Creo que es de menester dar una explicación por tan prolongado cierre, y qué mejor manera que en el epílogo de este relato, que me conoció antes de girar la llave a la izquierda, y después de hacer lo propio para la derecha. Ha sido un año duro, aplastante. En gran parte por temas de estudios, en otra gran parte por temas de uno mismo. Dos partes grandes fueron demasiadas, y la que yo querría que fuera mayor que las dos juntas, mi voluntad creativa, quedó sepultada.
Antes de que esto ocurriera, por suerte, hubo un último grito de guerra desesperado: el comienzo del relato que habéis leído. La atmósfera, la descripción del pasillo y el cuadro, fue el último hálito de fuerza artística que fui capaz de exhalar, antes de tener que abandonarme al mundanal ruido. Ese arranque estuvo anidado en mi mente todos estos meses, y para cuando por fin he logrado reunir el coraje necesario como para volver a dirigirme la palabra, cómo no iba a empezar sino terminando lo inacabado.
Y hablando del objeto en cuestión, esta es mi primera novelización de una de las escenas que mi grupo de DnD vivió hace años, en la que mi personaje, Astrid, vio la luz por primera vez. Esta chica significa demasiado para mí, tanto que es, a fecha de publicación, mi foto de perfil en Bluesky, e incluso ha inspirado otro personaje que quizá ya hayáis conocido en otro relato que subí hace tiempo.
Este relato, por tanto, será el primero de una nueva serie, a la que he llamado ‘Rol’, porque muchas veces no se necesita tanto ornamento. Será lo que os imagináis: más escenas de mis partidas, pequeños relatos con mis personajes de protagonistas. En definitiva, una forma de abrazar aún más si cabe una afición que, si bien no practico tanto como me gustaría, siempre está entre mis prioridades, en lo que a dispensador de felicidad se refiere.
Me alegro de volver, y que volváis conmigo. Bienvenidos de nuevo a mi Torre de Primavera, espero que esta vez por muchísimo más tiempo.