, quizá me estoy pasando.

Natsuhi regresó al mundo, a la isla, al bosque, a sí misma. Se sorprendió a sí misma llorando. No es que no tuviera suficientes motivos, pero aquellas lágrimas no parecían brotar de la desolación. Era el llanto de alguien que por fin se había encontrado. Que había empezado a vivir, que se había atrevido al fin a hacerlo.

Sus zapatos pisaron el rico enlosetado de la mansión más fuerte que nunca, hasta el punto de que amenazaron por resquebrajarse. La esposa del líder no lo sabía, ni en su cabeza quedaba recuerdo alguno de la voz que la levantó de la gris tumba que había habitado desde que puso un pie en Rokkenjima, pero aquel día daba comienzo al principio del final. Tan sólo quedaba la certeza, en su corazón, de que daba igual lo que la víbora dijera, o lo que el mundo le repitiera con incansable mazo. Nadie podría arrebatarle su verdad. Ella era ella. Nadie le podría arrebatar el verde.

Subió las escaleras, de camino al estudio del líder. Había decidido no dar rodeos. Le contaría lo que había pasado, sin importar las consecuencias. Porque sí, daba igual incluso que Padre se lo negara. Se enfrentaría a su destino, porque, con certeza, ella era una hija digna del águila de un ala. Abrió con la llave que le había pedido a Genji, el mayordomo jefe y único custodio de ella aparte del propio líder. Según lo hacía, recordó que Padre había salido de viaje hacía unos días. Se sintió un poco estúpida por lo directamente que fue a verle, a pesar de que no encontraría a nadie en la habitación de…

El aire escapó del pecho de Natsuhi. Aquello… no podía ser… ¿Sus ojos… qué estaba…?

La habitación del líder brillaba en dorado por cada esquina. Lo que en principio parecían motas de polvo metálico, se fueron distinguiendo como diminutas mariposas del color del oro, que revoloteaban sin descanso en un brillante huracán que amenazaba con despeinarla. Y en el ojo de ese huracán…

Un hombre alto, vestido con ricos ropajes. Una capa negra, con el águila de un ala bordada en fino hilo dorado. Su rostro, arrugado pero imponente, albergaba unos ojos negros y serenos. Si no fuera por la fantasía que los envolvía, hubiera jurado que aquel hombre era Kinzo Ushiromiya, poderoso líder de la familia y señor de la isla de Rokkenjima, que devolvió la gloria a su linaje con la magia que su control absoluto sobre la balanza de la suerte le proporcionaba.

No… Había otra razón. El Kinzo que ella conocía nunca la había mirado así. Con esa dulzura, con esa calma. Con esa comprensión.

Entonces, Kinzo habló. Al primer timbre de su voz, todas las mariposas doradas se detuvieron, como suspendidas en el tiempo y el espacio.

—Natsuhi… ¿Por qué tus ojos están enrojecidos? ¿Has llorado?

Su tono no tenía traza alguna de la dureza que siempre le acompañaba. Al contrario, era reconfortante. Era… paternal.

—Padre… Yo… Yo no he… —Las palabras no lograban superar el nudo de su garganta. Natsuhi cerró los ojos, hasta dañarse las pestañas. Incluso entonces, con la certeza de su parte, no era capaz de enfrentarse de frente a la verdad.

De pronto, sintió una mano posarse sobre su cabeza. Al abrir de nuevo los ojos, sorprendida, se encontró de frente con el mayor de los sueños, con el que ni un cuatrillón de mariposas doradas podrían jamás llegar a compararse.

Kinzo le sonreía.

—Vamos, Natsuhi. Esa no es una faz digna de la esposa del futuro líder —habló con ternura, revolviéndole el pelo—. Respira hondo, y cuéntame lo que ha pasado. Estoy aquí para escucharte.

de en las sombras?


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por Spring

Un comentario en «Rojo sobre verde, una historia de Umineko no Naku Koro ni»

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