La Facultad IV: Conversaciones de bar (Parte 2)

La yema del dedo aún continuaba roja, incluso pasados más de diez segundos. Como si la hubiera enterrado en las cenizas de una chimenea recién extinguida. Cassandra mantuvo su gesto paciente, sin aparente prisa. El resto esperaba lo que ocurriría a continuación con sus rostros pintados de diferentes gamas de apatía, como si ya hubieran visto ese rito más de mil veces, contando por lo bajo.

Yesira se chupó la rojez, sin saber realmente qué pensar. Que si estoy soñando. Ojalá fuera así. Seguro que esa agua llevaba algo raro.

—Puedo entender este silencio —dijo la mujer al fin, recostándose un poco—. Al menos, te felicito por no reaccionar con violencia. La mayoría, al menos, suele chillar.

—¿De qué me serviría? —preguntó Yesira, sin expresión en su cara—. Llegados a este punto, no tiene sentido perder el tiempo con esas cosas. Sigue.

Cassandra levantó una ceja, en un adorno de sorpresa. El muchacho italiano sonreía de oreja a oreja.

—Muy bien, muy bien… —Tamborileó con sus dedos sobre la tela del cojín—. Verás, eso que acaba de suceder es algo que sólo yo puedo hacer. Con mis dedos, he impregnado esa pluma de energía. Después, al soltarla, he hecho que toda esa energía se traduzca en cinética, ¿sabes lo que significa cinética? —preguntó, señalando el suelo con el índice.

—Sí, estoy en segundo de Bachillerato, de ciencias además —respondió, frunciendo el ceño—. Entonces, dices que tocando algo, haces que se acumule energía, y cuando la sueltas, eso hace que vaya más rápido y más fuerte, ¿es eso?

—No lo habría explicado mejor, cielo —dijo ella, con visible orgullo—. De nuevo, me alegro de que lo estés tomando tan bien. Siguiendo con la explicación, aunque soy la única que puedo hacer algo así, este poder, esta… facultad —pronunció esa última palabra de forma significativa, seguida de un bufido de Oscar, cuyas pupilas habían hecho un giro de ciento ochenta grados hacia el interior de sus cuencas—, es algo que todos los que estamos poseemos. Caso ejemplo, mi hijo Oscar, al que ya conoces —Le cogió del hombro un tanto demasiado fuerte, y lo dispuso entre ambas—. Su facultad le permite controlar las sombras, desde la suya propia hasta las que proyectan otros objetos o seres. Es capaz, como ya habrás comprobado de primera mano, de introducirse en cualquier sombra, como quien se tira a una piscina.

Vale, aclarado. Eso es lo que diría, si lo que estuviera escuchando no sonara a completa locura. El joven pareció darse cuenta de lo que pensaba, porque la miró levantando los hombros, como queriendo decirle: «es a lo que suena, pero tampoco es que haya otra alternativa». Yesira apartó la vista, sin demasiadas ganas de dejarse consolar por ese niño.

—En cuanto a ese chico tan apuesto, —Señaló al moreno, que saludó con la mano con efusividad— su nombre es Toni. Es algo complicado de explicar, pero básicamente, tiene sueños premonitorios. Cuando duerme, tiene visiones del futuro, que luego…

—Sí, sí, sé lo que significa —interrumpió, girándose hacia el mesero, que seguía limpiando el mismo vaso—. ¿Y él?

—Él es mi marido, Anders.

El hombre de la barra se detuvo un segundo, lo suficiente para levantar una mano abierta. Luego, siguió a lo suyo, sin cambiar un ápice su dura expresión.

La joven se quedó pensativa, con el puño najo la barbilla. Miraba el cráter de la losa, tratando de casar ambas ideas, ambas realidades. Estaba despierta, esa era su realidad. Sin embargo, otra inabarcable la había arrollado, sin posibilidad de escapar. No podía dejar de verlo, no podía dejar de recordarlo. A pesar de que, en aquel bar casi vacío, algo inconcebible acababa de ocurrir, su cerebro no podía negar lo que sus ojos le habían mostrado, el crujir de la piedra que sus oídos habían escuchado. Cuando has visto un burro volar con tus propios ojos, poco puede hacer la razón para seguir negando lo que los sentidos te han mostrado, malditos sean ellos.

—Entonces, sí que es verdad… —murmuró al fin—. Lo del ascensor sí que era magia, pero de la de verdad, no como en la tele…

—Nosotros preferimos llamarlo potencial —corrigió la mujer—. Decirle «magia» tiene sentido, si lo ves desde fuera. Al fin y al cabo, esto que has visto y te he contado es imposible, al menos en la realidad. Y lo que se cree imposible, resulta inexplicable. Pero lo que nosotros podemos hacer, cielo, no pertenece a esa realidad. Estas facultades pertenecen al lado de la irrealidad. Una capa diferente de la existencia, como si le dieras la vuelta a una hoja, o miraras a través de un cristal tintado desde el interior. Digamos que es el envés de la hoja, la otra cara de…

—Jefa, creo que le ha quedado claro —saltó Toni, divertido.

Cómo te digo que sí y que no a la vez.

—De acuerdo, voy al grano —suspiró Cassandra, poniéndose derecha—. La irrealidad es, en definitiva, tan válida como la realidad en la que te has criado. Tan sólo es que, en la primera, las plumas pueden destrozar losetas. Y esas losetas pueden estar un segundo destrozadas sin remedio, como pueden estar enteras y recién fregadas al siguiente inmediato.

Yesira bajó la cabeza, sabiendo lo que se iba a encontrar. Al menos, gracias a esa previsión, sólo sintió una pequeña crisis existencial sin importancia al verse reflejada en el pulido e intacto suelo.

—Por ello —continuó—, estas facultades no son espectáculos de luces y tragafuegos, aunque los hay que pueden hacerlo, sino extensiones de lo que nosotros podemos hacer. Igual que, en la realidad, el cerebro envía información a los músculos, y ellos responden levantando la cabeza —Levantó por la frente la de Yesira, con tono de traviesa riña—, en la irrealidad, o la «fantasía», ese mismo mecanismo sucede. Yo quiero que la pluma vaya rápido, y así ocurre, porque yo puedo y quiero que así sea. Y con esto, te felicito de nuevo. Ya llevamos dos de tres partes superadas. La primera, aceptar la irrealidad como posible. La segunda, algo más difícil, aceptar además que algunas personas tienen el potencial de palpar esa irrealidad. Ya sólo queda la última, la más difícil de todas. Pero, visto lo visto, confío en que la superes con éxito.

—Que es… —Ya por condicionamiento, como un ratón recién salido de la caja, Yesira se echó atrás, preparándose para el impacto.

—Aceptar tu propio potencial, Yesira.

Yesira no comprendió al instante a lo que se refería. Fue al sentir la mirada atenta de todos los presentes, que su cerebro comenzó a atar cabos.

—Ah, no, no, eso sí que no… Mirad, y perdonad que os tutee a todos, pero esto ya es la leche. Yo entiendo… Bueno, no lo entiendo, pero no me queda otra que creerlo. Vale, sois superhéroes, o lo que quiera que seáis con vuestros poderes chungos, o facultades, da lo mismo. Pero lo que no voy a dejar es que me metáis en vuestro saco, ¡no, señor! —Se levantó de golpe, andando de nuevo hacia la salida, sin perderlos de vista ni un instante. Todos la observaban en silencio—. Yo soy normal, no… poderosa, o como os llaméis, que de verdad que no lo juzgo, pero yo no. Así que, de verdad, yo os prometo, os juro, vamos, que no digo nada de lo que tenéis aquí montado. Yo cojo puerta y… —Tiró de ella, seguía tan cerrada como antes—. ¿Alguien me abre…?

Cassandra sonreía, como ajena al principio de ataque de pánico que embargaba a su invitada.

—Ya casi hemos terminado, cielo. ¿Trajiste el bolígrafo, por cierto?

La joven enmudeció, pálida sobre su ya pálido rostro. Se llevó la mano al bolsillo, donde su boli de la suerte se sentía más pesado que nunca. No hay forma de ganar. Acercándose de nuevo, lo sacó, mostrándoselo con desgana.

—Sí, aquí está. ¿Y qué? —inquirió, tratando de atravesarla con la mirada. Una victoria, la que fuera.

Sin embargo, poco podía hacer una brisa, contra el acero templado de los iris de la mujer del cojín.

—Sorprendente la durabilidad de estos bolígrafos, ¿no crees? —Se lo arrebató antes de que pudiera reaccionar—. Toni, ¿me pasas el libro que leías?

El italiano asintió, complaciente, y se lo entregó. A Yesira le pareció, mientras pasaba las páginas como el aleteo de un colibrí, que todas estaban en blanco. Incluso después de tantas traiciones, cómo es que sigo confiando tan ciegamente en mis ojos. Ciegamente. Je.

—Si puede ser, en la última página —pidió él, mientras regresaba a su puesto.

Antes de que Yesira pudiera registrar las implicaciones de lo que iba a suceder —dado que de haberlo hecho, antes se hubiera cortado la mano que acceder a aquello—, Cassandra llegó hasta la página en cuestión y, empuñando el bolígrafo casi vacío, comenzó a garabatearla sin cesar. Pocos segundos tardó la tinta en agotarse por completo. Yesira lo observó todo sin saber cómo responder. Lo primero que pudo procesar fueron unos instintos homicidas que hasta a ella le asustaron.

—¿¡Pero qué coño haces!? —Sin pensarlo dos veces, le cruzó la cara de una bofetada, recuperando su boli del suelo, volado de las manos de la mujer por el impacto. Lo miró de refilón, con sus pupilas tiritando. No había duda, no quedaba ni una gota. Se había acabado. Para siempre.

Cassandra abrió mucho los ojos, llevándose la mano a la mejilla, aún dolorida. Después de unos segundos, rio por lo bajo, mirando a la joven acuclillada y manoseando aquel plástico inútil.

—Te lo voy a perdonar —dijo, haciendo círculos con la mandíbula—, por la calidad del tortazo, y porque, aunque suene extraño, te entiendo. No querrías saber lo que te pasaría si te atrevieras a toquetear mi cojín, cielo. Aun así…

—¿¡Aun así!? —chilló, furibunda.

—No levantes la voz, te quedarás ronca. —Le mostró la página garabateada—. ¿Ves el hueco que he dejado ahí? Quiero que escribas tu nombre completo. Asegúrate de hacerlo bien, que sea legible.

—Pero…

—Hazlo.

La orden cayó como un yunque sobre su nuca. No le quedaba otra que obedecer, para variar. Se dispuso ante la mitad de página que no estaba pintarrajeada con las últimas reservas de su boli de la suerte. Por mucho que siempre se hubiera sentido superior a cualquier superstición o ritual extraño, el hecho de que desde su llegada al instituto, le hubiera acompañado en las duras y en las maduras, aprobando cada examen al que se presentaba con él, había creado en ella una especie de dependencia. Se sentía mal al reconocerlo, pero aquel boli era de sus mejores amigos, por ridículo que sonara en voz alta. Hasta hoy. El hilo que le unía a sí misma, cortado sin piedad con hoz oxidada. Por ello, no se atrevía a mancillarlo más. Se había acabado, del todo. ¿Qué más daba pasarlo sobre el papel? No quería, no podía soportar la idea de que, al hacerlo, el blanco siguiera siendo blanco.

Cassandra le colocó la mano en la muñeca, apretándola con suavidad, pero con la suficiente firmeza como para que no pudiera levantarla. Da igual lo que yo quiera o deje de querer, dices. Según colocaba la esfera sobre el papel, no pudo evitar, aun todo, desear que no se hubiera acabado. Fuera por costumbre de años, o un último hálito de esperanza vana en la consciencia, Yesira siguió esperando ese milagro, que tan lejano parecía.

«Yesira Fernández Otello». Eso quedó grabado, desde la primera letra hasta la última, en tinta azul que, siguiendo las leyes de la realidad, no debería haber existido. Yesira boqueó, alternando su mirada de desconcierto entre el bolígrafo y lo que había escrito, casi guiada por un espíritu invisible.

—Bienvenida al club de los poderes chungos —musitó Oscar, sin color en su voz.

—No podría haberlo dicho mejor —concluyó Cassandra, soltándola—. ¿Tienes, o no tienes potencial?

—Pero… eso es algo que has hecho tú, ¿no? —Se sentía desfallecer, no comprendía nada—. Al tocarme, me has dado tu… energía… ¡O al escribir tú antes! No puede ser que…

—Calma, cielo. No, yo no puedo hacer eso. Igual que mi hijo no puede ver el futuro, o mi marido esconderse en una sombra. Esta facultad es tuya, y sólo tuya. O «poder chungo», si te gusta más —rio mirando a Oscar, que respondió con un resoplido sordo.

—¿Queréis parar ya con eso? —gruñó la joven, para luego suspirar—. Entonces, y de nuevo, haciendo como que me lo creo, ¿mi poder es que no se me acabe el boli?

—Por ahora, Yesira. De hecho, eso me lleva al siguiente punto… ¡Aaah!

Sin previo aviso, Cassandra se lanzó como un puma, gritando con voz clara y potente. Al cerrar los ojos instintivamente, sintió como, con dos dedos, palpaba delicadamente sus párpados.

Una turbulencia de blanco resplandor inundó su mente, una ventisca ardiente que le cegó, para luego devolverle la vista. El viento se detuvo. Los colores, intactos en el pensamiento.

Y, entre esos colores irreconocibles, vio…

—Abre los ojos, cielo.

Al hacerlo, vio ante sí el reloj de muñeca de la mujer. En ella, se reflejaba su rostro. Aparte de su expresión destrozada, sus ojos, todavía recuperándose de la tormenta, brillaban. Sus iris, de un habitual color oscuro, casi negro, ahora refulgían en un púrpura intenso, que parecía devorar el blanco de sus escleras. Yesira ahogó un grito.

—¿Qué… qué me has hecho? ¿Cómo se apaga esto? —chilló, rascándose los ojos con fruición, casi arrancándose las pestañas.

—Para, te vas a hacer daño. Ya se te ha quitado. —Yesira abrió los párpados de nuevo, confirmándolo—. En cuanto a lo que acabo de hacer, es un procedimiento al que llamamos apertura. Con él, he despertado lo que llevaba dormido desde el día que naciste. Muchas facultades se mantienen en letargo durante toda la vida de la persona, y sólo se manifiestan de forma pasiva, como en tu caso. —Señaló el bolígrafo, aún en la mano de la joven—. La mejor forma de sacarlas de ese sueño es haciendo lo que yo ahora. ¿Has visto algo cuando te he tocado?

Sí que lo había visto, pero era como si tan pronto como lo hubiera hecho, la imagen se hubiera arrancado de su memoria.

—Menos mal que querías ir al grano —comentó Oscar, con expresión agotada.

—No lo recuerdas, porque nadie lo hace. Es uno de los grandes misterios de nuestro mundo ¿Ves? Eso sí que podríamos llamarlo «magia» —prosiguió, haciendo caso omiso de la queja—. En fin, como decía, ahora tu facultad está completamente despierta. Y ésta no es para nada habitual.

»Hasta ahora, creías que tu bolígrafo no se acababa por una cuestión de suerte, o milagro, o algo que no podías explicar, pero, al final, todo confluía en lo mismo: fuera lo que fuera lo que permitía que siguieras escribiendo, no deseabas que se acabara. La forma en la que has reaccionado antes, me lo dice todo. Para ti, que el bolígrafo no se agotara era tu mayor deseo, que no terminara esa magia. Pero lo que no sabías era que ese preciso deseo era la fuente misma de dicha magia. Yesira, tu facultad crea tinta de la nada, pero eso es sólo el principio. Tu facultad te permite crear. Crear todo desde la nada. Y eso, cielo, es un poder extraordinario, incluso entre los nuestros. A la gente como tú, las llamamos Sefirot.

La mención de esa palabra hizo que la mente de Yesira se bifurcara, recordando los graznidos de emoción de Yaiza cuando anunciaron que un personaje con ese nombre iba a salir para el juego que jugaban juntas. Se entristeció un poco al recordar también la sombra en su rostro cuando la dejó tirada horas antes. Aunque tuviera que quitarse horas de estudio, se lo compensaría. Además, ya sólo tener que mentirle también había sido…

—Un momento, un momento, espera… —Volvió a la realidad, una vez hubo evaluado cada una de las palabras de Cassandra—. ¿Cómo que «creadora»? —Se miró las palmas de las manos, la derecha algo manchada de tinta azul—. O sea, me estás diciendo que si yo quisiera que apareciera un cerdo delante de mí, ¿hago así, y ya está? ¿Cerdo? —chasqueó los dedos varias veces, medio en sorna, medio esperando ver un cochino en su regazo.

—Curiosa elección de ejemplo —observó la mujer, chasqueando a su vez para reclamar su atención. El sonido de sus yemas —, pero no. Aún no, al menos. Que poseas el potencial para ello no significa nada. No se trata de quién podrás llegar a ser, sino de quién eres ahora. Y si ahora eres alguien capaz de crear tinta, eso de por sí ya es algo maravilloso. Lo demás, vendrá con entrenamiento.

De nuevo, cualquier propósito de negar lo que escuchaba se topaba de morros con la realidad. O con la irrealidad, visto lo visto. Las explicaciones encajaban. Su boli de la suerte, la sombra, la pluma meteórica… Cada una de esas situaciones, antes de poner un pie en aquel bar, habrían vuelto majareta a cualquier hija de vecina. Pero, una vez entendido eso, el mero hecho de tratar de revolverse ante la verdad le parecía innecesario. Lo que más me jode, es que al final esta mujer tenía razón. No ha quedado pregunta sin contestar. De pronto, se tiró del mechón azabache con el que llevaba jugueteando un rato. No, aún quedaba una.

—¿A qué te refieres con «entrenamiento»? —inquirió, ladeando la cabeza—. No estarás pretendiendo que me una a vosotros, ¿no? Porque si es así, ya sabéis mi respuesta.

De repente, y pisando sobre la respuesta mesurada de su jefa, Toni dio un salto de longitud, plantándose frente a Yesira con excitación.

—¿En serio, eso es lo que vas a decir? —Hablaba rápido, pero pronunciando cada sílaba con ritmo de sardana—. ¡Cómo se nota que vienes con el «no» de casa! Ern serio, no sabes la suerte que has tenido al encontrarnos. Escucha, todos los presentes pertenecemos a la Facultad, una organización mundial dedicada a proteger a la sociedad de peligros que jamás debería conocer. Cada día, mejoramos nuestras habilidades, para enfrentarnos a…

—¡Un momento, un momento! —la joven gritó por encima, levantando las manos—. A ver, que no niego que, hasta ahora, habéis sido todos más o menos amables conmigo, no me habéis drogado ni nada, y bueno, casi que no niego que ser maga, perdón, ¿facultativa? Pues eso, que mola bastante. Pero de ahí, a unirme a un equipo secreto que lucha contra el mal, vamos, eso ya ni de coña. Además, ¿qué pretendéis que haga?

Cassandra se levantó, sonriendo. Por segunda vez, el italiano se interpuso, más emocionado incluso que antes. Cassandra apretó los labios. Oscar no daba crédito a lo que estaba viendo. Por lo que parecía, estos avances de Toni estaban completamente fuera de guion.

—¡Pues cosas increíbles! Mejorar con tu facultad, pelear contra monstruos, ¡salvar el mundo! ¡Venga! ¿O me vas a decir que no te ilusiona ser una heroína?

—¡Quita! —Yesira se levantó, de nuevo retrocediendo intimidada—. ¡Pues no, no me ilusiona en absoluto! ¿Pero quién os creéis que soy? —Se dirigió a todos, gritando para que se enteraran bien—. Lo primero, dejad todos ya las confianzas, las invasiones del espacio personal, todo eso. Tú no, tú vas bien —felicitó al mesero—. Y a ver si os queda claro: no me da la gana que, a la primera de cambio, me intentéis reclutar para vuestro club. Yo tengo una vida, tengo una familia, unos estudios, millones de cosas que hacer. ¿De verdad pretendíais aparecer de pronto, decirme todo esto, y que yo me uniría sin hacer preguntas? ¿Tengo cara de tonta? ¿Es eso?

—Tampoco es para ponerse así —replicó de queo el italiano, amedrantado por la subida de volumen de su voz.

—¡Pues yo creo que sí! Así que, por favor y si no es molestia, dejad que me vaya. ¿Cómo se abre esta maldita puerta? —Tiró de ella, sin poder moverla un solo milímetro.

Anders profirió un gruñido desde la barra, que provocó que a todos les zumbaran los oídos. Oscar aprovechó para acercarse también, tratando de convencerla. Yesira le dedicó dos puñaladas de odio que le hicieron detenerse, arrugando el ceño con impaciente preocupación. Cassandra hizo un tercer amago de intervenir en la debacle, pero ningún sonido se escapó de entre sus labios. En lugar de eso, cruzó miradas con Toni.

Yesira contempló como ambos se miraban, sin comprender qué buscaban en las pupilas del otro. Esos incómodos segundos fueron suficientes para que, con cautela, alcanzara la puerta del bar, en el intento quién sabía cuál de escapar de aquel sitio. Aún cerrada. El ruido del pomo no pareció alertar a ninguno de ellos. Como si la sala se hubiera transformado en un museo de cera, todos los presentes mantuvieron la posición, como petrificados en un punto muerto entre pistoleros. Que alguien se mueva, aunque sea para retenerme. Vamos.

Por fin, Cassandra se giró hacia la joven. Parecía más serena, aunque aún no había envainado su acero del todo. Ante la caída de mandíbula de su hijo, se acercó a la puerta, la abrió, y le indicó que se marchara con un aleteo de su mano.

—Eres libre de irte, cielo. Te prometí que, si me escuchabas hasta el final, podrías marcharte, y yo nunca falto a mi palabra —dijo sin color en la voz—. Eso sí, me gustaría confiar en tu discreción con respecto a todo esto. Nuestra labor para con el mundo real es positiva y sincera, pero de descubrirnos, todos estaríamos en problemas graves. ¿Puedo fiarme de ti en este aspecto?

—Sí —fue su lacónica respuesta, pero entonces miró al resto, desafiante—. Pero, a cambio, quiero que me dejéis en paz. A mí y a mi familia. Si lo hacéis, os prometo que no diré nada. Tan sólo quiero olvidarme de todo esto, ¿de acuerdo?

Antes de que nadie pudiera entrometerse, Cassandra la acompañó con el brazo al exterior. Luego, sonrió, poniéndole la mano en el hombro.

—Puedes contar con mi palabra, y con la de mi Facción. Pase lo que pase, no volveremos a aparecer más en tu vida, ni en la de tu gente. —Levantó entonces una ceja—. A no ser, claro está, que así lo desees tú. La puerta del San Borondón siempre estará abierta para ti.

Yesira se quitó la mano de la mujer de encima sin violencia, pero tampoco ocultando su incomodidad. De nuevo, fue como agarrar un carbón ardiendo. Después de sacudir los dedos, se despidió con un rápido movimiento de cabeza, y se fue por donde había venido, con la mitad de su pelambrera cubriendo su rostro enrojecido por la tensión y el calor del incipiente verano.

Oscar fue el primero en reaccionar a lo ocurrido, una vez su madre regresó junto a ellos. La satisfacción que traía pintada en su rostro le enfureció aún más de lo que ya estaba.

—¡¿Cómo se te ocurre hacer eso?! ¡¿Cómo dejas que se vaya, así, sin más?! —chirrió, con los ojos desorbitados. Su voz, de normal taciturna y reservada, se quebró, no acostumbrada a alcanzar esos niveles tan bruscos—. ¡¿Para eso me la juego y me llevo una paliza?!

—El chaval tiene razón, jefa —añadió Toni—. Soy el primero que aprecia la sinceridad y la libertad de expresión, ¿pero no era nuestra misión asegurarnos de que la Sefirot ingresara en la Facción? Verás el rebote que se va a pillar H. cuando vuelva…

—¡Como si tú tuvieras menos culpa! —le reprendió el chico—. ¡Si no le hubieras saltado encima como un vendedor de aspiradoras, no se hubiera espantado de esa manera! ¿Cómo se te ocurre?

—Tan sólo pensé que sería la mejor forma de cumplir con la misión, eso es todo. Disculpa si me salí de las vías de la emoción.

Mientras pedía perdón con gesto honesto, Toni hizo girar en su dedo índice un tramo de su cadena, apoyando el codo en la barra. Cassandra lo miró, y luego a su hijo, con expresión vacante. Oscar abrió entonces los ojos, como si hubiera comprendido algo que antes se le había pasado por alto.

—No discutáis más. Al final, todo es cuestión de que confiéis en mí. Algo me dice que será más interesante de esta forma —terminó la mujer, guiñándoles un ojo. De repente, inspiró, sus pupilas dilatándose al tiempo con sus pulmones—. Además, creo que tenemos un problema más urgente entre manos. Porque tú también lo has notado, ¿verdad, Oscar?

En efecto, una campanilla en el alma del chico había comenzado a repicar, avisándole. Una sensación que ningún humano normal había experimentado ni experimentaría a lo largo de toda su vida. Una que, sin embargo, para la gente como ellos, era demasiado habitual. El chico asintió, volviéndose hacia Toni, que captó a que se refería al instante.

—Pero esto es malo, muy malo. Pensaba que esta zona estaría fuera de peligro —exclamó alarmado—. A no ser… ¿No será por ella?

—Es lo más probable. Por ahora, limitémonos a seguir el procedimiento —ordenó, dando dos palmadas que retumbaron en las paredes del bar—. Activamos el Protocolo ICN. Ya sabéis lo que debéis hacer cada uno. Como siempre, encontrar a esa emanación es nuestra prioridad absoluta. ¡Vamos!


Post Fabulam: https://towerofspring.com/post-fabulam-la-facultad-iii-conversaciones-de-bar-parte-2/

por Spring

Deja una respuesta