Trae el bolígrafo. Eso estaba escrito con fino rotulador negro en el reverso de la tarjeta, de color gris claro. La volteó de nuevo, como si al hacerlo fuera a cambiar algo de lo que estaba grabado. En suave violeta, podía leerse: Bar San Borondón, para perderte y reencontrarte, en cursiva algo exagerada. Junto a la dirección, se dibujaba una forma ovalada, con un círculo dentro. Parecía un ojo. Otra vez dándole la vuelta, se topó una vez más con la instrucción. Parecía que, mirara del lado que mirase, no podría escapar de aquella sensación. Un abismo que se abría a sus pies, hacia el que, por mucho que se resistiese, ya habían decidido por ella que saltaría.
«¿Quieres saber cómo mi hijo se esconde en las sombras?». Esa pregunta fue lo último que Yesira escuchó, antes de que los nubarrones del sinsentido terminaran por oscurecer su libre albedrío. A partir de esa pregunta, tan sólo era un temblor de labios, timonel de un cuerpo que no sentía que le perteneciera. Unos oídos oyeron una invitación, unas manos recogieron una tarjeta, unos ojos vieron una sonrisa desaparecer tras los cristales tintados de un coche negro. ¿Y luego? Un eco chillón que le recriminaba qué sabía ella qué, y lo siguiente que recordaba era el tacto de sus sábanas bajo los brazos. Y darle vueltas y vueltas a la tarjeta. Y vueltas y vueltas a lo que había sucedido.
Un pájaro carpintero repiqueteó en la puerta de su habitación. Al no recibir respuesta, abrió de golpe. Yaiza se lanzó hacia ella como un puma, apretándole con fuerza los gemelos. Sabía que no había mejor remedio contra las ensoñaciones de su hermana, que odiaba que le hiciera eso. Surtió un efecto inmediato.
—¡Quita, bicho, quita! —graznó, tratando de deshacerse de ella—. ¡Que te saco un diente, te lo juro! ¡Para!
Su hermana concedió, sentándose junto a ella con su hilera de dientes en formación, algo desordenada. Sus rizos caían como muelles frente a sus ojos de canela. De repente, se fijaron en algo que había quedado semioculto por el blanco de las sábanas.
—¿Qué es eso que tienes…? —Lo cogió antes de que Yesira pudiera procesar lo grave del asunto—. ¿«Bar San Borondón» …?
—¡Trae aquí! —gritó sin pensar, arrebatándoselo de las manos y guardándoselo.
Yaiza se apartó un poco, asustada por la reacción de su hermana. Ella se dio cuenta, y trató de calmarse. Eso era justo lo que no debía pasar.
—No es nada, una tontería… Oye, tienes hoy el guapo subido, ¿no?
Yaiza la observó, incisiva.
—Hermana, eso conmigo no cuela. Estás hablándome como les hablas a las tres mellizas. ¿Qué me escondes? Sabes que me lo puedes contar, soy una tumba.
Sí, lo sé. Precisamente por eso no puedo contártelo.
No podía meterla a ella también. No deseaba nada más que explicárselo todo, pedirle consejo, dejarse guiar por ella… pero no podía. Porque eso la convertiría en un objetivo de Cassandra. Y, aunque no sabía de lo que era capaz, no se perdonaría que analizaran hasta el último movimiento de Yaiza. Así que, por primera vez en su vida, Yesira mintió a su hermana.
—Nada, que han abierto un nuevo bar en el centro, y las chicas quieren ir esta tarde a ver de qué va.
A pesar de que gran parte de lo que le dijo tenía algo de verdad, su pecho dolía demasiado como para ignorarlo. En una simple frase, había derribado el último fortín de sinceridad que quedaba en su vida, pulverizando hasta la última roca.
Un nuevo color subió a las mejillas de Yaiza. Decepción.
—Ah, esta tarde… —dijo, bajando la mirada—. Juraría que la habías reservado para jugar, pero qué sabré yo.
Mierda, pues claro que la había reservado. Como que es el único hueco que tengo entre exámenes. Ya lo había terminado de arreglar.Yesira le puso la mano en la rodilla a su hermana, sonriendo lo mejor que pudo.
—Cielo, es que me tienen vigilada con lupa entre todas. De verdad, será sólo por esta vez. Además, cuando terminemos el curso tendremos como éstas a puñados. ¿Me perdonas?
Esa segunda mentira salió con más facilidad, lo cual no hizo sino socavar aún más su corazón. ¿Tan rápido podía acostumbrarse la voz a engañar a quien para el que antes el engaño estaba vedado?
—Sí, te perdono, anda —concluyó Yaiza finalmente, levantándose de su lado. De pronto, arrugó el mentón—. Oye, ¿qué es eso de «cielo»? Nunca te había oído usar esa palabra así.
—No lo sé, la verdad… —Tardó unos segundos en responder, incorporándose entonces tras ella—. ¿Estás enfadada?
Yaiza estaba ya en la puerta. Por fin, bajó los hombros, esbozando una sonrisa resignada.
—No, no lo estoy… —suspiró, girando el pomo—. Sólo es que… no sé, me hacía ilusión lo de hoy, pero son cosas de niñata, no te ralles. —Se despidió con la mano—. Venga, ya me contarás qué tal.
—Por supuesto —mintió por vez tercera.
Faltaban dedos en la mano para contar los codazos que llevaba recibidos tan sólo en la calle por la que iba. El último, acompañado de algo en otro idioma, que a cumplido no sonaba mucho.
El centro estaba a rebosar. La localidad en la que Yesira había nacido y crecido no era lo suficientemente grande ni sofisticada como para llamarse ciudad, ni lo suficientemente pequeña y acogedora como para llamarse pueblo. Erigida en torno al río Guadalete, no era más que un municipio más en la provincia de Cádiz, al sur de Andalucía. Aparte de unas cuatro playas con vistas decentes, no destacaba en nada. De hecho, para lo único que aquel lugar existía era como cebo turístico en épocas de calor. Así, mientras el resto del año podías dar gracias si veías a cinco personas a lo largo de las calles palaciegas del casco histórico, en el momento en el que el termómetro superaba los treinta grados, se producía una invasión casi instantánea de turistas de todas partes del país, sumado a algunos más allá de las fronteras. Los restaurantes de marisco tenían todas las mesas reservadas, y a veces era imposible caminar por el parque junto al río sin toparte a cada segundo con grupos de visitantes comprando en los puestos de bolsos, juguetes y algún esporádico tenderete con libros de editoriales desconocidas. Yesira no era alguien a quien las multitudes le aterraran, pero más de una vez se las tuvo con chavales que, por mucho que fueran ellos quienes chocaran con ella, por lo que fuera la culpa nunca era suya. Y de ahí, dos minutos de lanzamiento de insultos que ninguno de los bandos recuperaría jamás.
En esa tesitura caminaba la joven que, a las ocho menos diez, esquivaba grupos de personas demasiado ocupadas en hacer fotos a todo lo que se movía, como para darse cuenta de a quién arrollaban. Ya se encontraba cerca de su destino, un pequeño callejón llamado Pueblo Escondido. Al menos, le sonaba que era por allí. Giró otra calle, y lo que vio le dio un respiro. Había mucha menos gente, no tan poca como para ir sin cuidado, pero la suficiente para poder ir, punto. Pensó en entrar en una tienda a comprar agua, pero al final cambió de opinión. Recordaba vagamente la hora de la cita, las ocho en punto de la tarde, y no le apetecía tentar a la suerte y hacer esperar a aquella gente.
Una calle más. Esta vez, apenas diez personas deambulaban arriba y abajo. Si esto ya le extrañó un poco, siendo aquel un punto caliente del turismo, con tres de los bares más famosos del lugar, lo siguiente la dejó aún más perpleja. La plaza en la que desembocaba estaba casi vacía. Cinco personas, tres en un banco, dos observando con la mirada vacante la entrada de la discoteca más concurrida. Inquietante más aún era el hecho de que los restaurantes de alrededor estaban completamente vacíos, con las sillas bien colocadas y las mesas en línea en cada uno de ellos. Tragó saliva, y espiró por la nariz. No merecía la pena entrar en pánico.
Esto también es cosa de ellos, ¿no? Tenía que serlo. Sin pensárselo dos veces, continuó su camino. La última calle, la que conducía a la derecha al callejón Pueblo Escondido, estaba desierta. Ni se molestó en perturbarse. Qué necesidad había, llegados a este punto. Que fuera lo que tuviera que ser. Tomó la última esquina, preparada para encontrarse con lo que fuera. Venga, ¿qué me tenéis preparado? ¡Vamos!
Aunque estaba lista para ver su mundo hecho añicos, que lo que sus ojos contemplaron le dejaron igualmente anonadada. Aquello estaba vacío. No en el sentido de cerrado, o que no hubiera nadie. Eso entraba dentro de sus cálculos. Vacío, como que allí no había ningún local. Tan sólo muro con pintura desconchada a lo largo de ambas orillas. Se rascó los ojos, pero eso no cambió lo evidente. Alzó la vista hacia la placa en la pared, roída por los años: «Pueblo Escondido».
¿Qué clase de broma era aquella? Sacó el móvil, comprobando en el mapa que no hubiera otro callejón con ese nombre. Ninguno más. Sin duda, estaba en la dirección de la tarjeta. Entonces, ¿existía ese bar donde le habían citado? Es más, ¿no había un bar heavy justo allí? Sí, lo recordaba a la perfección. Muchos chavales de su instituto y alguna gente de pinta extraña solían frecuentarlo, y más de una vez había pasado por el lado, paseando con las chicas. Entonces, ¿cómo demonios habían hecho para cerrar y tapiarlo todo? Aunque eso no tenía sentido, ya que la pared que correspondería al establecimiento estaba en muy mal estado, como si llevara ahí años. Sentía que iba a volverse loca por momentos.
De pronto, su móvil hizo un sonido que jamás había escuchado. Se apagó. Y con él, todo lo demás. Un silencio devorador se había tragado el poco ruido que había quedado tras la desaparición de la gente. Dejando sola a Yesira, sola frente a aquellas dos paredes. El cielo era negro como un dormir sin sueño.
Entonces, alguien le tocó el hombro.
—¡Joder, qué! —Su grito irrumpió en la nada, mientras se giraba como un trompo.
Del pánico al enfado, y de ahí, al hielo. La altiva sonrisa de Cassandra había borrado de un plumazo cualquier emoción que se hubiera atrevido a sentir. Un escalofrío le recorrió el espinazo, mientras deseó que la tierra se la tragara.
—Uy, ni que hubieras visto un fantasma, cielo. —Le dio un toquecito con el índice en la nariz, haciendo que retrocediera—. Me alegra que seas puntual, aunque quizás lo has sido demasiado. Ni siquiera hemos abierto aún.
Yesira carraspeó, encontrando las palabras tras una ardua búsqueda.
—¿Abrir? Pero aquí no hay ningún bar… —musitó—. Me da que ha puesto mal la dirección…
Sin responder, Cassandra levantó la muñeca, y comprobando su reloj plateado, hizo una cuenta atrás de cinco segundos. Yesira trató de darse la vuelta, pero ella la retuvo por el hombro, mientras con su otro brazo apretaba su cojín contra la cintura. Una vez terminó, ante la mirada confusa de Yesira, volvió a sonreír.
—Eso sí, nos falta paciencia, ¿sí? —Apretó un poco su hombro, para luego soltarlo—. No seas boba, la dirección es la buena. Yo no me equivoco.
Haciéndole un gesto para que la siguiera, avanzó a su lado, adentrándose en el callejón. Para cuando la chica se dio la vuelta, dio por hecho que había perdido el juicio del todo. Donde antes había un muro desvencijado, ahora se abría una puerta de madera recién barnizada, que se cerraba con una cancela, que en ese momento invitaba a pasar. Un escaparate acortinado se extendía a su lado, mientras, sobre este, lucía un toldo recogido, coronado por un cartel de madera con Bar San Borondón escrito en tinta gris, rematado por un símbolo idéntico al grabado en la tarjeta. Yesira sintió que se desmayaba, pero Cassandra la cogió de la mano, invitándola a pasar. Como la primera vez, sentía que se quemaba al tocar su piel.
Por dentro, el bar era bastante anodino, sin ornamento alguno. Suelo de baldosas, imitación de mármol, unas ocho mesas, cuatro sillas en corro cada una, un par de papeleras y una barra al fondo, donde un tipo corpulento, de brazos recios y denso bigote rubio, con gafas de sol y aire estoico, limpiaba un vaso con una bayeta. Al otro lado de la barra, Oscar se giró con desgana, sin dejar de sorber con una pajita lo que parecía zumo de piña. Sólo había otro cliente más, un chico de unos veintitantos, de tez morena y cabello de ondas chocolateadas, que leía un libro muy concentrado. Cassandra dio un par de palmadas, llamando la atención de los jóvenes. El mesero continuó impertérrito su tarea de limpieza.
—¿Es ella, jefa? No me la imaginaba así —preguntó el chico moreno, con melodía italiana en su voz.
Se acercó a ella con curiosidad. Ya más de cerca, Yesira observó que llevaba una camisa blanca algo arrugada, algo desabotonada. El cuello dejaba ver que llevaba una cadena de diminutos eslabones, cuya longitud se perdía bajo la tela.
—Venga, todos a formar —ordenó la mujer, ignorando la pregunta. Se sentó sobre la barra con las piernas cruzadas—. Tú también, Oscar.
—Ya iba, ya… —respondió el aludido, dando un fuerte sorbo al zumo, y poniéndose junto a su madre y el otro muchacho.
Todos observaron con anticipación a la recién llegada. Sin saber absolutamente nada, su cabeza ya tropezaba con posibilidades cada cuál más turbia que la anterior.
—¿Qué… vais a hacerme? —Retrocedió de espaldas hacia la puerta, pero la encontró cerrada a cal y canto—. Ah, muy bien… Mirad, yo he venido coaccionada, que conste. Y si sois una secta o algo, no tengo dinero, ¡si soy estudiante! Porque esto es una secta, ¿no? Tiene que serlo, o no sé, porque antes no había bar y ahora sí lo hay, pero si es una tapadera o algo…
—Tranquila, cielo, no queremos tu dinero, ni somos una secta —rio Cassandra, acercándose y tirando de su brazo con suavidad hacia ellos—. Respira hondo, ¿vale?
—Que respire… ¡Claro, gases! —No sabía ya ni qué decía, dejándose arrastrar—. ¡Eso es! Porque primero me viene el cuerpoescombro ese —balbuceó, señalando a un Oscar que mantenía su mirada fija en las humedades del techo—, y se me aparece en el ascensor, y luego el bar que no está, que si está, y luego… luego… nada más, ¡pero lo que decía…!
—¿Silla? —le ofreció el muchacho moreno.
—Gracias, muy amable. —Se desplomó sobre ella—. A ver, entonces, es eso, ¿no? Todo ha sido por… gases raros, de estos… alucinógenos. Por eso has dicho que respirara… Porque no recuerdo haberme tomado nada raro, pero igual sí y no me acuerdo, y me queréis de camella, o no sé… ¡O de conejo de Indias! ¿Es eso, verdad? ¿Puede…?
—Escucha.
El hombre de la barra habló, y su voz de caverna ahogó su verborrea por el gaznate. Por tres segundos, un túnel se formó alrededor de ella. Un foco preciso e infalible, un cañón de revolver que apuntaba a la frente del mesero. Por tres segundos, lo odió. Por tres segundos, su rostro, su bigote, su cabello, cada poro de su piel le resultó repugnante, ofensivo, censurable, culpable. Por tres segundos, hasta los ojos que ocultaba tras sus negras lentes los imaginó reventados, como dos pequeños globos de agua al impactar contra el ardiente asfalto. Durante esos tres segundos, Yesira quiso, por primera vez en su vida, matar. Matar a esa persona, cuyo nombre ni siquiera conocía. Golpearla hasta que todo lo que quedara de él fuera un amasijo de carne inerte.
Su cuerpo vibró, repeliendo esos pensamientos tan horribles. Su humanidad pareció regresar, confusa por haber sido desterrada de esa forma. Cassandra se acercó a ella, sus ojos preocupados inyectados en sangre.
—Todo bien, ¿no? Perfecto. —Luego, se dirigió al hombre y, abriendo los brazos, lo abrazó con fuerza—. Gracias por la ayuda, cariño mío. Pero la próxima vez, avisa con tiempo, ¿sí?
Yesira pudo ver cómo le clavaba las uñas en los brazos mientras le apretaba. Sin embargo, su piel no parecía magullarse lo más mínimo. Como si intentara clavar un alfiler en un muro de granito.
—Eso… —susurró, señalando al mesero—. ¿Qué ha sido…?
—Todo a su debido tiempo, tranquila —le interrumpió la mujer, ya más calmada—. Bueno, Yesira… ¿O Yesi? ¿Cómo prefieres?
—Yesira.
—Yesira, pues. —Juntó sus manos, sonriente—. Pues empecemos. Pero antes de nada, ¿algo de beber?
—Lejía.
—Con sentido del humor, así me gusta. —Chasqueó los dedos—. Cariño, un vaso de agua, por ahora. Lo va a necesitar.
Oscar recibió del mesero el vaso, casi a rebosar. Se lo acercó deslizando por la barra a Yesira con mucho cuidado. Ella lo agarró a medio camino y le dio un enorme trago, derramando dos hilos transparentes por las comisuras.
—No nos atragantemos tampoco, ¿sí? —comentó la mujer, jugueteando con la cremallera de su cojín—. Cuando puedas, ¿mi hijo te explicó algo sobre su sombra, o cómo funcionaba?
Yesira se terminó el vaso. Después de retomar el aliento, suspiró, seria.
—No mucho, a decir verdad —reconoció, limpiándose la saliva con el dorso de la mano.
—Tampoco es que me dejaras… —intervino Oscar, aunque bajó la mirada al encontrarse con la de Yesira.
—Silencio, cielo —le ordenó su madre. El chico hizo la señal de la cremallera con la mano, y se marchó junto con su zumo—. En fin, ¿qué crees que puede ser lo que pasó? Y nada de gases alucinógenos ni otros motivos tan poco factibles —Levantó una comisura del labio, con gesto orgulloso.
Yesira sintió crecer dentro de sí un atisbo de furia, al ver que no iban a ninguna parte. Logró contenerse, aun así. El miedo que sentía superaba a cualquier otro sentimiento que pudiera asomar la cabeza en ese momento.
—Por la forma en la que habla —Acabó por responder, tras unos instantes de vacilación—, parece que quiere que diga que fue magia o algo del estilo.
Cassandra rio. Malas noticias. No se atreverá. No tendrá el valor de decir que…
—Bingo. Bueno, más o menos. Línea, si lo prefieres.
Antes de que se diera cuenta, la mujer ya había bajado de la barra de un salto, y estaba sentada junto a ella, en una silla precisa y velozmente proporcionada por el muchacho de la cadena al cuello.
—Un momento, ¿de verdad está diciendo…? —empezó Yesira, pero Cassandra la detuvo, tomándola del antebrazo con mano dulce pero férrea.
—Lo primero, tutéame, que con cada «usted» me caen cinco años más —Le guiñó un ojo, aunque pronto su rostro tomó un cariz si no serio, decidido—. Lo segundo, me gustaría que, a partir de ahora, trataras de escuchar lo que tengo que decir, sin cuestionarme. Hay un proceso en todo esto, y ni a nosotros ni a ti nos conviene perder nuestro tiempo. Así pues, te propongo lo siguiente —Puso su otra mano sobre la suya, de modo que ambas quedaron sobre el brazo de Yesira—: yo te explico todo, y tú no interrumpes, a no ser que se trate de preguntas puntuales. A cambio, yo te prometo que todas tus preguntas serán contestadas. Y no sólo eso, si al final, cuando lo sepas todo, decides marcharte, serás libre de hacerlo. Nadie te lo impedirá. ¿Hay trato?
La joven repasó en su mente lo que le acababan de plantear. Su primer reflejo fue preguntar qué pasaría si se negaba, pero pronto se dio cuenta de que ser hostil no le llevaría a ninguna parte. Además, si ahora se marchaba, eso significaría que habría mentido a su hermana para nada. No, nada de huir de la ola, tocaba zambullirse hasta el fondo. Veremos si, para cuando acabe, recuerdo siquiera cómo se nada.
—De acuerdo. Pero si no me convence, me dejáis ir, ¿verdad? ¿Cómo puedo confiar en tu palabra?
—Puedes hacerlo. —Fue toda su respuesta.
Gracias, ya me estaba preocupando.
—De acuerdo, entonces —Se palmeó las rodillas—. ¿Cómo funciona todo esto? ¿Por qué él puede meterse en mi sombra? ¿Cómo es que hay un bar donde segundos antes había sólo una pared? ¿Existe la magia?
Cassandra regresó a su posición sobre la barra, brillo acerado en sus ojos de oliva. Entonces, abrió la cremallera de su cojín, e introdujo su mano, buscando algo.
—Para responder a todas esas preguntas, tenemos primero que hablar sobre la realidad, lo que es la realidad. Y la realidad es algo tan sencillo como… una pluma.
Mientras decía eso, sacó la mano. Entre sus dedos pulgar e índice, sostenía una pequeña pluma blanca, probablemente del relleno del propio cojín. Oscar sorbió con fuerza el zumo.
—No creo seguirte… —comenzó Yesira, pero Cassandra le chistó, sellando sus labios con la pluma. La joven hizo una pedorreta, haciendo vibrar sus minúsculas pestañas blancas.
—¿Qué he dicho de interrumpir? —Se recostó, abanicándose con ella—. Como decía, la realidad es aquello que percibimos con los sentidos. Sin darnos cuenta, sin que hagamos esfuerzo alguno, nuestros ojos miran, nuestros oídos escuchan, nuestra piel siente. Y, en el caso de esta ligera plumilla… —Abrió los dedos que la sujetaban—. Bailará hasta que no quede más que suelo.
A pesar de que, en cualquier otra situación, ver una pluma mecerse en el aire, en descenso lento pero inexorable, sería una experiencia trivial y olvidable, el hecho de que la mujer del cojín lo hubiera descrito antes de que ocurriera, hacía que cada balanceo pareciera consciente. Que cada movimiento y pirueta hubiera sido marcado al compás de las palabras de Cassandra.
—Por supuesto, sé que no te estoy descubriendo nada nuevo. Dieciocho años son más que suficientes para que alguien se dé cuenta de algo tan sencillo. —Volvió a introducir la mano en el cojín—. Sin embargo, lo que tú y la inmensa mayoría del mundo consideráis como un absoluto, no es más que la cara de una moneda. ¿Sueles soñar, Yesira?
—Depende de la noche.
—Y en esos sueños, ¿qué es lo más extraño que recuerdas haber vivido?
La chica se quedó pensativa, parte de ella rebuscando en su memoria y otra preguntándose hacia dónde iba esa conversación.
—Supongo que alguna vez he soñado que volaba —dijo al fin.
—Y, sin embargo, los seres humanos no podemos volar. No por nuestros medios, al menos —replicó, aún con la mano dentro de la cremallera—. Por lo tanto, si alguien viera a otro alguien menear los brazos y despegar como una paloma, automáticamente asumiría que está soñando, o buscaría alguna razón real que explicara lo que ha visto. Como una intoxicación por gases, por poner un ejemplo, así al tuntún.
Que sí, que me parto. ¡Ve al grano! La joven resopló con anticipación. Cassandra se dio cuenta, y arqueó una ceja.
—De nuevo, hay que mirarte esas impaciencias. —Por fin, sacó una segunda pluma, que dispuso entre ambas con el brazo estirado—. En definitiva, un hombre que vuela, un perro que habla, un niño que sale de una sombra… Podemos llamar a eso irrealidad, ¿sí? Aquello que se aleja de lo que normalmente esperaríamos de la realidad. Aquello que sólo podemos experimentar en los sueños. ¿Hasta ahí bien?
Yesira asintió con la cabeza. Sintió el mar retrocediendo.
—Muy bien. Y ahora, sabiendo todo esto, te hago una pregunta, cielo…
«¿Estás soñando?»
Antes de que Yesira pudiera abrir la boca, antes siquiera de que pudiera entender a qué se refería, el todo se doblegó. Las puntas de los dedos de Cassandra se separaron, dejando libre a la pequeña pluma. Ese mero movimiento, la última frontera de la realidad. Desde ese preciso instante, la moneda volteó. La cara familiar ya no quedó a la vista, el canto cerrando el telón de la realidad, mientras abría otro. Inevitable. Por mucho que los sentidos esperaran, quisieran, imploraran por lo conocido y ordinario, sus súplicas no fueron escuchadas. Por mucho que desearon, con el corazón abierto y las tripas en ebullición, que lo previsible tuviera lugar, eso ya había dejado de ser una opción en el momento en el que los dedos se separaron.
Lo que ocurrió a continuación, fue tela onírica bordada en el tapiz del mundo. Un tejido que no debería existir, pero que una vez engarzado con aguja de hierro hirviendo, abrazaba a su contrario como a su gemelo.
La irrealidad. La otra cara de la moneda. La pluma cayó a toda velocidad, emitiendo una brillante luz anaranjada que la siguió en estela hacia el suelo. Crac. En menos de un suspiro, había caído justo donde la primera, incrustándose en la losa, abierta en una profunda grieta.
—Espero tu respuesta —terminó la mujer, su sonrisa creciendo por momentos.
Yesira no contestó. Acercó su mano hacia el pequeño cráter e introdujo su dedo.
Quemaba.
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