—Víctor…

—Qué…

—…

—… ¡Eh, vosotros sois monos! ¡Yo, soy sexy! …

La rasposa voz del perro amarillo, repetida hasta la saciedad en un ciclo constante de capítulos repuestos y re-repuestos, se dejó intercalar entre los conatos de vida que trataban de germinar en la aridez que quemaba el salón. Mientras el episodio continuaba, así lo hacían también los titubeos, los intentos de poner en palabras soplos sin forma, que apenas aterrizaban en el torno, se deshacían en charcos de arcilla de indiscernible profundidad.

Cómo comenzar a pintar la raya entre la confianza y el sentido, entre el amor y el horror. Qué pincel podría trazarla, qué mano tendría los suficientes pulso y determinación como para tomarlo y entender que temblar no significa odiar, y que si una mirada que siempre había encarnado dulzura, dupla de admiración y protección, ahora escondía sus pupilas en lo más profundo de sus iris de barro, no merecía fustiga. Quién podría comprender ese océano y los monstruos culpables de enfangar sus aguas.

Alicia, no.

Por ello, mejor mirar la tele. Ya en una nueva escena, el perro amarillo de dimensiones imposibles llevaba sobre su grupa al héroe, un chiquillo de voz chirriante, camiseta celeste y espada morroñosa. El héroe, en busca del malvado Picatripas, un malo muy malo que saqueaba el oro de poblados habitados por seres con rostros amables.

El perro giró su cuello, con rostro preocupado, hacia el niño, que no dejaba de sonreír por la expectativa de una nueva aventura.

—¿Y… si yo fuera el Picatripas? —preguntó de pronto.

El niño celeste abrió mucho los ojos (todo lo que le permitían los dos puntos dibujados que le servían como tales), sorprendido. A pesar de que, en las dos aldeas en las que habían estado, tanto sus huellas como su propio aspecto habían coincidido con los testimonios de sus aterrados habitantes, el chiquillo parecía no concebir semejante locura.

—Y… ¿Y si me dedico a robar oro mientras duermo? —insistió el perro amarillo, con aún más inseguridad en su voz.

—No puedes robar oro durmiendo. Yo te vigilo cuando duermes.

Ese pequeño momento de incómodo realismo, en el que ambos discuten sobre lo preocupante que sonaba esa frase, siempre había sacado una risa fácil a Víctor. Silencio.

—… Bueno, ¿entonces cuándo duermes?

—La justicia nunca duerme —declaró el niño celeste, sus pupilas empañadas por lágrimas de épica pasión.

Alicia exhaló, sin saber si lo que se acumulaba en su garganta era saliva, o algo completamente diferente.

—Seguro que habrá momentos en los que no me vigilas y… y… y yo… podría estar robando oro. Inconscientemente… —reiteró el perro amarillo una vez más, la culpa ascendiendo a cada vacilación de su voz.

El niño celeste, sin dudarlo un segundo, levantó la oreja de su compañero, que casi le superaba en tamaño, y gritó con todas sus fuerzas. Sin dudarlo ni un solo segundo.

—¡TÚ NO ERES EL PICATRIPAS!

Alicia cogió el mando y apagó el televisor. Donde antes había exceso de color, ya sólo quedó negro. Y, reflejado en esa negrura, dos hermanos. Mirando al frente, sin mirar a ningún sitio.

—¿Por qué lo apagas? —se escuchó a Víctor hablar.

—¿De dónde viniste anoche, Víctor?

El joven giró el cuello como si una única tuerca lo accionara.

—¿Cómo que anoche?

—Sí, anoche. ¿Qué hay que entender?

—Pero… es que no entiendo la pregunta.

—Te digo que no hay nada más que entender. Dónde estuviste, qué hiciste. Dímelo.

—¿Pero a qué viene esto ahora? —Alzó un poco la voz en desconcierto—. Acabamos de ver… eso, ¿y te quedas tan tranquila?

—No me lo pongas difícil, Víctor, te lo pido por favor. Esta vez, no.

—¿Cómo que esta vez? —Dejó caer la mano en el cojín del sofá.

Al ver a su hermana sobresaltarse por ello, se empequeñeció. Alicia controló su respiración.

—A ver… Te lo pregunto de otra forma: ¿qué recuerdas que hiciste anoche?

—Pero es que sigo sin entender a qué viene…

—Por favor.

Víctor arrugó el entrecejo. Alicia tomó nota de ese atisbo. Inservible.

—No me acuerdo…

—¿Cómo?

—¡Que no me…! Que no me acuerdo, digo. Es como si se hubiera borrado todo de aquí arriba —repitió, tamborileando en su coronilla.

La niña se pellizcó la frente.

—O sea, que no te acuerdas de nada… ¿Y cómo es eso?

—Cuando digo «nada»… ¿Qué hay que entender? —la remedó casi sin ganas.

—Estoy hablando en serio, Víctor. ¿No te resulta extraño que no tengas memoria de anoche?

—Igual de extraño que le des tanta importancia tú. ¿A dónde quieres llegar con todo esto?

—A que… sé que te fuiste después de que me durmiera. Y estoy preocupada porque podrías haber acabado… Ya sabes…

—Sí, lo sé perfectamente. Pero yo estoy bien, así que sigo sin entender por qué insistes tanto.

—Víctor, te lo pido de verdad, deja de ponérmelo difícil. ¿Qué hiciste anoche?

—¿Cómo quieres que te lo diga, si no me acuerdo? ¡Alicia, really! ¿Puedes decirme a qué viene este interrogatorio? ¡La abuela acaba de…!

El nudo de su garganta le prohibió seguir, contaminando sus palabras con dolorosas toses. Alicia quiso acercarse a ver si estaba bien, pero acabó por no hacerlo.

—Vale… Supongamos que no te acuerdas de nada…

—¿¡Cómo que… supongamos…!? —exclamó en los claros que la tos le permitía.

—Yo no te estoy gritando, Víctor. Bebe agua o algo, te vas a hacer daño.

Le hizo caso, y se acercó a la cocina a por un vaso. El tiempo que tardó fue suficiente para que la mente de la joven se revolviera unos cientos de veces más.

—Decía que… —prosiguió una vez su laringe le dio tregua—, que a qué viene eso de supongamos. ¿Es que no confías en mí?

—Quiero hacerlo, de verdad, pero no me lo estás…

—Poniendo fácil, sí —la interrumpió, cerrando los ojos—. Mira, perdona por gritarte antes, es que me estabas sacando de quicio. Y sí, es verdad que es muy raro que no recuerde nada, pero llegados a este punto, es lo menos horrible que podría haberme pasado. Aun así, lo que me faltaba es que no me creyeras. Sabes de sobra que de vez en cuando se me escapa alguna mentira, pero también sabes que no te engañaría con algo tan serio.

—¿Seguro?

—Alicia… —bufó, la desesperación trepando por su voz—. En serio, ¿qué tengo que hacer para que me creas? Dímelo, y lo haré. No quiero pelear, te juro que no quiero.

Alicia apretó sus delgados labios. El pecho le ardía. Las lágrimas nunca habían estado tan en el filo de romper su juramento. Las contuvo al fin. «Víctor, no me falles. No me falles, como yo no pienso fallarte, pase lo que pase».

—Habrá algún momento en el que tu memoria se detenga. Dime qué es lo último que recuerdas antes de que te quedaras en blanco.

—Mira que sigo pensando que esto…

—Víctor.

—Vale, vale, tranquila. —Se rindió al fin—. Veamos, recuerdo que ayer te fuiste a dormir antes de lo normal, ¿verdad? Creo que dijiste que te habías levantado temprano para yo qué sé de una tarea… En fin, tampoco te hice mucho caso. Por cierto, si quieres pararme en algún momento o estoy diciendo algo sin sentido… —La chica asintió, instándole con la barbilla a que continuara—. Pues eso, que después de que te fueras a dormir, estuve hablando con papá un rato. Me estuvo contando algunas cosas del caso de las desapariciones, como el estado en el que el secuestrador dejaba las escenas. También que todas las víctimas parecían estar dormidas en el momento del crimen y también que, a pesar de la violencia de sus crímenes, al día siguiente ningún vecino decía haber escuchado nada fuera de lo común. Y bueno, otras cosas más que, si no te importa, prefiero no seguir pensando ni diciendo.

»La cosa es que se me caía el techo encima. Una conversación así amargaría a cualquiera, y necesitaba que me diera un poco el aire. El caso es que papá me prohibió taxativamente que saliera, aunque por la ventana se podían escuchar chavales yendo y viniendo. Le pregunté que por qué debería tener miedo del secuestrador, si sólo ataca a personas dormidas e igualmente era viernes y habría gente de sobra en la calle. Entonces, él me soltó un «no» categórico de los suyos y cerró con llave. Intenté sonsacarle algo más, pero no todos somos Alicia Spring, así que ahí quedó la cosa.

—Entonces, ¿afirmas que no saliste en toda la noche de casa? —preguntó Alicia, mientras ponía en orden la información que acababa de recibir.

—No, no lo afirmo. Si me dejaras terminar… Y en serio, deja la lupa. Me estás haciendo sentir en el banquillo del acusado.

—Vale, pero sigue.

—Alicia… —resopló, resignado ante el juicio que emitían sus ojos. Chasqueó la lengua—. Mira, la cosa, y no se lo digas a papá, te lo pido de rodillas, es que esperé a que se durmiera, le cogí las llaves y me fui. Pensé que tardaría más, pero fue echar el cerrojo y ni cinco minutos pasaron hasta que se fue a su habitación y cerró la puerta. Después de esperar un poco, me colé, pillé las llaves del bolsillo de sus vaqueros y me piré…

—¿Y luego?

—¡Ya voy! Luego recuerdo estar… andando calle abajo… Pensando en el libro, para variar… Y hasta ahí.

—¿Ya está? ¿Ahí es donde acaba?

—Pues sí, Alicia, ahí. ¿Qué más quieres que te diga?

«Estás de puta broma. Tienes que estarlo, porque si no, me estás tratando como una imbécil. Y sabes perfectamente que seré muchas cosas, pero una imbécil no está en la lista».

—Vale… Vale, vale, vale… —Respiró hondo—. Entonces, sales de casa, ¿y nada más? ¿Cómo estaba la calle? ¿Te encontraste con alguien?

—En ese momento… —Miró a un lado, mordiéndose el labio—. No recuerdo que hubiera nadie. Caminé hacia la casa de Gabi y…

—¿Y…?

—Ya está, es que no puedo seguir más allá. Te lo prometo.

La joven se tiró de los extremos de la cara con ambas manos, acabando en el cuello.

—De acuerdo… ¿Y qué es lo siguiente que recuerdas?

—Despertarme por la mañana por los gritos de papá. Vi por la ventana a la gente agolparse y te desperté. Y ya sabes el resto, espero.

«Pero si es así… No, eso no tiene sentido».

—Entonces, no recuerdas lo qué pasó cuando llegaste… —murmuró para sí, pero lo suficientemente alto como para que su hermano pudiera oírla.

Víctor abrió los ojos.

—¿Tú sí?

—¿Cómo…?

—Por cómo lo has dicho, parece que tú si lo sabes.

Sus defensas no se levantaron a tiempo, ignorantes hasta el último instante del desliz que acababa de cometer.

—Yo… no he dicho eso en ningún momento.

—¡Y luego soy yo el difícil! —gritó, mirando al techo—. Has dicho «lo que pasó». O sea, que sabes que pasó algo. ¿Qué es lo que pasó, Alicia?

—Te digo que yo no he dicho…

—No lo has dicho, pero lo has dicho. ¡Ya me entiendes! —volvió a exclamar—. Mira, si tan importante es lo que me pasó anoche, y que no recuerde nada, con más razón deberías decirme lo que sepas. ¿Por qué me has ocultado…?

—¡Porque pensé que tú me lo estabas ocultando!

Sus miradas se cruzaron. Demasiados trazos, demasiados brochazos de demasiados colores se habían mezclado, dejando un lodo oscuro de intenciones indescifrables. Ninguno de los dos reconocía al otro, al tiempo que tampoco reconocían a la persona que se reflejaba en los ojos del contrario.

—¿Qué pasó anoche, Alicia? ¿Cómo llegué?

La niña no pudo más. No quería más engaños, tanto daba de quién viniesen. En apenas dos minutos, que se hicieron dos eternidades, describió con todo lujo de detalles el encuentro a oscuras: el golpe seco, las pisadas, el aliento tras la madera, la estatua sobre la colcha y, por último, los delirios de su hermano regresado. Obvió, no obstante, la mancha de sangre en su boca, quizá por no causarle más estupor, quizá por esconder esa información hasta de ella misma. Víctor la escuchaba sin cambiar la expresión, como atrapando toda emoción que el relato le atizara por respeto a quien relataba. Sin embargo, el temblor gradual de sus dedos, aprisionándose entre sí, lo delató.

Una vez ella hubo terminado, aquel síntoma se extendió hasta sus vías respiratorias. Su rostro se enrojeció, al tiempo que su respiración se tornó angustiosa. Alicia le acercó el vaso de nuevo, pero él lo rechazó de un manotazo. Llevándose la otra mano al pecho, trató, en principio sin éxito, de acompasar su aliento. Su hermana le dejó espacio, sabiendo que, cuando se ponía así, era mejor dejar que él recuperara el control por su cuenta. Durante el tiempo que lo observó, Alicia también batallaba contra la idea de que, desde el principio, su hermano tampoco hubiera sabido nada de lo que ocurrió la noche anterior. Se encontró, sin embargo, en ambos bandos de la refriega, ya que su decisión de sonsacarle… ¿El qué, una información subrepticia? ¿Una confesión de culpabilidad? Aquello que fuera, la había dispuesto en contra de sí misma. Ella quería a Víctor como a su vida. Entonces, ¿por qué su primera reacción había sido buscar al monstruo en él? ¿No debería haber negado toda evidencia, para así salvar a la imagen? ¿Había triunfado, al son de corneta, una verdad incompleta frente al amor, ciego, pero amor?

Víctor recobró el habla, aunque seguía temblando. Levantó la vista, asustada como la de un chiquillo perdido en la muchedumbre.

—Yo… No recuerdo nada de eso, Alicia. ¿Y dices que me quedé mirándote, mientras tú estabas bajo la manta?

—Sí… —respondió, eligiendo con cuidado sus palabras—. Unos minutos, hasta que te reduje por las rodillas y te salté encima.

—Menos mal que eres la fuerte de los dos —sonrió, si el torpe meandro que dibujaron sus labios podía considerarse sonrisa.

—Sí, menos mal…

Una brisa entró desde la ventana.

—Alicia… —dijo, una vez se marchó—. Estoy pensando… ¿Y si yo…?

—¿Si tú, qué? —preguntó con voz trémula la niña.

—Ya sabes a que me refiero.

—¡No! No, no digas eso, no…

—Pero es que tiene sentido… —Se acercó a ella, el preocupante bermejo subiendo de nuevo a sus mejillas—. En el vídeo del ordenador… Seamos francos, se ve como el monstruo mata a la abuela. Pero antes, se queda mirándola un rato…

—Víctor, por favor…

—Justo como tú dijiste que yo… O lo que era yo…

—¡Víctor, que no!

—Alicia, en serio, sabes que se me escapan muchas cosas, pero hasta un tonto llegaría a esa conclusión. —Se acercó aún más, con las pupilas dilatadas—. A lo mejor, mientras duermo, yo…

—Eso no es verdad —afirmó, con una rotundidad sin peso que la sostuviera—. Yo… te habría escuchado. No puedes irte de la habitación sin que yo me entere, ¿no?

¿No?

—Pero la realidad es que sí… Quiero decir, aparte de la abuela, ya ha habido dos desapariciones más. Aunque esta vez te haya despertado, las otras me fui a dormir al mismo tiempo que tú. Y aun así…

—¡Pero eso demostraría que no eres…!

—O que tú no te despertaste en esas ocasiones. Alicia, de verdad… —La agarró del brazo, transmitiéndole su agitación—. Por favor, háblame con sinceridad. Si ayer salí de casa, y luego regreso haciendo esos ruidos, quedándome encima de ti mientras tú estás tapada, como durmiendo… Y si encima no recuerdo nada de lo ocurrido… ¿Qué? ¿¡Qué!?

—Víctor… Suéltame, por favor…

—¡No, déjate de «Víctor»! —exclamó suplicante, perdido en convulsiones. Cada palabra que decía venía acompañada de un jadeo incontrolable—. ¿O te crees que no me he dado cuenta de que, cada vez que me acerco, te alejas? ¿O de cómo has intentado que no me entere de lo de anoche? ¡O de cómo me has preguntado una, y otra, y otra vez que si sabía algo, como si yo fuera el mentiroso aquí! Alicia… No sé qué creer, no quiero tener que creer, pero necesito creerte. Así que, por favor, respóndeme, de verdad. ¿De dónde vine anoche?

—¡TÚ NO ERES EL MONSTRUO!

El estridente chillido de Alicia retumbó por toda la casa. A pesar de la altura de su tono, se sintió como un sismo desde sus paredes hasta el techo. Se había desasido con violencia de Víctor, y ahora le vigilaba desde la otra punta del sofá, aferrándose con ambas manos a su lateral con el corazón acelerado. Víctor se quedó con la boca semiabierta, desplazando la vista de sus manos a ella, y de nuevo a sus manos.

—Yo… Lo siento, perdóname, no quería…

—No eres el monstruo… No lo eres —le interrumpió. Se había incorporado, y el temor que antes transmitía su semblante parecía haberse difuminado en un parpadeo.

Víctor se levantó a su vez, apenas capaz de sostenerle la mirada. Los efectos del ataque anterior le estaban pasando factura, y sólo el incorporarse había sido un esfuerzo más que desbordante.

—Alicia, escúchame. Si tan sólo…

—No, escúchame tú a mí. —Volvió a imponerse. No tenía oídos, sólo frases que comunicar—. ¿Quieres saber por qué no eres el hombre lobo? Porque eres mi hermano. Te conozco, y sé que serías incapaz de hacer algo así. Eso es prueba suficiente para demostrarme que no eres un monstruo.

—Pero entonces… ¿Por qué anoche yo…?

—Eso es lo que pienso averiguar. —Rezumaba voluntad, demasiada—. Aunque tenga que poner patas arriba la casa de Gran-Gran, colarme en la comisaría o levantar hasta el último gramo de tierra de este pueblo, te juro por mi vida que encontraré al auténtico asesino. Alguien está tratando de incriminarte, y por Dios te juro que se lo haré pagar.

El joven la cogió de los hombros, más usándola para sostenerse que con intención de retenerla.

—Alicia… Hermana, por favor, escúchame. —Su cuerpo entero parecía a punto de quebrarse—. Sabes que siempre te he agradecido que te preocupes por mí. A saber la de veces que me has salvado en el colegio, o me has ayudado a sentirme mejor conmigo mismo. Aún ni sé hacerme el nudo de la corbata, porque sé que tú estarás ahí para colocármela como una modista. —Sonrió, sus pestañas desfalleciendo—. Por favor, esta vez hazme caso y déjalo estar. Cuando venga papá, le enseñaremos el vídeo y, si es necesario…

La niña inspiró, aterrada al darse cuenta de a lo que se refería. Su hermano la detuvo con un suave apretón.

—No, no digo eso… Pero algo habrá que hacer, digo yo. No sé, encerrarme, al menos hasta que se descubra qué me pasa y por qué… yo he…

Parecía haber recordado las implicaciones de lo que estaba afirmando, y casi se ahogó con lo que subía por su esófago. Alicia le sentó, colocándole boca arriba. Entonces, le ordenó que cerrara los ojos.

—Tan sólo dame hasta esta noche —le susurró en el oído, abrazándolo desde el hombro—. Aunque fuera verdad, que no lo es, el monstruo sólo ataca después de ponerse el sol. Si a la hora de la cena no descubro nada, haremos como dices, te lo prometo. Descansa, y déjalo en mis manos. Yo te salvaré, te lo juro.

Por mucho que el joven quisiera replicar, sus mareos acabaron por disolverle las nociones. Alicia corrió a por una de sus pastillas, la tranquilizante de acción corta. Después de dársela a beber con el resto del vaso, le ayudó a llegar a su habitación, donde le quitó los zapatos y lo dejó tumbado boca arriba. En circunstancias normales, verlo acostado con la ropa de calle la hubiera puesto de los nervios, pero en un extremo como aquel, podría pasarlo por alto. Le cerró la puerta con cuidado, mientras lo escuchaba balbucear palabras ininteligibles.

A paso ligero, se dirigió a la salida. Lo primero que haría sería inspeccionar hasta la última viruta de madera que hubiera tocado el licántropo. Seguro que habría dejado alguna huella, algún indicio que revelara a dónde se llevaba a sus víctimas. Los otros dos estarían ya secos, pero su abuela no podría haber desaparecido del todo. Una vez hecho eso, sólo quedaba llamar a su padre, y que investigaran allí directamente. Seguro que, entonces, no tardarían en encontrar al verdadero culpable. Debía darse prisa, el sol llevaba ya tiempo anaranjado, pero lo lograría. Pensándolo bien, su misión en ese momento no era descubrir quién lo hizo, sino demostrar que su hermano era inocente. Al pueblo, a su padre, a él mismo y…

No, a ella no. Ella lo tenía claro. Nunca había tenido ella algo tan claro en toda su vida. Ruborizada, se recordó un rato antes asustada por unos estúpidos dibujos animados. ¿Cómo terminaba El Picatripas, de todas formas? ¿No era que el perro era inocente, y el auténtico monstruo, un personaje secundario que ni siquiera se había presentado hasta ese momento? Rio, mirando al techo. Vaya giro más absurdo.

Un delgado cable llamó su atención. Una telaraña negra que colgaba sobre la puerta principal, que bajaba como una culebra hasta un enchufe sobre el zócalo desgastado. Toda esa maraña, para alimentar un pequeño artefacto que reconoció al instante. Un trueno estalló a su alrededor, al hacerse añicos al unísono su máscara, su voluntad y su mundo entero.

Una cámara de vigilancia.

En ese preciso instante, Alicia se dio la vuelta. Quien fuera que llevara el mando de sus decisiones, no respondía ante ella. Caminando paso tras paso, ritmo funesto, los movimientos de sus piernas le llevaron de vuelta al estudio, oscuro como un pozo e iluminado únicamente por la pantalla del ordenador. La luz de un pez abisal.

Sin sentarse, su mano tomó el ratón y describió una línea recta hasta la carpeta Recordings. Había dos vídeos. Claro, uno por cámara. Alicia no cambió su expresión, y con un simple clic, abrió el segundo. Después, avanzó la grabación a las tres de la mañana. No había lugar para ruegos ni súplicas. O era, o no era. Se acabaron los grises y los recelos.

Si deseas matarme, no tengas escrúpulos.

En los altavoces se oyó un golpe familiar. Seco, como un trozo de carne cayendo sobre la tabla. Unos pasos familiares. Tof, tof, tof. Unos jadeos familiares. Burbujeantes, como si un manojo de garfios acariciase su tímpano, desgarrándolo con ternura.

Al fin, apareció. El hombre lobo, avanzando imparable, garras colgando y ojos de repugnante ámbar. Tan horrible como lo recordaría desde que lo vio por primera vez, con el cuerpo de Alice pendulando entre sus colmillos.

En la comisura de sus agrietados y oscuros labios, caía un riachuelo de sangre, un llanto escarlata. Encharcando de rojo piel y pelo a su paso.

La niña se quedó mirando unos segundos la imagen paralizada. Luego, tiró del enchufe del ordenador.

Cuando todo se apagó y la engulleron las tinieblas, Alicia gritó.

por Spring

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