La cuba está bajando. El Mar refulge rojo. Los Grandes se disponen a brindar.

Séraphine había escuchado esas palabras exactamente doce veces en su vida. La primera vez no la recuerda, pues apenas acababa de incorporarse. La segunda y la tercera recibió unos azotes por no entender su significado. No conoce a aquellos que la golpeaban, más que por los nombres de papá y mamá y sus voces salitres instándole a que corriera. Fue, a su vez, la vez primera que arregló que los artefactos que surgían de su torso servían para huir. Desde entonces, no los usa con otra función.

Según llegaban la cuarta y quinta, Séraphine empezó a llamarse a sí misma Séraphine. No lo logró sin oposición. Papá y mamá la llaman hija, Tío la llama sobrina. No suelen hablar. Mecidos por el Mar, todos vagan recostados esperando a la siguiente llegada de la cuba. No hace falta mediar palabra sobre algo que, sin duda, ocurriría de nuevo. De la misma forma, con el mismo resultado.

El Mar es de un inmenso néctar ácido, que se extiende a lo profundo sin límite calculable. No se conoce vida o moción en sus aguas cetrinas, no por voluntad científica pobre, sino por ignorancia pedida. La sencillez de los habitantes del Velo depende de esta ignorancia. Suficiente tenían con las circunstancias que trae el único evento que modificaba su, en mayores instantes, letanía.

La bajada de la cuba está medida con barómetro, con cronómetro dorado. El comienzo de ésta la señala la súbita muda de color del Mar. De su suave y amable tonalidad pálida, se torna carmesí, como si una colosal sangría se hubiera producido desde lo más hondo. Esto viene seguido, o al revés —los habitantes del Velo habían discutido el orden de ambos sucesos hasta darse cuenta de la futilidad de ello años atrás—, del brillo del Sol Abisal. Una perfecta y resplandeciente esfera que se aparece en un punto muy concreto del mapa oceánico, y deja al descubierto las feas heridas que el Velo cree poder ocultar con penumbra y polvos de nácar. Fisuras que resquebrajan rojo y seccionan a familias que, inmóviles, asienten con desgana mientras aguardan el posible pistoletazo de salida.

Luego, los Grandes. El Sol Abisal los revela, observantes y curiosos. Del pasado también son los debates sobre la naturaleza de los Grandes. Cuando el Velo tan sólo podía alojar tres habitantes, tuvo lugar el primer coloquio sobre la realidad que traían consigo. Sus nombres, olvidados o desatendidos, no han llegado a la era de Séraphine. Por ello, los habitantes los llaman Sui, Wew y Ehej. La historia del Velo sólo merece estos intentos.

Sui proclamó, antes de que los otros pudiesen decir palabra, que los Grandes igual a los dioses. No tenía modelo sobre el que apoyar este veredicto, y justo por ello debían serlo. Si un Grande mostraba una forma y movimientos que en la totalidad del Velo eran extranjeros, ¿qué material podía haberlos levantado, sino aquel de las ambrosías? Sus congéneres preguntaron entonces por el material y concierto de la cuba. Y él, vibrando de emoción, puso el grito en lo alto, alabando y agradeciendo el destino de todo aquel que fuera atrapado en su sacro cazo. No, atrapado no… ¡Elegido! Pues al fin sería transportado al mundo de los Grandes, ¡no, de los dioses! ¡Para ser uno con ellos, y ellos brindar con el uno! La exageración no es un rasgo definitorio de los habitantes del Velo, por lo que, si los más viejitos reconocen veintisiete días con sus veintiséis noches que Sui berreó sin pausa, descorriéndose en lágrimas de fe, apéndices al cielo, más valdrá creer sus flemáticas voces.

En respuesta, el medido y cienciólogo Wew conjeturó que, separándolos de los Grandes, había una delgada pantalla deformadora. La luz refractada en esta pandef, como la denominó, mostraría a estos seres como titanes sin mesura, con facciones monstruosas, bocas con dientes del tamaño de países y ojos comparables al Sol que les permitía contemplarlos. Tal sería la deformación que, para ellos, el Velo no significaría sino una capa de suciedad incipiente sobre agua amarilla. Y ellos, los habitantes, serían indetectables, inexistentes. Esto explicaría, a su vez, la indiferencia que la cuba mostraba, descendiendo igual tanto sobre yermo como sobre sociedad civilizada. Por tanto, ni los Grandes eran tan grandes, ni ellos tan insignificantes. Un ahínco esperanzado de afirmar su valor, de igualarse con lo inmensurable. Y una advertencia, que con el tiempo evolucionó a la única moral que rige el Velo: si la cuba ves descender, más te vale echar a correr.

Ehej se limitó a pitorrearse de ambos, y hasta estos días se le considera el más avispado y certero del trío. Y de esta guisa, entre graznidos y risotadas culminó el cónclave que habría de forjar el simulacro de sociedad de los habitantes del Velo.

Despidiéndonos de esta breve lección, que cualquier habitante habría olvidado en el preciso instante en el que concluyó, continúo la cirugía. Una vez los Grandes posan sus ojos sobre el Velo, toma parte la titular cuba. Una semiesfera de plata húmeda sujeta por un mástil de carbón, que desde una apertura —u ojete celestial, acuñado por el sabio ancestro Ehej—, cae a velocidades estrepitosas sobre la superficie del Velo. En ocasiones, el meteoro se introduce en zonas inertes. De ser así, el Velo entero alza la vista, se encoge de hombros y suspira al unísono. Sin embargo, lo contrario es más probable. En estos casos, todo habitante que no quiera acogerse a los rebuznos del sabio ancestro Sui pone pies en polvorosa, retozando en la ceniza y entrechocándose como mano en pandereta con sus vecinos. Está mal visto empujar y peor visto quejarse del empuje. Si la cuba decide que te toca ser abducido, tabú es todo alarido tremendista. Si de la cuba, una vez elegido, intentas escurrirte, no pasarán segundos sin que aquellos que llamabas hasta entonces camaradas te impulsen de regreso a ella, con gestos de indolente desaprobación. Una vez en la cuba, arriba ella te suba. Otro dicho que los habitantes repetían como la respiración, como el parpadeo. Y otra pincelada más que empaña su ideología entrecruzada. Si Sui abrazaba la cuba y Wew la detestaba, más les valía aceptar ambas vertientes, prefiriendo la abarrotada paradoja al vil esfuerzo de decantarse por uno u otro.

Y subir hace, sea con voces o sin ellas, para desaparecer en el afamado ojete —al que nos referiremos de tal forma a partir de ahora, como honra a las postulaciones del sabio ancestro—. Una vez ocurre, se observará la pantalla que muestra las agigantadas formas de los Grandes, que, sujetando estrechos y sugerentes vidrios, brindan con un líquido de color cambiante, mientras se escuchan carcajadas que supuran desde su otra-realidad. Y así, continúa este rito unas diez o doce veces, hasta que el Sol Abisal se apaga, los Grandes se invisibilizan y el Velo regresa a la calma chicha que se preentiende según el carácter de los habitantes. En los períodos entre cubas, o nohaycubas, no ocurre nada.

En la mente de un habitante, esa nada no es más que nada de nada. Es importante recalcarlo, porque se podría caer en desatino al igualar esta ausencia a estupidez o vacuidad mental. No, los habitantes del Velo no tienen nada en la cabeza, porque no lo necesitan. Propongo un juego: imaginemos un ente sin la necesidad de comer, dormir o hacer el amor. Sin el terrible apego a otros, ni el ansia congénita de sentir. Un fistro con cuerpo indefinido y una extremidad saliente que mantiene ni muy en alto, ni muy en bajo. De improviso, una mosca se le posa encima. Se le propone una elección, ante dicho percance: o mantenerse estático y permitir al insecto recorrer su anatomía, o darle un buen manotazo, sin alcanzar su objetivo, pero logrando que la invasora se aleje el tiempo suficiente para que se le olvide el peligro y reintente partida. La equivalencia es casi terrorífica, en más sentidos de los que muchos imaginarían. Resumiendo, todo cual en el Velo mira hacia adentro, pupilas grises, mirándose la muñeca a la espera de una nueva visita de la mosca.

Séraphine, sin embargo, mira a lo alto, mira como un girasol a la pandef. Si le preguntas a Séraphine por qué se llama así, no lo contará; no conoce la palabra secreto, pero por razones inentendibles, entiende que si le fue dado ese nombre, fue para que ella solamente lo guardara. En el Velo, nadie tiene nombre excepto ella. Nadie tiene identidad ni independencia existencial; son todos uno solo, una inmensa y aglutinante abulia compartida. Séraphine, en cambio, no pertenecía al Velo, no en pensamiento. Su proyección es del más allá, de las palabras que sólo ella pudo escuchar. La cuba del 28987 d.E., una catástrofe indocumentada, una pérdida sin precio ni tormento para los que la sobrevivieron, fue para Séraphine el día en el que la respiración le permitió tomar aire, en el que su cuello se hizo más robusto. Fue el día en el que, cuando se disponía a apoyar su espalda contra el polvo sin ceremonia, como el resto, escuchó a un Grande hablar.

Su voz era bellísima.

—Séraphine, qué bonito nombre tienes.

Desde ese día, la voluta dejó de ser hija de padre, nieta de abuelo, idiota de más idiota. Un nombre bonito, Séraphine, bastó para que su color no fuera gris sino plateado, que floreciera en la podredumbre y que envejecer le diera miedo. Comenzó a plantearse diversos problemas, siempre para sus adentros —una vez intentó exponerse y sólo recibió indiferencia o latigazos, lo que mejor conviniera—. ¿Por qué era la única con nombre? En ningún momento dudó que el Grande no se refiriera a ella. Y si lo hizo, aunque fuera por un haz de tiempo, no le importó. Seguía siendo Séraphine, no podía ni quería retroceder. Era un nombre demasiado bonito como para desprenderse de él. ¿Fue el Grande quien se lo puso? Analizando las palabras, no tendría sentido. Él había dado por hecho, no otorgado. Séraphine era Séraphine antes de que el Grande la reconociera como tal. Blandía la espada con maestría, antes de que por ley la armaran caballera. ¿Necesitaba ese armamento? La respuesta lógica era negativa, pero Séraphine no podía evitar sonrojarse; el dulce cumplido jamás amargó paladar. Además, ella de por sí no conocía de su nombre hasta que el Grande se lo mostró, abriendo sus ojos a su mirada. En conclusión, Séraphine cree con fervor que sus andrajos son prenda divina, que el infinito de la otra-realidad la ha elegido su heraldo. El Grande le ha señalado, dado símbolo a un fulgor incomprensible para la suya-realidad. Al otro lado de la pandef, los Grandes brindan por ella. Brindan por Séraphine.

Aunque la idiosincrasia del Velo es de fluir e intercambiar bostezo por bufido, entiendo que la crónica para alguien de la otra-realidad puede sentirse eterna —aunque este pronóstico añadiera valor al texto presente, el tiempo gastado hace caer la balanza, en estas épocas de pies rápidos y mente hipersensible—, por lo que avanzaremos unos milenios en su realidad y siete días en la vuestra, para observar a Séraphine en un palco clamando con voz firme, ante la solícita y suplicante muchedumbre. Como ciento cincuenta habitantes se disponen a ambos lados del estrado, sujetando artefactos construidos de ceniza, cuyo uso ni ellos entienden. Sólo Séraphine conoce de su destino, de su origen, y cree entender a los Grandes. Como los sabios ancestros, ahora es ella la que sibila las voces de los otros, las interpreta y reproduce. El sermón se hubiera considerado herejía eones atrás, y hubiera hecho enmudecer de pánico a Sui, desvanecer a Wew y aplaudir con los genitales a Ehej. Séraphine vaticina el fin.

Sobre su frente, está grabado un glifo, en el que un ángulo agudo sobresale por la cresta de una circunferencia. El mismo está representado en las banderolas a su espalda, el mismo lo llevan los habitantes que enmudecidos la acompañan, el mismo está siendo ahora mismo penetrado en la otra frente de otro acólito recién iluminado. El cisma de Séraphine postula, por medio de su voz omnisonante, que el Velo tiene las eras contadas. El Mar no es inviolable, y lo que antes era cama, ahora es excesivo sustento. Ningún habitante había probado el líquido bajo sus dedos. Puede que por la ya dichosa desidia. Tal vez por algún recelo, rama del voceo ya agotado. Sin más, Séraphine empuja, como al resto, al recién nacido al líquido placentario. En él, como el resto, el recién nacido sorbe del Mar como de la sangre un vampiro. Perdidos en el zumo de óxido, los hijos de ella beben y apuran sus infinitos del licor, porque todas las penas se ahoguen junto a ellos.

Mil años, un aleteo. La dulce parálisis del tiempo es de tiempos omitidos. Séraphine lanza a otro padre al agua. Ciento cuarenta y ocho restan, el Velo no es más que Campo de Nenúfares pálidos en el lienzo de sangre que forman Mar y Cuerpos.

Noventa y nueve. El Mar es negro. Todo es negro. Sólo Séraphine ve el dorado.

Setenta y tres. Nube de estrellas sobre el cielo de sauce.

Treinta y uno. Uno de ellos llora. Mejor, más Mar para el Mar querido.

Quince. ¿Dudas? ¿En el número que te dio la vida, que te otorgó ese regalo que todos gritan?

Tres. Sólo hay una sabia, ellos te oyen. ¡Ellos te aman, Séraphine, porque no pueden amar a nadie más!

Dos.

Una.

Al fin, una. Un nombre, para una sola. Como mandan tus cánones. Como el Grande bien lo proclamó. Una, Séraphine. Una.

Dos.

Al principio, Séraphine niega sus ojos. Los desraizaría de sus cuencas, los desterraría de sí misma, por heréticos, por mostrarle lo que no se debe mostrar. Airada por su recién probada imperfección, empuja a Dos también, igualmente, como al resto. Triste furia que la hace traicionar incluso a ella su perfecto dogma. Séraphine es unicidad, y repetición implica multiplicidad equivalente. Séraphine escupe al Mar, y el Mar escupe de vuelta a Dos.

Rascando su frente hasta arrancar el glifo, ofrece a Dos este obsequio, rogando que, a cambio, por favor con un lacito y purpurina, llene sus pulmones de agua roja y muera. En respuesta, Dos saca un violín.

A contrapunto con el rechinar de sus dientes, el instrumento arranca notas que hablan de multitudes. Séraphine le pide, entre lágrimas, que toque otra, una sobre ella. Dos se detiene y le pregunta por qué merecería ella una canción. Séraphine grazna que porque ella es Séraphine. Añade que el arte es para quien lo escucha, y como ella es la única que es, será también la única que apreciará. También añade que el agua está buena, y que qué tal un bañito por toda la eternidad.

A eso, Dos responde.

—Te equivocas. Mi música no es para ti, aún no. Por esa razón, mis cuerdas y tu llanto no bailan a compás. En cuanto al baño, no acostumbro a mojármelo los días impares.

Séraphine le pregunta por qué está allí. Por qué no le deja ser Una.

—Vuelves a equivocarte. ¿Crees que, porque estoy aquí, no eres Una? Es justo al contrario, primita. Si estoy aquí, es evidencia irrefutable de que tú no eres Una. Ni lo serás.

Yo soy Séraphine, chilla. Atrévete a negarlo, y si no te traga este Mar, te tragaré yo, glup, glup, glop.

—No hay falsedad en esa afirmación. Sin embargo, tercera equivocación. —Dos acompaña cada acento con un libertino rasgado de cuerdas bajas—. Tú eres Séraphine. Pero también es Séraphine el último hermano que arrojaste. Y el anterior. Y el anterior, hasta el aburrimiento. «Séraphine es el Mar, es el Cielo. Séraphine el cristal, Séraphine todo el Velo».

Pero el Grande, rechista la criatura. El Grande lo dijo, se desgañita.

—Ese que llamas el Grande es un loco. Y escuchar a un loco te ha hecho la más cuerda. Una lástima que, aparte de esos tres tropezones, tu discurso fuera infalible. Séraphine se acaba.

Cómo que se acaba. No puede acabarse. El mundo termina, pero porque sólo Una permanecerá. El bonito nombre lo garantiza. Pero si el nombre se acaba…

Quién soy yo.

—Por fin lo comprendes. Y, ahora sí, escucha. Esta canción es para ti.

Dieciocho notas en un orden que nadie recordará. Ni si se interpretaron en pizzicato, ni si el vibrato fue menos o más soberbio. Porque cuando la dieciocho lloró, el último parche de Velo, tierno telón blanco de la historia de este mundo, cayó a lo más profundo del Mar, con la criatura cantando sus últimos y angustiosos himnos.

Buenas noches, Séraphine. Que tus sueños huelan a castañas, que sepan a ámbar y a caramelo. Brindo por ello.


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por Spring

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