CW: sangre, descripciones narrativas de violencia física y psicológica, alusiones a elementos de gore. Si alguno de estos temas puede afectarle, recomiendo no continúen la lectura. Muchas gracias.
Tuf. Tuf. Tuf. Tuf. Pasos de una niña perdida en lo negro conocido. Carrera de respiración acelerada, poco aire y lugares oscuros. Al día siguiente era El de Todos los Santos, y el cementerio se agolparía de personas trayendo flores a sus seres queridos. Cuando el pueblo despierte, los muertos descansarán al fin.
Pero en ese momento, el pueblo dormía. Todos y cada uno, bajo el hechizo de un Morfeo de aire y de idea. Ningún ruido los robaría de sus brazos. Ni siquiera el quebrar de un cuello o la saliva deslizándose por un pecho detenido, interrumpiría su estrepitoso viaje del Hipnos al Tánatos.
Tan sólo Alicia Spring y Gabriela Carrasco se mantenían despiertas. Precipitándose calle abajo, persiguiendo a un padre desorientado, el cual perseguía a su vez al monstruo que había raptado a su hijo. Triste verdad a medias, si se consideraba que, fuera una maldición o un acto cruel del destino, el licántropo sí les había robado a Víctor. La solución del padre, sin embargo, podría hacer que lo perdieran, de verdad y para siempre.
Por eso, debían llegar a tiempo. El brebaje rojo de Generosa era la última oportunidad que tendrían de reparar todo.
La mente de Alicia iba a compás con sus piernas. Quemando pensamientos para mantener el ritmo sin desfallecer, cada una de sus tribulaciones quedó grabada en una imagen, rodeada de focos vacíos y perfilada por el único blanco de la luna llena, sola en lo alto sin estrellas que la abrigaran.
La plaza al minero, por qué Víctor. El abeto al que cantaban villancicos de pequeños, cómo no se dio cuenta ella antes. El hogar del pensionista, por qué nadie respondería si gritaba ahora mismo. El paseo del chocolate, desde cuándo sabía Gabi que su abuela era una bruja. El camino de las casas nuevas, desde cuándo Generosa sabía lo que estaba pasando. El merendero junto al campillo de fútbol, por qué sentía que era la última en enterarse de todo. La comisaría de policía, por qué nadie confiaba en ella.
Finalmente, llegaron a su destino. No podía ser otro, cualquier otra opción hubiera sido una grosería, como diría la bruja. La entrada al barrio inglés. Y, con ella, su última pregunta, que pronunció en voz alta, entre quejidos por el esfuerzo.
—¿Cómo sé… que estoy haciendo… lo correcto…?
—¡Vamos, Ali, no es momento de dudar! —chilló Gabi, tirándole del brazo, con ojos desorbitados—. ¡Venga, sígueme!
No le faltaba razón. Si sus decisiones le llevaban a equivocarse, sería mil veces mejor que no hacer nada. Generosa le había dado una única e inesperada oportunidad, y no aprovecharla sería un insulto a la esperanza que le había brindado en su peor momento. Además, ¿y qué si no servía de nada? Las circunstancias como estaban, tampoco tenía nada que perder por intentarlo.
Se internaron pues en el barrio inglés. A pesar de sus raíces, Alicia tenía prohibido pisar esa parte del pueblo. Un tradición que se estableció al mudarse la madre de su abuela a la Calle Número 4, y que su hija había hecho eco sobre las mentes de su hija, y más tarde, de sus nietos. Pero como no hay peor pegamento que una censura sin argumentos, más de dos manos se necesitaban para contar las veces que los hermanos habían dicho que iban al parque, o a la piscina municipal, o a la excusa de lugar que tocara, para escabullirse a los confines del pueblo y atravesar las verjas junto a la antigua garita del sereno. Tan sólo había que dar tres pasos para que las minúsculas viviendas se sustituyeran por mansiones de más de una planta, las fachadas encaladas por la mampostería y el ladrillo visto, los tejados planos por la inclinación a dos aguas y el pavimento requebrado por grandes jardines verdes, rodeados por setos de igual y brillante color. Emulando la opulencia de un suburbio victoriano de finales del siglo XIX, aquel enclave sirvió de hogar para la junta directiva de la compañía minera y sus familias, abriendo una brecha social, salarial y esencial entre ellos y sus subalternos, que vivían en condiciones mucho más sencillas. Tres simples pasos separaban el sueño del parnaso, el querer del poder.
Alicia había visitado, como ya se dijo, incontables veces aquel extraño bolsillo en el que, desde la partida de los ingleses, sólo ocupaban los pocos caserones que quedaban con dueño gentes de bien y otras personas que adquirieron las propiedades a precios irrisorios. Aun así, nunca lo había hecho durante la noche. Los techos se elevaban como pirámides rojas, salpicados por chimeneas que, sin humo que expulsar, parecían puños alzándose entre las piedras. El manto lunar apenas se reflejaba en ellos, por lo que sólo sus siluetas se recortaban, como sombras sobre el resto del pueblo, negras copas de ciprés negando el sol a la yerma dehesa.
Miró hacia ambos lados, sin saber por dónde ir. El barrio inglés era un laberinto de frentes calcados, setos cíclicos y entramados sobre entramados. Si ya todas las calles le parecían iguales durante el día, con esa oscuridad era imposible saber a dónde le llevaría cada cruce. Gabi hizo aspavientos por delante suyo, instándole a que no se detuviera.
—¿Pero cómo sabes… por dónde…? —preguntó, recuperando el aire a duras penas.
—¡Tú confía, estoy segura de que se fueron por allí! —exclamó su amiga, señalando el camino de la derecha.
—No entiendo cómo puedes… estar tan…
Desde lo más profundo del enclave, donde las últimas casas lindaban con el bosque de pinos, se levantó un horrible aullido que le heló la piel. Venía de la dirección que había indicado Gabi. Ella la miró con altanería, y acto seguido continuó a la carrera. La niña no tuvo más remedio que seguirla, por mucho que siguiera haciéndose esa pregunta.
Un nuevo aullido, esta vez más cercano, retumbó cuando pasaban al lado de la iglesia presbiteriana, un delgado edificio de piedra parda, ventanas neogóticas y fachada con atrio saliente, construida cien años antes para que los pobladores profesaran su fe. En ese momento, estaba vacía. Las dos jóvenes apretaron el paso al escucharlo, mientras el ladrillo dejaba lugar al matorral y los setos parecían fundirse con la naturaleza, envuelta en brumas.
Llegado a una calle en curva, un tercer aullido se oyó, separando a su emisor por varias filas de árboles fusionados. Llegados a este punto, Gabi alzó su mano, indicándole que dejara de correr.
—¿Qué pasa…? —chirrió Alicia—. ¡Están allí al lado, vamos…!
—¡Sí, sí, un momento! —le espetó Gabi—. Se me ha ocurrido algo: ¿ves esa calle que hace como así? —Hizo un movimiento semicircular con el brazo.
—Sí, la que íbamos a tomar justo ahora, ¿por qué?
—Porque mira. —Señaló entonces a otra a su izquierda, recta y que tenía pinta de cortar a la primera al final de ésta—. ¿Qué te parece si vamos cada una por un sitio? Así podemos pillarlos por sorpresa, por si acaso están distraídos.
—¿Pero qué dices? ¿Crees que es el momento de jugar? —gritó, incrédula—. ¡No tenemos tiempo para tonterías!
—¡Ni para discutir! —replicó Gabi, ya marchándose por la curva—. ¡Tranquila, todo saldrá bien! ¡Nos vemos al otro lado!
«Juro que la mato. La mato y la entierro en el bosque». No era la primera vez que la frustración por los lances de su amiga le hacía pensar esa frase exacta. Ni la primera en la que pensarlo no le sirvió de nada. Viéndola hacerse pequeña según se alejaba, decidió no perder un segundo más, y salió al galope por la recta. «Así llegaré antes, al menos». Según avanzaba, podía ver a Gabi a través de los arbustos que separaban ambas calles, que delimitaban una zona de crecidos jardines.
Una masa verde oscura le tapó la visión poco después, y para cuando se despejó, ya no estaba. Pese a que la confusión le incitó a frenar, el frenesí fue mayor, por lo que continuó, quitándole la importancia que tanto necesitaba su principal problema. Quizá se había escabullido por un callejón.
Por fin, alcanzó el final de la calle. Desembocaba en un camino de tierra, que remojaba el negro asfalto como la orilla de un río. Sus pasos se enmudecieron al pisar el lodo, y se internó por un camino franqueado por las últimas dos casas, haciendo un portal con las copas de dos árboles espejados. Siguió avanzando, hasta que un grito le hizo paralizar sus movimientos.
—¡Tú! ¡¡Tú!!
Inconfundible desgañite, el de Cecilio Spring. Alicia logró hacer que sus piernas respondiesen, y caminó con cautela por el sendero, hasta su desembocadura. Luego, se mordió la lengua hasta sangrar.
El mundo oscilaba en caóticos espasmos, o así lo percibía su visión, que se emborronaba por instantes y se apagaba por otros. Entre sus pestañas y el vidrio roto, una ilustración vil y macabra se hacía paso a dentelladas. Un claro abierto, un anfiteatro del horror, en el que se erigía una columna sobre un pedestal escalonado. De piedra roja estaba construida, aunque era indiscernible el rojo de tierra con el rojo líquido que la embadurnaba. Resbalando por cada poro, arrullando el monolito como las olas de un mar rojo, infinitamente rojo. Y a los pies del ídolo, el monstruo. La grabación de seguridad no hacía justicia a la pesadilla que se había encarnado en realidad, jadeante y hambrienta de todo. Hombros anchos, cargando con brazos demacrados acabados en manazas con garras de garfio. Patas traseras con rodillas inversas, que cargaban con un pecho encogido y palpitante. Cabeza triangular, cuyo morro anquilosado expulsaba nubes de vapor pestilente sobre su cadena de colmillos en rompan filas, todos ellos aguijones cubiertos de abundante saliva. Sus mandíbulas abiertas dejaban colgando su nauseabunda lengua, que vibraba de excitación por lo que tenía delante. Lo mismo les pasaba a sus orejas, lijadas en punta, que se movían como veletas en la tormenta. Sus ojos amarillos.
Y a los pies del monstruo, los de los demás. Y las manos. Y los brazos. Y las caras. Todos, todas, hundiéndose en el mar.
No. Esa… Esa era…
Ella misma. Su propia cabeza.
—¡Hijo de puta! —aulló Cecilio, apuntándole con la escopeta—. ¿Cómo has podido hacer esto? ¿¡Cómo!?
La bestia respondió cerrando los puños. Sus uñas rechinaron al unirse, como diez cuchillos afilándose entre sí.
—Primero me quitas a mi mujer… Luego, a mi madre… ¡Y ahora a mi Víctor! —Cargó un cartucho—. ¿Por qué? ¿¡Por qué!?
Antes de que ninguno pudiera reaccionar, un rugido de pólvora sacudió las hojas de los árboles. El monstruo ladró, llevándose la mano a su tripa. Se contrajo, mientras los pelos de su mano se iban tornando de un color bermellón oscuro. Levantó su purulenta vista amarilla hacia su agresor, que ya estaba recargando su arma y se dirigía hacia él con ira contenida. Alicia quiso gritar, pero estaba muda.
—Te duele, ¿eh, cabrón? —Sus ojos despedían chispas. Sus labios esbozaron una sonrisa bañada en lágrimas, culpable de disfrutar el hecho de que aquel ser pudiera sangrar—. No son de plata, pero joder, joden igual, ¿verdad? ¿¡Verdad, cabronazo!?
Un segundo disparo alcanzó al lobo en el hombro, arrancándole de cuajo el tendón que mantenía su brazo funcional. Colgando su extremidad sin vida, el monstruo sin embargo no se movió ni contraatacó. Se mantuvo quieto, como si realmente estuviera escuchando las palabras de Cecilio. Sus ojos se mantenían fijos en los del cazador, lo que provocó que su furia estallase al fin.
—¿No te revuelves? Oh, ¿te crees que si me miras con pena, te dejaré vivir? —Introdujo un tercer cartucho, apenas a metro y medio del lobo—. Ah, no, no, no. No te engañes. Pienso matarte. Pero no sin antes gastar toda mi munición en arrancarte pedacito a pedacito, hasta que sólo te queden esos ojillos buscando piedad. Sólo entonces, tendrás mi permiso para morir. ¡Mierda de perro!
El tercer disparo le desencajó la mandíbula inferior, dejando inservible su boca. No pudo aguantar más de pie, y cayó a cuatro patas. Sin dejar de mirarle.
—¿Qué miras tanto? ¿¡Qué miras, que te gusta tanto!?
Dejando caer el arma, le propinó una patada en el morro, que le hizo brotar sangre a borbotones. El monstruo no se movió. Otra. No se movió. Esa vez, con la culata de la escopeta. No se movió. Una y otra vez, hasta que su rostro era irreconocible. Y el monstruo siguió sin moverse. Recibiendo cada golpe sin inmutarse, con sólo sus pupilas vibrando, sin cortar contacto con las de Cecilio.
El cazador resolló, sin aliento tras la golpiza. Se sacudió el polvo y la sangre de su ropa y nudillos, y con un lento clic, introdujo su última carga en el tambor. Entonces, colocó el cañón en la frente del lobo, posándose como una varita de hierro candente, dos túneles de polvo y niebla.
Sin embargo, no se encontraron sobre la alambrada cobriza del monstruo, sino apartando varios mechones de pelo castaño. Cecilio palideció.
—¿¡Alicia!? ¿¡Qué estás haciendo aquí!? ¡¡Te dije que…!!
Lo que ocurrió a continuación se desencadenó en un destello. Una corva silueta, un horripilante títere reanimado por cuerdas invisibles. Una zarpa entrando en tela, en piel, en cuerpo, hasta brotar de la espalda de Cecilio Spring, suspendido en el aire como un ahorcado. El mundo en blanco, con un estruendo seco que tiñó el lienzo de un rojo brillante, goteando del agujero en el pecho del licántropo, del que humeaban gargajos de rubí.
Y bajo el grupo escultórico, la pequeña Alicia, sobre la que caía el rocío.
—Ali… Ali… ¡Alicia!
Tosió sangre. Sus párpados la despidieron también, al abrirlos de golpe. Se sentía sucia, como envuelta en lodo. Sobre sus mejillas, percibió las puntas de incontables finos hilos, que bebían de las manchas rojas sobre su piel como diminutos pinceles de la paleta. Pudo reconocer, después de unos momentos de recalibrado, el rostro del que llovía toda esa sedosa cortina de cacao.
—Gabi… Qué ha… Dónde… —Lo recordó todo, como una película reducida a un solo segundo—. ¡Papá! ¡¡Víctor!!
Se quiso levantar, pero Gabi la retuvo con suavidad por los hombros. Alicia la miró, desesperada, pero ella negó, sonriendo.
—Cecilio está bien, tranquila. Ahora lo importante es Víctor —espetó, ofreciéndole la mano para que se incorporara—. ¿Tienes la poción?
—Esto… Sí, creo que… —Lo extrajo de su bolsillo—. Aquí está. Pero Gabi, yo recuerdo que…
—¡Te digo que está bien! —la interrumpió con brusquedad, mirando de reojo su reloj—. Vamos, no queda mucho tiempo. ¡Tenemos que hacerlo ya!
Entre matorrales y troncos repartidos por la arena de gossan granate, los pies de Alicia rebotaron mientras se dejaba llevar por Gabi. Su cerebro le enviaba fulgores, recuerdos a destiempo que asomaban sus pútridas facciones antes de ser desterrados al inconsciente por una escuálida razón, al filo de la ruina. Contemplaba con pasividad su brazo, pendido del agarre de su amiga. Los vellos de su piel, enclaustrados en rojo seco, no podían sentir el frío de la noche cerrada. La maleza se cerraba más y más, la arboleda de pinos tragándolas por una garganta ocre, corinto y malva.
Se abrió. Y con ella, también lo hizo la tierra. Los matojos se retiraron en un abra que miraba al fondo de una descomunal sima a cielo abierto. Escalón a escalón, la inmensa corta minera dominaba el horizonte, sin atisbo de que terminara en alguna parte. Olla geométrica en cuyo fondo descansaba un lago de tonos sanguinos. En su centro, la luna llena se bañaba, refrescando sus fríos y blancos miembros, produciendo ondas que nacían en el centro y morían al llegar a tierra. Ella, reflejada en el cielo, perfilaba con su resplandor el cuerpo demacrado del lobo, agazapado al borde del risco. Su aspecto era lamentable, si podía serlo más que del natural. Toda su boca estaba abierta, con arroyos oscuros bajando entre sus colmillos. Su morro estaba roto, doblado hacia la derecha. Numerosas heridas recorrían su cuerpo, pero la más impresionante, la cavidad que le atravesaba el pecho izquierdo, aún vivo, por el cual se colaba algo de palidez. Un minúsculo tragaluz que filtraba la pureza del cielo en tonos anaranjados y negros.
Con un ligero empujón, Gabi indicó a Alicia que era el momento de actuar. Después de mirarla con el ceño alzado, se acercó con mesura, con una mano por delante y, en la otra, el frasquito, que le mostró al monstruo con un leve tintineo.
—Víctor… Soy yo… No tengas miedo —susurró la niña, sin dejar de aproximarse—. Soy Alicia… He venido a salvarte, como te prometí… Esto —dijo, señalando el botecillo— es una medicina que me ha dado Generosa para ti. Generosa, ¿sabes quién es, verdad?
El lobo se movió. Alicia cerró los ojos, aterrada. Pero no fue dolor lo que sintió. Tan sólo, calor frente a sus rodillas. Al abrirlos, contempló sobrecogida al monstruo, arrodillado ante ella, boquiabierto. Aunque sus maxilares ya no le permitían cerrarla, sus húmedos ojos no podían mentir. Alicia reconoció ese temblor culpable, esa súplica que no necesitaba de voz. Los ojos de «sácame de este túnel». Los ojos de su hermano.
Vertió la pócima.
La transformación no fue espectacular, ni siquiera horrorosa. Tan simple como que, en un instante, había un hombre lobo y, en otro, un joven moreno, demacrado y cubierto de heridas. De no parpadear, se vería a toda una mole de músculo amorfo empequeñecerse como un vahído, todo ese pelo duro y cobrizo retraerse en sus poros mientras el hocico se esfumaba, los dientes se ovalaban y los iris se apagaban en un marrón que se mezclaba con la pupila. Las úlceras que, en su anterior forma, presagiaban una muerte inminente, fueron tan sólo feos moratones una vez el chico regresó del abismo que le cabalgaba. El lobo se había ido, y tan sólo Víctor Spring oscilaba, a punto de caer al suelo o al vacío tras de sí.
Alicia lo agarró a tiempo, antes de que se decidiera por la segunda opción. Apoyando su cuerpo descubierto sobre su regazo, le dio un par de palmadas en la mejilla. Necesitó cinco más, la última con bastante más ahínco, para que despertara de una vez.
—Alicia… ¿De verdad eres tú, Alicia…? —preguntó, sin lograr entonar su destrozada voz.
—Claro, stupid —respondió, sonriendo tanto que le dolía la cara—. ¿Quién iba a sacarte las habas del fuego si no? ¿Eh?
—Alicia… —Levantó con esfuerzo su mano, llevándolo al flequillo de su hermana—. Tu pelo… es blanco.
—¿Cómo dices…?
—Y tus ojos… son azules… muy azules… —Continuó, señalándolos con dos dedos temblorosos—. Cómo molan…
—Víctor, ahora no hables, estás muy herido. Tenemos que llevarte de vuelta y curarte.
—Alicia… Yo… Creo que recuerdo… Papá…
—¡Papá está bien! —se apresuró a decirle—. Gabi me lo dijo, ha venido conmigo. Está ahí.
—Ay, qué bien, qué suerte tengo de teneros… —A duras penas, giró el cuello para verla.
Parálisis.
«Gabi… ¿Por qué sonríes así?»
Pandemonio.
Infiernos gemelos incendiaron el bosque de pinos con lenguas naranjas ávidas de juicio. Dos alas de fuego que el viento hacia batir, repicando campanarios a cada sacudida. Las hojas crepitaban al arder, como millones de velas danzando. El muro de fuego arreció su piel y retinas, pero Alicia no podía apartar la vista. Perdida en la inhumana curvatura de los labios de su amiga, que se extendía hasta el lóbulo de sus orejas. Partiendo su cara en dos mitades, la inferior cada vez más baja y llena de dientes, la superior centelleando desde los dos faros que tenía por ojos, cuya luz verde rivalizaba con el fuego a su alrededor.
El pecho de Gabi comenzó a convulsionar en toses desordenadas, que se escapaban a través de su horripilante gesto. Con el resto de su cuerpo inválido, su espalda se arqueó hacia atrás, los espasmos más violentos. Rompió entonces en una chirriante pero imponente carcajada, que le destrozó las cuerdas vocales con un brusco rasgado. Sin embargo, siguió riendo. Alzando el tono de su voz fracturada, su risotada fue en aumento, al igual que la combadura de su columna vertebral. En su punto álgido, sus esputos de dolorosa algarabía añadieron un tempo más al baile de las llamas, y su cuerpo se contorsionó hasta casi rozar el suelo con los pelos de su frente.
Un dedo corazón flaco la golpeó en el entrecejo, haciéndola caer al suelo, inerte.
—Disculpa la grosería, bonita. Una pensaría que tendría mejor preparada su entrada. Los nervios del directo, que merman a cien ensayos.
La flama proyectó una impensable sombra sobre los dos hermanos. A través de ella, permitiéndole la entrada con veneración, avanzó con calma Generosa Carrasco. Vistiendo su mandil, haciendo pequeños hasta los árboles con su tamaño. Apartó el cuerpo de su nieta con un desinteresado taconazo y se quedó observándolos. Buscando una reacción.
—Generosa… ¿Qué está pasando? —preguntó Alicia, su mirada fija en el trapo en el que se había convertido su amiga.
—Nada demasiado importante. Tan sólo una actriz secundaria que sucumbió a la sed de protagonismo —respondió, negando con gesto decepcionado—. Historia de la Humanidad donde las haya.
Aun sin comprender a qué se refería, un hálito le heló los huesos. El incendio la calentaba, pero jamás había sentido tanto frío.
—Fuiste tú… Tú fuiste la que…
—¡Bueno, bueno! No saltemos tan rápido al final —la interrumpió, con un dedo en alto—. Esto tiene unos ritmos, y no he estado esperando cien años para ahora ir con prisas. Escucha, pequeña Alicia. Este cuento que sólo es para… ¡Escuchar, Alicia! ¡Cuántas veces voy a tener que repetírtelo!
La niña exhaló, aterrada. No sólo por la voz huracanada de la vieja, sino porque había leído a la perfección su intención de atacarla mientras hablaba. Agarrando a Víctor aún, se mantuvo en el sitio, alerta. Generosa bufó por la nariz, y continuó con el semblante más relajado.
—Siento los gritos. Como decía, este cuento es uno que llevo reservando especialmente para ti. Y, además, será el último que escuche oído mortal. Así que, por favor, nada de interrupciones, y disfrútalo como se merece, tanto como lo disfrutaré yo.
El fuego se arremolinó tras ella, haciéndole de asiento.
—Era una vez que se era, en una era cualquiera, una niña de ojos grandes y orejas pequeñas. Vivía en una calle sucia y olvidada, una calle que hasta las ovejas evitaban. Pero para ella, esa calle era su mundo entero. La niña tenía un hermano, un alfeñique con la cabeza llena de periquitos, pero que la quería mucho. Y ella quería mucho a su hermano. Y ambos, querían mucho a su padre y a su abuela. No tenían madre, pero ella les cuidaba desde el cielo. Eran felices con poco, creciendo y creciendo, entre las moreras y el polvo.
»También vivían, entre sus dos casas, una bruja y su nieta. Se parecían mucho, hasta el punto de que, si hubieran tenido la misma edad, habrían sido idénticas. La niña del centro era muy amiga de la niña de ojos grandes. Lo sabía todo de ella, entendía perfectamente cada uno de sus defectos y cada una de sus virtudes. Lo que comía y bebía, lo que la emocionaba y lo que la enfurecía. Sabía, fíjate tú, hasta cuánto dormía. Y, como abuela y nieta tanto, tanto se parecían, sabía la primera lo que la segunda conocía. Y así fueron creciendo y creciendo, cada vez más amigas. Y a su vez la bruja, quererlos quería.
»Y de rima en rima, llegamos a estos días. Rompiose la magia, por desgracia… fue por amor que la bruja llegó a sus vidas. Amor perdido, amor cortado. Amor que pedía sangre para un corazón partido. Que pedía dolor por el dolor infligido. Que movía los hilos de este relato. Que así decía, contad conmigo:
»Primero, la abuela. Testigo última del pecado de sangre, duerme.
»Segundo, el padre. Cazador vengativo de su propia sangre, duerme.
»Tercero, el hermano. Sangre maldita de la propia sangre, duerme.
»Cuarta…
Generosa calló, sonriendo.
—Y ahora, veamos cómo sigue.
Alicia se sintió insignificante.
—Eres la dríada… —Fue todo lo que pudo decir. Se aferró más fuerte a su hermano, temiendo que se esfumara.
—Todo lo que una pobre vieja puede serlo —reconoció la bruja, apoyando el codo en el reposabrazos de su butaca flamígera—. Al igual que esta cosa de aquí —continuó, señalando a lo que era Gabi.
—¿¡A qué te refieres!?
—No me cansaré de repetirlo: escucha cuando la gente habla —Bostezó un tifón—.Ya que te cuesta pillar los conceptos, te lo explicaré como a las niñas pequeñas. Gabriela es una extensión que creé de mí misma, para poder acercarme a vosotros. Todo lo que viviste con ella, cada secreto que compartisteis, tus miedos, tus inseguridades. Todas esas veces, cuando os creíais escondidas del mundo, y que sólo vuestros oídos podían escucharos… también estaban los míos. Me ha sido de gran utilidad. Casi da lástima deshacerse de ella, ahora que no es más que un eco usado.
—¿¡Cómo te atreves…!? —Alicia se apoyó en el pie derecho para levantarse, pero la bruja le chistó.
—Un paso más, y serás culpable de lo que le pase a tu hermano. ¿Entendido?
La niña obedeció ante la palabra de poder, pero sin bajar la cabeza. La bruja amplió su sonrisa, feliz de sentirse desafiada.
—Esa, esa es la miradita que me encandiló desde el primer día. —La bruja mostró su dentadura, cetrina y excavada—. Como decía, gracias a la encomiable labor de mi doblez, supe al fin cómo desarrollar mi plan. Mi plan para extinguir todo rastro de la sangre asesina, quiero decir. Tampoco quedabais muchos, pero precisamente vosotros seguíais agarrándoos a estas tierras como garrapatas. Como si no las hubierais saqueado y profanado desde que llegasteis hace cien años.
—¡Se lo dije al cura, y te lo digo a ti, nosotros no…!
—Ya te escuché, bonita. Las dos veces.
Eso último salió de su garganta, pero su voz no era la de ella. Era silbante. Insoportable. La cara de Generosa sufrió una horrenda transfiguración. Sus ojos verdes perdieron el color, hundiéndose en sus cuencas hasta hacerse diminutos y codiciosos. También palideció su piel, al tiempo que sus arrugas se tersaban hasta formar una superficie lisa, como de porcelana. Sus pómulos se elevaron a crujidos. Sus incisivos se alargaron como dos lombrices asomando fuera de la tierra, hasta casi alcanzar su barbilla. No quedó rastro del semblante de la bruja, que ahora reflejaba un calco sin mácula del aspecto del padre Rodrigo.
—No es cuestión de si iba a pasar, sino de cuándo iba a pasar —pronunció cada sílaba de la misma forma que el cura lo habría hecho. A continuación, como una cinta rebobinada, el rostro de Generosa regresó a lo que era, recuperando el moreno y el verde—. Me declaro culpable, culpable de disfrutar demasiado de esto. Pero ya que tenía que hacer los papeles de héroe y de villano, ¿quién podría reprocharme que me divierta por el camino?
—El padre Rodrigo… ¿¡eras tú también!? —gritó, fuera de sí—. ¡Pero si os vi a ambos…!
—Y también nos ves a Gabi y a mí juntas, hija. No, lo de ahora ha sido puro espectáculo, por aderezar el momento. La realidad es que, al igual que Gabi, el buen padre tiene un poquito de mí. Y al igual que cada persona del pueblucho este. ¿O cómo crees que, desde las correrías nocturnas de Víctor, nadie se ha despertado, por más escándalo que ha montado? Un hechizo tan sencillo sólo es posible para alguien como yo. Aunque la rabia acumulada por lustros y décadas también ayudó, no me voy a echar yo todas las flores. Algunas son para los Spring, nunca mejor dicho.
—Entonces, todas las personas…
—Sólo si hablaban con alguien de vuestra familia, por supuesto. Qué mala suerte hay que tener para que, en todo el colegio, nadie se fije en vosotros, ¿no crees? O cómo tu padre es el hazmerreír de la comisaría, al cual laurean a bombo y platillo cuando resuelve los casos más nimios, para luego dejarle estancado en la subinspectoría. Pero bueno, no todo ha sido malo, ¿a que no? —Se acarició la barbilla—. Quién querría mil amigos, teniendo a Gabi Carrasco.
Su pecho iba a estallar.
—Porque sí, dominar a unos cuantos miles de personas no fue difícil, una vez pude encarnarme en este cuerpo. Hasta entonces, tan sólo podía manifestarme en fenómenos naturales, plantas, animales sueltos… Lobos. —Guiñó un ojo con malicia—. Fue poco después de nacer tú, que conseguí mantener esta forma, y desde ahí, la mayor parte de mis poderes regresaron. Sin embargo, quizá por un marchitamiento incontrolable, quizá por una fobia que no lograba superar, quizá por el mismo destino, no era capaz de internarme en ninguno de vosotros, ingleses. Al principio, pensé que la Madre me estaba castigando por mis pensamientos oscuros. ¡Oh, cómo pené, convencida de que jamás podría obrar mi venganza! Pero entonces, lo entendí. El que os escurrierais entre mis dedos con tanta facilidad era parte de la diversión. ¿De qué sirve vengarse, si la víctima no puede saborear cada diminuto momento al ver a sus agresores sucumbir por sus transgresiones? Así que me puse a pensar, a cavilar. ¿Cuál es el método óptimo para desgarrar el alma humana? La respuesta apareció de inmediato. —Se levantó, tras lo cual su asiento perdió su forma y regresó a la cortina de fuego—. Darle todo lo que necesita para ser feliz, para luego arrancárselo. Y no sólo eso, no. También debe saber que jamás fue suyo en primer lugar.
»Así que, durante catorce años, decidí convertirme en vuestra guardiana, al mismo tiempo que vuestra amiga. No te aburriré con detalles que ya conoces de sobra. Tan sólo hazte a la idea de que cada juego, cada aventura a espaldas de tu pobre padre, cada decisión que tu querida amiga aprobaba con ilusión desbordante, era una miguita más hacia la casa de chocolate. Todos mis esfuerzos se dedicaron, Alicia, a que fueras la más feliz de las niñas. Por supuesto, no podía protegerte de cada desilusión que la vida te deparara, pero, por pedante que suene, he sido la mejor amiga que podrías desear.
—No… No me lo creo… —musitó Alicia—. Gabi es mi amiga…
—¿Y qué acabo de decir si no, estúpida? ¡Claro que lo es! —gruñó la bruja—. Pero sólo porque yo quise que lo fuera. No fuerces esa cabecita de piñón, acabará quebrándose en dos. Tu felicidad fue verdadera, sólo… que, como ya he dicho, no fue tuya. Y así, pasaron los años y, oye, hay que reconocerlo, acabé por tomaros cariño, aunque sólo fuera un poco. Sois buenos niños y, en otras circunstancias, no me hubiera importado adoptaros —continuó, paseándose de un lado a otro, pero sin dejar de mirar a los hermanos, como un búho de ojos de jade—. Pero tuvisteis la mala suerte de ser los bisnietos del que me arrebató las ganas de vivir. Así que adelante seguía mi plan, y llegamos a hace unos tres meses. Tu hermano Víctor no paraba de pedirme que fuera «su maestra», como siempre y, dado que su cumpleaños estaba al caer, acepté, con una condición: que me acompañara a tomar un tecito en mi casa. Ya imaginarás la carita que se le puso cuando…
—¡Un momento! —saltó Alicia—. ¡Me dijiste que era la primera vez que…!
—¿… Que dejaba a alguien entrar en casa? —rio la bruja, meneando su mano—. Alicia, cariño, una traición sin su buena sarta de mentiras es como un cuento sin su final trágico. Van de la mano.
—¿¡Qué le hiciste!? —bramó, mirando entonces a Víctor—. ¿¡Qué te hizo!?
Él no contestó.
—Creo que eres muy pequeña para saber esas cosas. Además, toda buena cuentacuentos sabe que, para licuar las emociones de sus oyentes, vale menos revelar, que sugerir. —Se llevó el índice a los labios, con gesto repulsivo. Luego, se acercó, haciendo tremolar la ceniza con cada paso—. Lo único que debes saber es que, un día, tu hermano entró en la casa nº10 y, al salir, se llevó algo más consigo. Después de eso, sólo tuve que esperar a estas fechas, donde la noche y sus hijos recuperan lo que perdieron en batalla contra el día, et voilá, el misterioso secuestrador nocturno cobró vida. Y ahí debería haber terminado todo… pero el hambre de cien años no se sacia en tres noches, como entenderás. Es entonces cuando, por fin, entra nuestra heroína en escena.
Extendió sus brazos hacia ella, dándole pie para que empezara a hablar. Alicia no respondió, con sus pupilas perforándola aún. La bruja volvió a soltar la carcajada.
—¡Exacto, justo por eso! Tu hermano era amable, educado, sumiso… ¡Aburrido, un tiesto me habría dado más problemas para domarlo! Sin duda, una conclusión anticlimática para tanta parafernalia. Sin embargo, tú… Tú me miras a los ojos. Tú tienes a un ser todopoderoso frente a ti, ¡un incendio que podría tragarte en milésimas de segundo! ¡Y aun así, barbilla arriba! ¡Mirada implacable! ¡Esperanza de vivir! ¡La presa que tanto ansiaba! —Rio de locura, alzando la vista al cielo. Cuando hubo terminado, bajó los brazos, colocándose el mandil con calma—. Fue una suerte que te conociera tan bien. Porque, además de ver tu potencial, vi con total claridad tu mayor debilidad. Se trata de… ¿Sabes qué? Me la vas a decir tú. Al fin y al cabo, llevo repitiéndotelo todo el día.
La niña abrió los ojos, tanto que casi se le cayeron al polvo.
—Escuchar.
—¡Y tenemos ganadora! —Chasqueó los dedos, haciendo que la masa de fuego crepitara, con un ruido que simuló a la perfección el aplauso de un público entregado. Otro chasquido los silenció al instante—. Ni más ni menos, Alicia. Aquello que te hace imparable, también hace que no puedas parar, ni ver más allá. «¡Tengo que salvar a mi abuela!», te decías una y otra vez, mientras, a tu alrededor, el mundo (es decir, una servidora) te chillaba en los oídos lo que estaba ocurriendo. «¡Mi hermano no es un monstruo!», te gritabas una y otra vez, porque si Víctor es el culpable, ¿cómo vas a cumplir tu promesa de salvarlo? ¿De quién vas a salvarlo? —Sonrió, entornando los ojos—. Y, por último, entras por primera vez a casa de tu vecina la rara, te dice que es una bruja y que tiene la solución. ¡Te pide sangre de tu abuela muerta! Y tú vas y la traes, porque es la única forma de salvar a tu hermano, de salvar a tu abuela y de salvarte a ti. Porque eres incapaz de escuchar, cuando la vida se escapa de tu control.
—No… No es mi culpa, tú me dijiste…
—¡Claro que lo es, estúpida! —exclamó, con una inesperada ira—. Yo sólo estaba haciendo lo que debía: ¡vengarme de los malnacidos que me quitaron lo que más quería! Esa era mi misión, al igual que la tuya era descubrir qué estaba pasando y salvar a los que más querías. La diferencia es que yo lo tenía claro, mientras que tú te dejabas manosear por cada clavo ardiendo que ponía en tu camino. Tendré que darle las gracias a Alice, después de todo. Forjó a la perfecta guerrera de acción, tan perfecta, que no concibe el no actuar. Que si algo se escapa de sus manos, es capaz de cortárselas. ¡Gracias, Alice, querida, por este regalo!
El fuego ondeó a su espalda.
—¿Y qué vas a hacer conmigo…? —preguntó, sus corneas titilando.
—¡Justo hemos llegado a eso! Una vez eliminados cada uno de tus repugnantes parientes, poco me queda por hacer en este pueblo. Pero antes, el Grand Finale. Víctor ha perdido toda utilidad para mí. Su lobo ha cumplido su objetivo, que era traerte a mi lado, bajo esta luna llena. —Levantó un índice en dirección a la esfera blanca sobre ellos—. Esta noche sin estrellas es testigo de mi último ritual: trasmigrar el lobo del cuerpo inservible al deseado. Hacer mío el resto de la sangre maldita, ¡mío, para hacer con él lo que me venga en gana! ¡Para siempre y por siempre! ¡Jijijijiji! ¡Jajajajaja! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!!
El infierno rompió a reír con ella, levantándose hasta incendiar el cielo. Llamas amarillas trepidando en la oscuridad, soldados de plumas anaranjadas cortando las yugulares del firmamento.
Una vez más, como un director de orquesta, su silencio fue el del fuego. Se quedó observando a los hermanos, tomando aire y expulsándolo con violencia.
—No… ¡No te dejaré! —rugió, mostrándole a su hermano—. ¡Tendrás que matarnos, si no te mato yo antes! ¡Además, él ya está curado! ¡La poción que tú…! —La frase se le atascó en la tráquea—. Que tú…
La bruja se quedó un momento en silencio. Luego, sonrió con una seguridad apabullante, que envió un escalofrío a la nuca de Alicia.
—Ay, Alicia, Alicia… De nuevo, con ese incorregible defecto. ¿Es que no vas a aprender nunca? —Negó con el dedo—. Tu hermano lleva ocho minutos muerto.
Según escuchaba esas palabras, el foco que apuntaba a la bruja se expandió. Y con él, el frío que su tacto se había negado a percibir hasta entonces. Provenía de Víctor.
Los brazos de Alicia perdieron su fuerza. Suspendido en el tiempo, el cadáver se precipitó en seis eternidades al suelo rojizo. Sus brazos, rígidos; su pecho, inmóvil. Sus ojos, ciegos. Su cuerpo perdía su color, manchándose de un gris inerte que le nacía del estómago y las mejillas, hasta extenderse como topos imborrables. La tierra lo recibió, tiritando al tocar su piel como el hielo. Su corazón no latía, así que el de su hermana latió por los dos. Doloroso, punzante. Enviando sangre y más sangre, como si vivir de más supliera la vida que ya no existía. Alicia se quedó ahí, contemplando la cosa. Generosa dio una palmada, que no la hizo reaccionar.
—Sí, una pérdida terrible. Lloraría, si no me hubiera quedado sin lágrimas —comentó, agachándose para verlo mejor—. Disculpa si no te dejo con tu dolor, pero me corre prisa terminar con esto antes de que amanezca. Gabi.
La chica se levantó como un muñeco de trapo reanimado por su marionetista, pies primero y cuerpo después, y en un ápice, se colocó tras Alicia, tomándola de los brazos y colocándolos en cruz. Ella no se resistió. Tan sólo su mirada seguía viva en su cáscara, aún enfrentando al vasto océano verde.
—Hoy a las doce de la noche, le diste la pócima a Víctor. Dados los hechos, habrás entendido que no era una poción para retirar maldiciones molestas, sino un veneno muy potente. Poción de muerte, la llamo, porque es justo lo que otorga: una rápida e indolora. De esa forma, la transmigración queda completa, y el alma del lobo se introduce en la persona que administra dicho brebaje. Una lista de instrucciones molesta, sólo por no poder controlaros directamente. El caso es que ha sido todo un éxito. Si no, mírate.
Sacó del bolsillo de su delantal un pequeño espejito, y se lo colocó por delante. A la persona que habitaba el cuerpo de Alicia le pareció entrever unos ojos azules que la miraban desde el reflejo. Azules como el zafiro, como el acónito. Sobre ellos, ya no había mechones de pardo juguetón. Tan sólo blanco nieve cubriendo su cabeza, su cara y sus labios. La niña tampoco reaccionó ante esto. El color de su pelo era una idea que quedaba muy lejos de donde su sinrazón vagaba.
—Es una mutación inesperada, no te mentiré, pero irrelevante para lo que nos atañe. Dicho esto… —Se guardó el espejo, y en la misma moción extrajo un botecito idéntico al que Alicia recibió de manos de su nieta. Esta vez, su contenido era verde. Del color de sus ojos—. Ésta de aquí es la melliza de la otra, al tiempo que su completa opuesta. Poción de vida. La única medicina capaz de resucitar a los muertos.
Alicia tosió. Una luciérnaga recorrió el averno.
—Por favor… —Se escuchó decir—. Dásela… Dásela a Víctor… Por favor…
—Sí, podría hacerlo. —Se plantó frente a ella—. Pero no quiero.
Gabi le dio un rodillazo en la rabadilla, haciendo que abriera la boca. En su lengua, percibió una sensación dulce y amarga. Un pensamiento en estado líquido que le quemó con cariño el esófago, que reverdeció su estómago con vegetaciones imposibles. Fue embargada por la felicidad de lograr el todo, tan catártica como fugaz.
—Una panacea sin igual en todo el mundo, el elixir de la resurrección… —canturreó la bruja, temblando de éxtasis—. ¿Pero qué pasaría si una persona viva la consume…?
Tras lograr el todo, no queda nada que alcanzar. Tras beber la Poción de Vida, la sombra de la muerte se separó de Alicia, para siempre.
—Yo… Ya no siento… Nada…
—Ni deberías. Por toda la eternidad. —La bruja dejó escapar un suspiro—. ¿Sabes qué? Por mucho que tuviera todos los cabos atados, siempre tuve el recelo de que se me escaparía algo. Que no te conocería lo suficiente, que habrías ocultado alguna faceta tuya, algo que sólo tú supieras. Eso es lo que más feliz me hace: he estado a la altura. Sólo yo podría haber dirigido tus pasos hasta este acantilado, frente a mí. Sólo yo pude entenderte tan bien, como para poder arruinarte la vida de la mejor forma posible. —Le tomó de la mejilla—. Hay algo en lo que no te he mentido: te adoro. No pensé que llegaría a querer tanto a una criatura inglesa, sin dejar, sin embargo de odiarte cada segundo. Estos catorce años, me has demostrado lo valiente, lo capaz, lo precisa, lo adorable que puedes llegar a ser. Y por la misma razón, no te soporto. Odio amarte, pero ¡ay!, cuánto amo odiarte. —Sus dientes salivaban—. Por ello, esta resolución es sin duda la más feliz que se me podría ocurrir.
—¿Qué… vas a hacer…?
—¡Oh, eso es lo mejor! —La acarició con su huesudo índice—. Ahora que no puedes morir, te convertiré en mi juguete favorito. Te romperé y te volveré a arreglar, para luego volver a romperte. Te haré sufrir tormentos terribles, que sólo se detendrán cuando veas mi cara. Desapareceré y te dejaré libre unos años, pensarás que por fin el tormento ha acabado, para entonces, en tu punto álgido de felicidad, hacerte matar a todos aquellos necios que creyeron poder quererte como yo. Y vuelta a empezar. —La pellizcó, su sonrisa abriéndose hasta más allá de la cara—. Y con esto, Alicia, llegamos al final. Se acabó. Ahora, llora.
Una furtiva gota se asomó del lagrimal de Alicia. Tanto tiempo atrincherada, que más que agua, parecía aceite deslizándose por su piel. Al valor de ésta se sumaron dos, luego cuatro, hasta que se hizo incontable el reguero que manaba de sus ojos de laguna. No hipaba, ni producía sonido alguno. Un cuadro detenido en el tiempo. Una emoción que, de estar seca, no se habría pronunciado en el mundo.
La bruja permitió aquello. ¿Un capricho? ¿Una convención narrativa? ¿Piedad? Quizá ninguna de esas tres pero, por un instante, Generosa pudo comprender el llanto. La desgracia de haberlo perdido todo la saludaba con tristeza, con reconocimiento. Su sonrisa aminoró.
Para luego regresar. La sombra era ya demasiado larga, el sol no saldría. La bruja hizo un gesto rápido con el índice, que provocó una fuerte brisa que secó al instante las lágrimas de su juguete.
—Ya, ya, suficiente. No tenemos toda la noche. —Entonces, su cuello se hinchó como el de un sapo. Al hablar, regresó esa voz de ventolera, ese tono que haría caer a un gigante de su trono—. El lobo se despierta.
Al aullar Alicia, un potente fogonazo blanco iluminó el mirador sobre la corta. La gemela de Luna en lo alto. Alicia creció en tamaño, así como sus extremidades y cabello de nieve, que se extendió por todo su cuerpo. Sus labios finos se extendieron, y crujiendo como huesos rotos, se alargaron hasta conformar un hocico lupino, que pronto sirvió de hogar a decenas de dientes afilados. Sus brazos se alargaron, aumentando su musculatura, y sus manos se vieron transformadas en garras como garfios. Un rabo largo y peludo emergió de su cóccix, al tiempo que sus rodillas se invertían, con más masa muscular rodeando los huesos recién creados. Sólo sus ojos permanecieron casi inalterados. Azules, inmensos, inabarcables. Se cruzaron con los de la bruja, que la observaba con admiración. Como una niña con una nueva mascota con la que jugar.
—Interesante, muy interesante. Tu transformación es casi el doble de grande que la del inútil de tu hermano —dijo, comprobándolo con un apretón en el brazo del lobo—. ¡Me ha tocado la lotería contigo, bonita! Pero basta de cháchara, es hora de probar este tinglado. Tu primer trabajo será exterminar a todos esos asquerosos pueblerinos, sin dejarte uno. Ya que decidieron establecerse en mis dominios, que paguen por pecadores también. —Meneó el dedo, haciendo que Gabi se interpusiera entre ambas. No había vida en su rostro—. Empezando por ésta de aquí. Incluso me está apeteciendo poseerla mientras lo haces. Me pica la curiosidad saber qué se siente al ser destrip…
No pudo terminar la frase. Unas zarpas blancas le oprimieron su calludo pescuezo. Levantando las cejas, clavó sus ojos verdes en los de su asaltante. Un par de despreciables pulgones tratando de nadar en un mar azul embravecido. Dos islas solitarias a merced de una marea que no se detenía. Dio una desesperada palmada, de la que brotaron varias chispas. Fue suficiente para liberarse, por el momento.
—No… No puede ser… —gañó, reptando por el suelo como una culebra recién nacida—. No deberías poder resistirte. ¡Nada escapa a mi control, niñata de las narices!
Se levantó con dificultad, agarrándose del títere que era su nieta, y tiró con brusquedad de su antebrazo para mirar el reloj que llevaba, clavándole sus uñas hasta hacerla sangrar.
—¿Ves? ¡Las doce y diez! ¡Justas! —graznaba a nadie sabía quién—. ¡Eso significa que le dio la pócima a las doce! ¡A la hora adecuada! ¡Yo gano! Entonces… ¿Por qué? ¿¡Por qué no puedo…!?
Dong. Dong. Dong. En la lejanía. Dong, dong, dong. Mezclándose con el murmullo de las hojas. Dong, dong, dong. Imperceptibles, pero innegables. Dong, dong, dong. Doce puntos finales.
—No… No… Pero el reloj… —Miró a lo alto. Deseando que alguien la escuchara—. ¿Cuándo? ¿¡Cuándo cambió la hora…!?
«La mejor amiga que podrías desear», decías, dulce Generosa. Ebria de tus fantasías, tesorera de ilusiones por ti manufacturadas. ¿Era ésta tu historia? ¿Quién lo había dictaminado, tú? Pobre, pobre, dulce, torpe, pueril Generosa. Alicia fue mil veces mejor amiga de lo que tú podrías haber llegado a ser. Y en tus últimos momentos, lo reconoces. Sabes por qué es ésta su historia, y no la tuya.
Ambas buscabais lo mismo. La diferencia es la razón por la que lo buscabais. Ella, para elevar. Tú, para destruir. Con una disparidad tal, ¿cómo pensabas si no que iba a terminar esto?
El Lobo Blanco enterró sus garras en el pecho de la Bruja. Sus cabellos blancos se mancharon de un verde oscuro, sucio, al tirar en direcciones opuestas. La Bruja entornó sus ojos verdes, riendo con locura. Ni su alma derramada podía callar su risa. Toda su tierra, socavada, hasta las raíces que cien años antes dejaron de beber de ella, la escucharon.
Y con esto, Bruja, llegamos al final. Se acabó.
—«Fue entonces que, al fin comprendió la dríada los llantos de los padres» —Recitó, mientras la savia refrescaba su cara. «Y… lloró».
Crac. Un chillido. Una se volvió dos. Y dos ardieron en llamas amarillas, hasta hacerse nada.
El pueblo despierta.
Lo primero que sintió Gabi fue una ola de dolor en cada articulación de su cuerpo. Lo segundo, una ceguera que iba retirándose muy poco a poco, y un intenso calor en su antebrazo izquierdo.
—¿Dónde…? —Su voz había regresado—. ¿Dónde estoy…? Ay… Es como si no hubiera dormido en… ¡Ah!
Sobre ella, había un horrible monstruo. Cada fibra suya le decía que debía tenerle miedo. Sin embargo, lo único que su corazón sentía era… fascinación. La bestia de pelaje blanco le puso su enorme zarpa en la cabeza. Podría haberla evitado, pero no quiso.
—¿Quién… eres…? —preguntó, sin dejar de temblar.
El monstruo parpadeó, privando al mundo del azul de sus ojos durante un instante. Entonces, abrió sus letales mandíbulas, mostrándole su colección de dientes.
No la atacó. En su lugar, las desplazó con cuidado. Su lengua adoptó torpes figuras, pero que fueron suficientes para que, entre los jadeos, se escuchara salir de su caverna las palabras:
—Myyy… deee… aaaarrrr…
Gabi la miró, pasmada.
—Eres… ¿Eres… Alicia?
El monstruo asintió con pesadez. De pronto, Gabi notó que la garra que tenía sobre su coronilla la apretaba cada vez más. Además, no era la única que temblaba. El monstruo blanco también vibraba, con sus músculos en tensión. Acercando el rostro de la joven al suyo, le susurró:
—Rrrrruuunnnnn… —Seis hilos de saliva goteaban entre sus caninos.
—¿Cómo que…? ¿Estás diciendo que corra? ¿Por qué? —inquirió—. ¡Quita, me haces daño! ¡Alicia!
—Rrrrrruuuunnnn… awww… ayyyyyyy…
Al fin, Gabi comprendió. No quería comprender.
—Alicia… ¿Qué vas a hacer?
El Lobo Blanco la lanzó al suelo, contenido por la otra con la que compartía alma. No… La orden había sido… Había sido… matarla a ella primero…
Pero la otra no le dejaría. Era justo lo que no pretendía hacer. Alicia avanzó en dirección al pueblo, aplastando la ceniza bajo sus patas traseras. Antes de perderse entre los árboles calcinados, se giró por última vez.
Gabi ya no veía al monstruo. Tan sólo estaba ella. Su mejor amiga.
«Qué dolor de cuello más tonto», pensaba el padre Rodrigo, que se había despertado en mitad de la noche. Era como si lo hubieran usado de toalla para el pelo. Bostezando, se dio un paseo por la parroquia. Rezó un poco ante la pequeña imagen del patrón del pueblo, pidiendo por la seguridad de todos aquellos desaparecidos durante las últimas noches.
—Tal vez debería ir mañana a hacerles una visita a los Esprín —dijo en voz alta, acostumbrado a su soledad. Nunca se le dio bien pronunciar el inglés—. Ver qué tal están, si hay noticias de Alís o… En fin…
Un grito desgarrador tras el portón le sacó de su soliloquio. El padre Rodrigo se acercó a toda prisa, no porque hubiera sonado alto, sino porque el propio grito había sido interrumpido de golpe y porrazo, como desvanecido a mitad de producirlo. Fue a tomar el pomo, pero cuando fue a abrirlo, algo le hizo detenerse.
Tof. Tof. Tof. Jadeos tras la madera.
—¿Hola? —musitó el cura, casi sin habla—. Es muy tarde para tanto jaleo, hijo. La gente necesita dorm…
Un destello blanco atravesó la puerta. Tras eso, no quedó más luz.
Victoria del Lobo Blanco. Fin del juego.