Clack. Clack. Clack. Click. Clack.

Cinco llaves que cerraron cinco puertas. El ala de invitados del Castillo de Ravenloft, hasta entonces aferrándose al leve abrigo de cinco personas, sintió destaparse sus adoquines de piedra gris. De nada servía la alfombra bermellón que la tapizaba, pues hasta el hielo consolaría más que esa tela muerta, que tanto horror había presenciado en siglos que había olvidado cómo calentar. Se extendía hasta el fondo del ancho pasillo como un reguero, que parecía brotar de una herida abierta en la base de un cuadro de exagerada ornamentación. El dorado marco abrazaba la imagen, pintada con finas trazas al óleo, de una dama de pelo del color del fuego. Vestida con suntuosos ropajes, lucía una sonrisa elegante, digna de un estatus noble. No se notaba, sin embargo, la altivez que suele acompañar a las comisuras de alta alcurnia. Era humilde y despojada de vanidad. Una sonrisa sincera. Una sonrisa de amor.

Quizá se le dijo mil y una veces que mirara al frente. Un cuadro es un recuerdo hecho carne, un reflejo del pasado traído al mundo con tiempo y esfuerzo. Nadie querría que esos tiempo y esfuerzo se fueran por el retrete por una mirada perdida. Ni que un recuerdo quedara empañado. Quizá el artista que pintó a la dama no entendió que, sin esos ojos verdes elevándose un poco, desviándose del seguro frente, su recuerdo no sería fiel. Porque, para la dama del cuadro, sus ojos no tenían más dueño que él.

Tomando su mano, con grácil cortejo de dedos enguantados, una figura imponente se erguía junto a la dama sentada. Vestido con colores claros, tenía porte orgulloso, aunque el artista había podido captar un deje algo descuidado, algo torpe, de esos que hasta el más fino caballero sufre cuando está a pocos centímetros de la persona de sus sueños. Era una postal que rezumaba al mismo tiempo distinción, pero que no temía mostrar un cariño verdadero. La cercanía de sus cuerpos, el temblor en la mano de él, la picardía en los pómulos de ella. Estaban enamorados. Los ojos de ella lo decían, lo gritaban a los cuatro vientos, a los Nueve Infiernos. Los de él…

Los de él no estaban. Una salpicadura negra como el betún había cubierto su cara, como si un enorme tintero se hubiese derramado encima. Uno podía imaginarse la historia que su rostro habría podido contar, de no ser por la sacrílega sombra que se había atrevido a cortar de raíz los secretos que, con sus miradas, los dos amantes habían dejado impregnados en el lienzo. Como una historia de amor interrumpida en sus últimos compases.

Sólo Astrid sabía que aquella mancha que los separaba, que los arrancaba al uno del otro por toda la eternidad, era sangre.

Cerrando la puerta tras de sí, respiró hondo. Sus oídos, acostumbrados a un perenne estado de pánico mudo, aún captaban el rumor de voces en el pasillo. Pero esta vez… era diferente. No se clavaban en sus tímpanos las agujas de ira de Sasha, la ama de llaves, insinuando muerte con sus amenazas veladas. Ni eran las cuerdas bajas de Rahadin elevándose por las escaleras, con ávida monotonía dando la orden del día, como un contrapunto gris de su maestro. Ni tampoco cada esquina, cada mueble, cada rincón del castillo, llamándola entre engalanados susurros, buscando un momento sólo de debilidad, un paso mal calculado, un parpadeo a destiempo. Lo que fuera para desatascar el ciclo devorador, que mantendría en suspensión mientras realizara sus labores con perfección de relojería. En Ravenloft, nada ni nadie podía existir sin una función. Una vez inservible como criada, de algo más debía servir.

Esta vez… era diferente. Ellos lo eran. Rahadin se lo había dicho bien claro: «deberás protegerlos, son los ilustres invitados del maestro Strahd». No era la primera vez, desde que entró al servicio del señor, que había visto gente del exterior visitarle. Las mismas veces que no los veía abandonar el castillo, las mismas que terminaba su jornada limpiando durante horas el rojo de su traje. Era molesto, pero era mejor que fuera ella quien frotara, y no otra. Porque eso significaría que el rojo sería suyo.

No. Esta vez es diferente. Deja eso, ya. Astrid sacudió la cabeza, como si todos esos pensamientos fueran garrapatas de las que pudiera deshacerse. Esa noche no quería dejar sitio para los cuchillos de siempre. Se esforzó, apretando su cara, clavando sus uñas en sus pómulos. Dejó la mente en blanco, para luego llenarla de los recuerdos de esa noche. La sonrisa pícara de la elfa de pelo cobrizo, que jugueteaba con un puñal tan afilado como su lengua. La seriedad paternal del tiflin, cuya oscura mirada parecía un lago de aguas tibias a la luz de la luna. El cegador brillo de la chiquilla de cabellos blancos, lo más cercano al sol que aquel castillo había albergado en épocas. El desparpajado canto de la vistana, envidia de mil pájaros de mil colores y mil sueños. Y también el mediano, que no habló mucho pero parecía simpático. La corta velada en la que compartieron aperitivos en la terraza, respondiendo sus preguntas, preguntando sobre cosas que jamás soñó que preguntaría. Y entonces… ¿qué fue aquello…?

—¿Quieres venirte con nosotros?

¿Lo había oído bien? Venirte con nosotros… ¿Significaba eso…? Un momento, mejor ir por partes… «Venir», implicaba movimiento, «te», tenía que ser ella, era a quien le estaban hablando, ¿verdad? Y luego estaba lo de «con nosotros». O sea, con ellos. Con los aventureros. ¿Ella… irse con ellos? ¿Fuera del castillo? No, eso no podía ser. Ella pertenecía al señor Strahd. Su cuerpo, su mente y su futuro eran sólo para él. Esa era su función en el castillo, eso era ella. En el castillo… pero… ¿Y fuera de él?

El espejo la descubrió esbozando una sonrisa. Se la extirpó al instante, pero eso no borraba el pasado. Por un momento, se había atrevido a fingir que esa felicidad podía pertenecerle. Su reflejo se rio de ella, mostrando sus afilados colmillos.

¿Fuera de él?, bramó el cristal, apretando su garganta. ¿Desde cuándo has olvidado quién eres? ¡Niñata ingenua, responde cuando se te habla! ¿Quién es Astrid? ¡¡Responde!!

La criada se deshizo el recogido de su pelo negro, con la violencia de quien tira de la venda para que, al menos, el dolor dure menos tiempo. Su boca se torció como una barra de metal al rojo vivo, en la más desgraciada de las sonrisas.

Como una plaga imparable, como un nubarrón eclipsa la débil luz de un sol de invierno, el pálido de su piel fue roído por un azul lóbrego, que se extendió desde la base del cuello hasta su frente. Su pelo, ahora desgreñado como algas marchitas, se azuló a su vez, dejando entrever unos ojos anaranjados, como brasas bajo un caldero. Unos puntiagudos dientes asomaban de las comisuras de sus labios, ahora ennegrecidos, como dos delgadas líneas de tinta. El ser tragó saliva, al tiempo que de su nuca surgían lo que parecían dos ramas de árbol mustio, que crecieron en paralelo por sus sienes, hasta esculpir una humillante corona de hueso pelado.

El naranja de sus ojos se clavó en el naranja que le observaba desde el espejo. No hizo falta asentir para afirmar. Eso era ella. Una sangre maldita, un juguete roto. Alguien que unos monstruos peores que ella habían desfigurado y vuelto a moldear en aquello, ni humana ni saga. Alguien que había probado carne de cada ser que puede imaginarse, y que había hecho probarla a personas, a niños. Que había torturado y que había sido torturada por no torturar bien. Que cada noche se acostaba con gritos, súplicas y gemidos de puercos y ratas, y dormía. Cómo podía alguien sufrir con el dolor ajeno, pero a la vez disfrutarlo. Por qué no pudo ser como sus madres. Por qué, de todas las cosas que le arrancaron, dejaron intacta la emoción. Por qué las seguía llamando madres.

«¿Quieres venirte con nosotros?» ¿De verdad queréis llevarme con vosotros? ¿Tan fuertes son tus espaldas, tiflin, que pueden llevar a cuestas una maldición? Astrid se arañó la cara con sus uñas, que, desde que el hechizo ilusorio se rompió, habían triplicado su tamaño. Encontraron caminos conocidos, surcos ya curados que acostumbraban a arar más de una vez por decana. Intentó llorar. Sus lágrimas se evaporaron según emergían. Abrió su boca, repleta de ganchos untados en ponzoña. Aspiró, polvo y ruina invadiendo su garganta.

—¡AAAH!

Tardó unos segundos en darse cuenta de que el grito no había salido de ella. Provenía del pasillo. Frunciendo el ceño, se dispuso a salir, con tanta premura que casi olvidó ponerse el coletero que ocultaba su auténtica forma. Cuando salió, volvía a ser Astrid, la joven criada humana.

El corredor estaba en negrura casi absoluta. Se acercó a las habitaciones con cuidado, tratando de no molestar. Su visión le permitía discernir un mundo sin color en esas situaciones, por lo que pronto pudo ver una figura arrodillada en la sección central del pasillo. Era la elfa, que observaba con horror algo junto a ella. Un bulto no demasiado voluminoso. Astrid dio un paso más, tratando de saber qué era aquello que había asustado tanto a la apacible aventurera. Entonces, lo vio.

Un puñal. No cabía duda, era el mismo con el que la propia elfa estaba haciendo filigranas minutos antes, en la terraza. Y estaba clavado en…

Piel gris, que ahora era blanca. Cabellos despeinados, tapando una visión, cristalizada en la muerte, de terror, de incredulidad. Andrajos que poco a poco se inundaban de escarlata, como un bote agujereado a punto de hundirse. A su lado, un arco y varias flechas, y una hoja con algo escrito. Pero quién tenía tiempo de leer en un momento así.

—¡Yo no he hecho nada! —gritó la elfa, girando la cabeza hacia Astrid—. ¿Quién ha hecho esto?

—Pero… Yo… —musitó ella, espesos copos de niebla ahogando su entendimiento.

—¡Leina, qué pas…! ¿Qué ha pasado aquí? —Era el tiflin, que acababa de salir, también atraído por el caos. Se lanzó hacia el mediano, sin saber cómo actuar.

—¡No lo sé, Will, cómo quieres que…! —De pronto, enmudeció. Tan sólo dirigió su índice hacia un lugar en concreto, mientras boqueaba, estupefacta.

Astrid siguió la dirección a la que apuntaba. La habitación de la vistana. Un charco de sangre brotaba del quicio, extendiéndose sobre los adoquines sin vida. La elfa se plantó frente a ella como un rayo, y se llevó la mano al cinturón, buscando algo que… que no estaba donde debería.

—Mis herramientas… ¿Dónde están? ¡Nunca se me ocurriría…!

—¡Aparta! —gritó su compañero por detrás, tirando la puerta abajo de un placaje con todo el cuerpo.

Que estúpida, Astrid. Cómo pudo por tu mente anidarse una preocupación tan inútil como la bronca que Sasha te echaría por el daño a la propiedad del señor. Cómo había espacio para ello, cuando uno de los invitados que debías proteger estaba ahora muerto. ¿Uno de los invitados? ¿Sólo uno? Estúpida, inepta Astrid.

No, no apartes la vista. Te lo perderás. Mira, mira dentro de la habitación. ¡Mira, observa la belleza de tu incurable incompetencia, expuesta sobre esa cama! La vistana, con telas atada por las muñecas a los rieles de madera, con los brazos en cruz y la cabeza caída a un lado. De rodillas sobre el colchón, sin poder contener el torrente de rubí que mana de su pecho desnudo. Atravesada por un puñal idéntico al otro, con un dueto genial de saña y elegancia en la ejecución. ¡Mira! ¿No es hermoso el sentir una verdad reafirmada, el descubrir que ninguna sospecha es infundada, ningún secreto emborronado?

La elfa y el tiflin quedaron en silencio, sus miradas alternándose entre ellos y el horrible espectáculo. El tiempo no se movía, lo único que escapaba a esa mortal quietud era la sangre que seguía fluyendo de la herida. Astrid seguía en la puerta, boca lánguida y párpados petrificados. Un imperceptible temblor en cada poro de su piel. Un terror que temía manifestarse, ya que una vez perdida la cordura, no habría forma de volverla a encontrar.

Flap. Flap. Flapflapflapflapflap. Un ruido de aleteo se irguió entonces a su espalda, como si una bandada de palomas blancas hubiera levantado el vuelo, dejando atrás aquel castillo de negrura. Como si, con su mil batir, enfrentaran a la niebla de Barovia y la dispersaran, trayendo el sol y las estrellas de nuevo. Astrid se giró, movida por hilos de algo semejante a la esperanza. Su memoria, estirando sus brazos, tratando de tocar con la punta de sus dedos algo, lo que fuera, que le librara del horror que le rodeaba. Hacía tanto que no veía pájaros volar…

Sin embargo, lo que vio no fueron plumas blancas. El sonido provenía de un libro abandonado en la terraza, sus cientos de páginas pasando, movidas por un viento que no existía. Desde el ventanal, innumerables puntas de lanzas se alzaban, como clavadas en la noche incesante. Astrid se acercó, sus pies cada vez más pesados con cada paso. Entonces, notó algo diferente en uno de los ornamentos de metal. Plata, plata, plata…

No. Ese color otra vez, no.

La elfa le pasó rozando por la izquierda, alcanzando con paso ligero el balcón. Miró hacia arriba, y cayó de rodillas. El gesto confiado, impertérrito de la aventurera se torció. Músculos que jamás había usado así conformaron un gesto de abismo. Sus párpados, rodeados de arrugas de expresión; sus ojos, acostumbrados al entrecierre desconfiado o a la risa socarrona, ahora estaban tensos, abriendo el telón a unos ojos aceituna que, por mucho que desearan apartar la vista, no podían dejar de mirar aquello que los tenía fijos, apuntalados. Según se aproximaba a la fatalidad, Astrid pudo escuchar la voz de la elfa, repitiendo en el mismo tono, reverberante y vacuo de aliento: «Lo siento, lo siento».

Sabía que no debía. Que alzar la barbilla hacia las nubes sólo le traería desgracia, una visión de pérdida. Quizá fue por eso por lo que lo hizo. Para castigarse. Como un niño al que le muestran su error, para que sea consciente del mal que ha hecho.

Ensartada en la punta de lanza, el cuerpo sin vida de la chiquilla de cabello blanco. Aunque no era ya sólo blanco su cabello, pues ondas escarlatas navegaban por sus largos mechones de nieve, un cruel contraste acariciando su rostro, que, girado para el interior del castillo, mostraba pinceladas de rojo y blanco sobre un lienzo, otrora brillante, que ahora se había apagado para siempre. La sangre descendía por la lanza como el agua de una fuente, tiñendo el metal sin compasión. El tiflin exhaló horrorizado al observar la escena, yendo a socorrer a su compañera, cuyas mejillas ya surcaban gruesas lágrimas.

—No mires más, Leina. Deja de mirarla —le decía, sin que sus palabras pudieran alcanzarla.

Astrid dio un paso atrás. Culpa, era lo que debió sentir. Aunque su pecho le gritaba que la culpa era algo demasiado bueno para ella. Fue entonces cuando, del libro, cayó una hoja que estaba entremetida, de un color más vetusto que el resto. No contenía hechizos, ni dibujos de la elfa y el tiflin dándose besitos entre nubes en forma de corazón, ni historias a medio terminar, como se esperaría de su dueña.

Era una nota escrita en lenguaje celestial, con todo el cuidado que un pulso temeroso y sobreprotector pudo reunir. «Por favor, protégela. Firmado, Kolyan.»

Astrid salió corriendo, tropezando y cayendo de bruces con la alfombra. Al levantarse, miró al cuadro. Los dos amantes, borrados el demonio que robó el sol. Y, una vez más, daba igual la forma en la que hubiera pasado, el castillo se había tomado tres nuevas víctimas. Y, aunque en condiciones normales esto no sería más que parte del ciclo, esas tres personas estaban a su cargo. Bajo su protección.

¿Qué le pasaría a ella?, se preguntaba, mientras se encerraba en la habitación de la vistana, la primera a la que sus pies sin rumbo le trajeron. Dos días en el calabozo parecían una gratificación, comparado con lo que le haría el señor cuando se enterara de lo ocurrido. Le abrirían la piel a latigazos, exprimirían sus venas hasta casi matarla, para luego esperar a que se recuperara, y volver a empezar. Una, y otra, y otra vez. Pero, de nuevo, ¿no habían hecho eso antes con ella? Entonces, ¿de qué demonios tenía miedo?

¿No era esa su función, servir hasta que no pudiera hacerlo más? ¿Que, a base de golpes, la hicieran funcionar de nuevo, y vuelta a empezar?

¿¡Cómo te atreves a sentir dolor, Astrid!?

«¿Quieres venir con nosotros?»

Lo entendió. De nuevo vapor lacerante emergió de sus lagrimales. El anhelo. Eso que no sabía que podía poseer. Eso que ni las sagas, ni el mismísimo Strahd von Zarovich había logrado extirpar. La emoción. La sonrisa decidida, el horizonte. Las estrellas que, aun tapadas por la niebla, no habían dejado de iluminar el cielo, deseosas de bañar de luz la yerma tierra.

Sí, sí quiero ir con vosotros. Pero no puedo, ya no. Soy un monstruo, un pecado que anda y mira. Pero también un pecado que siente. Y aunque no pueda huir, aunque mi destino esté ligado al de los Infiernos mismos, vosotros no tenéis la culpa. Aunque mis días estén contados, los que me quedan están a vuestra disposición. Por mi nombre, que saldréis de aquí con vida. Que cruzaréis la niebla, con la cabeza del vampiro colgando de vuestra alforja. Sé que no lo veré, pero también que ocurrirá.

Porque, a pesar de que no pueda ser salvada, vosotros lo habéis hecho. Porque sois mis héroes.

Abriendo la puerta, Astrid se ajustó el uniforme, dispuesta a cumplir su función una última vez. Con paso rítmico, decidido, avanzó. Una chispa se atrevió a alumbrar su corazón, hasta ese día envuelto en tinieblas. El naranja de sus ojos, desterrado por un dorado fulgurante.

Junto a la cama de la vistana, una hoja de papel, aún sin descubrir, revoloteó como una mariposa juguetona, hasta posarse a los pies de esta. Con tinta carmesí y trazo travieso, sólo una pregunta había allí escrita.

«¿Quién soy?»


Post Fabulam: https://towerofspring.com/post-fabulam-el-anhelo-de-un-lucero-entre-la-niebla/

por Spring

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