Izquierda. Nadie. Derecha. Un par de jóvenes con demasiado tiempo libre. Alicia puso un pie en la calurosa calle. A pesar de ser ya las seis, le hubiera bastado disponer varias chuletas en el suelo para montar una barbacoa. Echando de menos un pañuelo como el de su padre, tuvo que conformarse con el dorso de la mano para limpiarse el chispeo que comenzaba a germinar en su frente. Se había puesto lo primero que había encontrado: un pantalón vaquero corto y una camiseta blanca, con las sandalias que llevaba usando desde hacía dos años. No tenía tiempo de pensar en estilismos, con la tarea que se le venía encima.
Esperó a que los chavales pasaran de largo, y se dirigió a pasos amplios hacia la casa de su abuela. Tuvo cuidado en no pisar demasiado fuerte, no fuera que alguien la escuchara. Una parte de ella le decía que tanta cautela la hacía más sospechosa, pero la decisión de andar como si fuera a robar un banco en el Viejo Oeste ya estaba tomada. Según pasaba por la puerta de Generosa, observó que estaba cerrada. «Mucho descuida, y después mira», masculló entre mentes, mientras la dejaba atrás. Una vez fuera, no iba a esperarla y arriesgarse a que su padre la viera tostarse al sol sin motivo. En cuanto a Víctor, no tenía que preocuparse. Después de almorzar en su casa —ocasión extraña, ya que llevaban haciéndolo donde Alice desde que ella tenía uso de memoria—, dijo que se encontraba mal y se fue a su habitación, en la otra punta de la casa. La desaparición le había afectado de veras, así que, a pesar de que quería hablar con él sobre lo de la noche anterior, prefirió dejarle descansar. Ya habría tiempo de aclarar las cosas. Lo primero era lo primero: inspeccionar esa casa y averiguar qué ocurrió.
Según se acercaba al acordonamiento, recordó las últimas palabras de Alice, según los últimos tonos violetas abandonaban el cielo. Después de su protocolario beso en la coronilla, le dijo lo de siempre: «Hasta mañana, si Dios quiere, my dear». Acostumbraba la matriarca a malabarear con los dos idiomas. Era toda ella un espejo bisecado entre la dulzura seca, el orgullo agudo de sus padres, y la voz afilada, el pío candor de su marido, que en paz descanse, y los que la sucedieron.
Muchos en el pueblo veían a los Spring como poco menos que un vestigio de una plaga que se resistía a renunciar a su huésped. Esto se debía a que ni se planteaban conocerlos, y menos entablar relación alguna con ninguno de sus miembros. La invasión anglosajona, como los más resentidos la llamaban, ya databa de más de un siglo, pero aún quedaban restos del puño de hierro en forma de pequeñas lascas metálicas, que aún no se habían retirado de la conciencia colectiva. Desde vecinos que se vieron, de un día para otro, trabajando a metros y metros bajo tierra, para gente que ni se molestó en aprender su lengua, hasta familias enteras que murieron durante una marcha pacífica que buscaba mejorar las condiciones ya no económicas, sino de salud de los habitantes del pueblo, acogotados por los humos producidos por la actividad minera, así como la tala indiscriminada de hectáreas y hectáreas de encinas para dejar lugar a la maquinaria que ennegrecía sus pulmones. Por mucho que sólo los hijos de estas víctimas poblaban esas calles, cada vez más vacías, el rencor se había traspasado por sangre, carne y hueso. Un rencor insensible, autosuficiente. Un rencor que sólo persistía como respuesta obtusa hacia la mera existencia de los Spring en la calle Número 4. Como si por respirar su mismo aire, pisar su mismo asfalto o quemarse con su mismo sol, se burlaran de un sufrimiento que ni ellos causaron, ni los otros padecían.
Quizá fue por eso por lo que los hermanos nunca hicieron buenas migas en el colegio e instituto. Pese a que el cinismo precoz de ella y los mundos de yupi de él hubieran aportado en ese sentido, lo cierto es que siempre sintieron miradas de rechazo por parte de sus compañeros. Eso no hizo sino reforzar su relación, haciendo que ambos fueran demasiado cercanos como para que nadie estimara la idea de entrometerse en aquel dúo tan suigéneris. Con el tiempo, Alicia y Víctor llegaron a la conclusión de que no merecía la pena esforzarse en pescar amigos, y separaron lo académico de lo personal por completo. Durante la mañana, se va a ese edificio a estudiar. Por la tarde, la calle y las dos casas eran todo lo que necesitaban. Además, para qué querrían mil amigos, si tenían a Gabi.
Desde que su abuela se mudó a la casa entre las suyas, las dos niñas conectaron al instante, no tanto por su parecido, sino por lo diferentes que eran. Su padre le había contado que su madre, cuya cara apenas podía recordar sin fotos, decía que Alicia y Gabi eran como una gata y una perra. Pero que, en lugar de aborrecer lo que les hacía distintas, desde pequeñas se podía ver la profunda admiración que sentían la una, por lo que la otra poseía. Alicia rompía a reír, algo nada propio en ella, cuando Gabi se pasaba horas y horas poniéndole caras raras, o le enseñaba un nuevo baile que se había inventado minutos antes, o incluso tan sólo escuchándola poner voces extrañas. Gabi, por su parte, sólo dejaba de llorar al hacerse daño jugando, cuando la revieja de la pequeña Spring le daba un sermón de los suyos de por qué el suelo no merecía que derramara sus lágrimas sobre él —de nuevo, facsímil no sólo en nombre de su abuela—. Eran, según sus palabras exactas, «la mejor demostración de que el sol y la luna pueden compartir un mismo cielo». Catherine era un tesoro, uno que se perdió demasiado pronto.
Un atisbo de tiritera se dejó sentir en sus labios, mientras apartaba la cinta y se agachaba. Por fin, entró al salón, conectado directamente con la calle. Lo que vio le hizo llevarse las manos a la boca.
La caída del Coloso de Rodas. El recuerdo del cálido hogar de Alice Spring suplicaba, no quería desaparecer. Superponiéndose como una piedad mágica a la horrenda verdad, acabó por expirar, no pudiendo defender por más tiempo a Alicia de lo inevitablemente real. Todos los muebles estaban destrozados, golpeados sin orden ni concierto, reducidos en su mayoría a astillas peladas. La mesa del abuelo Román, de remates dorados y el escondite favorito de Víctor, partido en cuatro trozos desiguales. En mil y un más, el espejo, que ayer dominaba la pared izquierda, y dejaba sus desconchones al vergonzoso descubierto. La butaca, el sofá… destripados de relleno marrón hecho trizas. La televisión en el suelo, boca abajo. El piano, desdentado, con más mellas que teclas. Era como si, quien fuera el bastardo que había osado a secuestrar a Alice, hubiera tenido como misión destruir todo aquello que significara ella. Un secuestrador de nombres y recuerdos. Un monstruo de violencia absoluta.
—Se han ensañado, pero bien, ¿eh?
La voz era la de Gabi, pero eso no hizo que la chica hubiera estado a medio pelo del colapso nervioso. Miró en la dirección de la que provenía. Bajando la escalera que llevaba al desván, su «amiga» descendía con parsimonia, casi amasando el pasamanos. Parecía que lo hacía a propósito.
—Yo te juro que te mato. Te mato y te entierro en el bosque —gruñó, haciendo horribles esfuerzos por no gritar.
Gabi no pareció darle importancia a la amenaza. En su lugar, terminó de bajar y le plantó su reloj de pulsera, de un verde grisáceo, en la cara.
—Señora asesina, a ver si venimos a la hora, ¿eh? Que me puedo quedar a dormir aquí, y no vienes.
—¿Pero tú a qué hora llegaste? —preguntó, una vez fue capaz de dejar ir el susto de muerte de momentos antes.
—¡A las seis, chata! —respondió, dando toques con el índice sobre el vidrio, con fingida impaciencia—. ¡Ni un segundo más, ni uno menos! Y luego yo soy la escurrida…
Alicia suspiró, incrédula un segundo y exasperada al siguiente, al recordar con quién estaba lidiando.
—Gabriela Carrasco —dijo su nombre en mitad de un largo suspiro—. ¿Recuerdas eso que me dijiste hace dos meses, lo de que siempre llegabas tarde a todo?
—¡Ajá!
—¿Y que ibas a adelantarlo cinco minutos, para no llegar tarde a todo?
—¿Ajá?
—¿Y cómo estuviste cacareando durante horas sobre lo genial que eras por haber tenido una idea tan maravillosa y revolucionaria?
—¿Ajá…?
—¿Y qué acaba de pasar, my dear?
—Ajá.
Gabi sacó la lengua, en una búsqueda fútil de compasión por parte de su amiga. Ella respondió con un sonoro capón en la nuca. Hizo caso omiso de su quejido, e intentó recomponerse del doble jab que había recibido. Una vez se hubo sacudido el mareo, se concentró en su objetivo.
—Entonces, llevas aquí más de cinco minutos… ¿Has encontrado algo, al menos?
—Poco más de lo que ya has visto —contestó, aún masajeándose el punto de impacto—. La habitación de la abu está tal cual imaginas: la cama hundida y con las mismas marcas que el sofá. —Hizo un gesto de desgarro en el aire con sus uñas—. Aun así, tampoco es que me haya fijado muchísimo, estaba esperando a que llegaras para eso. Se te da mejor.
Alicia asintió. Se dirigió, esquivando como podía las ruinas de madera y los innumerables libros que habían sido arrancados de sus estanterías como malas hierbas, sin pudor ni respeto. Llegó al final del salón y giró a mano derecha, entrando en el dormitorio de su abuela. Lo encontró tal y como Gabi había mencionado. También los armarios estaban mancillados, con camisones y vestidos de colores sobrios —desde la desaparición de su padre, tanto su madre como ella habían desterrado lo vivo de sus tejidos— desperdigados por toda la somera estancia, ocupada en su mayoría por una cama de matrimonio sobre la que parecía que había caído un meteoro. En el cráter, el pequeño crucifijo que había coronado el viejo cabecero de roble yacía incrustado, con una de las astas quebradas. Alicia se estiró para cogerlo. Nunca había sido creyente, y en el fondo sabía que su uso pertinaz del «Bloody hell» siempre fue desagradable para Alice (por mucho que ella misma lo mascullara ante el menor inconveniente). Después de limpiarlo con vaho y su camiseta como trapo, lo volvió a colocar donde debía estar.
Volvió a asomarse, ya que había notado algo más. Lo atrapó entre sus dedos, y lo observó de cerca. Al tacto, era fibroso, áspero. También grasiento, como untado en aceite reseco. Intentó encontrarle un sentido a esa maraña parduzca y gris que le causaba urticaria entre las falanges. Gabi se acercó a mirar también.
—¿Eso no es pelo de perro? —dijo, tomando uno de los hilos cobrizos entre su pulgar y su índice—. Quiero decir, ni me compares cómo se siente, pero digo la forma. No sé si estoy diciendo una tontería…
—No, no creo que la estés diciendo. Tiene toda la pinta de que es pelo. No sé si de perro, pero pelo es. Sin embargo…
Seguía dándole vueltas al manojo, cuando por el reojo se dio cuenta de que, a sus pies, había más como ese. Como un hormiguero imperceptible hasta que no se ha visto al menos tres de sus soldados, de pronto no había baldosa que no estuviera cubierta de esos diminutos alambres. Se agachó para comprobar que, efectivamente, eran la misma sustancia. ¿Qué había pasado allí? ¿Había entrado el secuestrador con un perro? ¿O quizá…? El sonido de un jadeo en la oscuridad atenazó su juicio. No sería… No podría ser… Líneas que no podía detener iban uniendo puntos negros como el abismo. Pero eso era imposible. ¿Era imposible…?
Las cintas al exterior crujieron al ser apartadas. Venía alguien.
Alicia se aferró a Gabi y tiró de ella hacia el hueco entre la puerta y la pared. Entonces, la empujó con suavidad, intentando entornarla lo más posible. A lo mejor así el intruso no entraría. Por desgracia, el ruido que hicieron al esconderse causó el efecto contrario. Los pasos avanzaron hacia el dormitorio con decisión y, en un movimiento, la puerta se abrió, a meros milímetros de partirle la nariz a Gabi, que no chilló porque su amiga se había encargado de taparle la boca.
—¿Hay alguien ahí? —Se escuchó una voz que trataba de contener demasiado valor en tan superficial recipiente—. ¿Abuela?
No había duda de que era Víctor. Gabi miró con regocijo a Alicia, y se dispuso a responderle, pero ella negó con la cabeza, apretando la mordaza. Ante la confusión de ella, la chica le dedicó sus ojos de «tú confía». Gabi se quedó un momento vacante, para luego asentir, apartando la mano de Alicia de su boca. La joven Spring le indicó que no hablara, y se asomó un poco desde el borde de la puerta, para ver lo que hacía su hermano. No le gustaba lo más mínimo esconderse de él, pero algo le decía que el que hubiera venido justo en ese momento era obra del destino.
Durante los siguientes minutos, Víctor estuvo mirando las paredes. Se paraba sobre todo en las esquinas en las que confluían con el techo. Su rictus revelaba una inmensa concentración. Estaba buscando algo, ¿pero el qué?
Una vez hubo dado dos vueltas al cuadrilátero de gotelé, chasqueó la lengua con desaprobación y se dispuso a salir. Fue entonces cuando Alicia decidió que ya había visto suficiente. Antes de que pudiera marcharse, empujó la puerta, de modo que al mismo tiempo encerró a los tres y descubrió su escondite. El susto de muerte que se llevó su hermano casi le hizo tropezar y caer en el colchón aplastado tras sus talones.
—¡Bloody… Alicia! —exclamó, con el torrente de voz que le había dado su padre—. ¿Qué hacíais ahí escondidas como lagartijas?
—¡Que conste que ella me obligó, Víct… Vic! —se apresuró a corregirse Gabi, recordando la conversación de la mañana—. ¡Yo quería saludarte en cuanto te vi, pero la tonta esta me puso la mano en la b…!
No pudo terminar la frase sin que la chica le volviera a silenciar con la palma. Gabi gruñó como un caniche embozado, pero calló al ver el cruce de miradas entre los hermanos Spring, que hubiera fulminado súbitamente al necio que se atreviera a pasar entre ambos.
—¿Qué haces aquí, Víctor? —preguntó con calma Alicia.
—¡Eso debería preguntártelo yo! —respondió él, —. ¿Qué se os ha perdido en casa de la abuela? ¿Es que quieres darle más que pensar a papá?
—Lo primero, baja la voz, que como nos oiga alguien caemos los tres —replicó, frunciendo un ceño que no temblaba lo más mínimo—. Lo segundo, he preguntado yo antes. Así que desembucha tú, y después lo haré yo. Palabra.
Las pupilas de Víctor barrieron en todas direcciones. Un gesto que también había heredado de Cecilio y cuyo significado no tenía secretos para Alicia. Cuando por fin hubo organizado su testimonio, las palabras salieron de su garganta en atropello múltiple.
—Mira, estaba buscando mi libro… Bueno, lo que llevo hecho de él, me refiero… —Parecía, entre sus brazos escuchimizados y los movimientos erráticos que hacía con ellos, una nueva y lastimosa especie de mantis religiosa—. Creo que lo dejé por aquí, porque la última vez que lo vi, se lo estaba enseñando a la abuela. Ya sabes, lo que se me ocurrió de la historiadel Guerrero y cómo conectaba con la conversación que tenía con… Bueno, aún no he pensado un nombre mejor que Caos, pero… ¡Pero eso, eso estaba buscando! ¿Tú lo has visto?
La miraba como suplicándole que se hiciera la tonta, lo suficiente como para que una trola tan desmembrada tuviera alguna posibilidad de ser creída. No era la primera vez que, acorralado, Víctor tomaba la vía de escape de la mentira. En aquellos casos, presionarlo de frente sólo hacía que se enroscara como un bicho bola aún más, así que Alicia optó por lo más sencillo.
—No sabía que a tu carpeta le hubieran salido ocho patas. Sólo así se explica que la estuvieses buscando en las telarañas del techo.
La inmediata dilatación de las pupilas de Víctor le traicionó.
—No sé ni por qué me esfuerzo… —dijo finalmente, soltando los hombros—. Vale, estaba buscando otra cosa. —Entonces, se acercó para susurrarles lo siguiente—. Las cámaras.
Ignorando el temblor de Gabi por sentir tan de cerca a su encaprichamiento, Alicia se rascó el mentón. ¿Cámaras? ¿Desde cuándo tenían cámaras puestas en casa? No recordaba que su padre las mencionara. Eso le dijo a su hermano, que suspiró de exasperación.
—Y luego el embobado soy yo… Mira que papá se encargó de decírnoslo veinte veces durante el almuerzo. Que soy el primero que prefiere no escucharle cuando se pone así, pero niña…
—¿Eso estaba diciendo…? —preguntó, con sincero bochorno—. Pensaba que tan sólo seguía con lo de las desapariciones, así que pensé que sería otra vez lo mismo, palabra por palabra.
—No, no te culpes, al principio empezó así —reconoció, apoyándose en la pared con gesto agotado—. Pero luego nos dijo que iba a poner cámaras en las dos casas, por si ocurría algo. Le pregunté que por qué íbamos a ser nosotros los siguientes. Visto lo visto, ya para qué preguntárselo, pero por ese entonces, sólo habían desaparecido dos personas. De hecho, ni siquiera le habría preguntado, si no llega a ser por cómo lo dijo. ¿Sabes a lo que me refiero? Cuando papá dice menos de diez palabras seguidas, es que algo es serio.
—Sí, debía serlo. ¿Y qué te contestó? —preguntó Alicia.
—Ahí está lo más extraño: se quedó callado.
Extraño se quedaba corto. Cecilio Spring no era un amante del silencio profesional, que digamos. Había tenido suerte de acabar en ese lado, porque con menos de un minuto en una sala de interrogatorio, le habrían hecho cantar La Traviata y tres bises. Una pregunta resistida como el mejor de los confidentes, venida además de uno de sus hijos, sobresalía como una cicatriz mal curada.
—¿Y eso… qué significa? —saltó Gabi, ya incómoda por el hueco que dejaba el silencio—. No os termino de pillar.
—Como ya ha dicho Víctor, significa que es algo muy, pero que muy serio —respondió Alicia, levantando la vista hacia el techo, tal y como su hermano hizo—. Hay que encontrar esas cámaras. ¿Has mirado en otras partes de la casa?
—Que va, he ido directamente aquí, pensaba que las habría puesto en la habitación para vigilar a la abuela —dijo Víctor, ya con un pie fuera del cuarto—. Hay que registrar la casa.
—No, no vale la pena—. Le cogió del hombro, frunciendo el ceño al darse cuenta de algo—. Piensa. Si la policía ya ha estado aquí, eso significa que ya se habrán llevado pistas tan evidentes como las cámaras.
—¿Entonces qué podemos hacer? —gruñó el joven, con sus ojos de «sácame de este túnel».
Alicia pensó un par de segundos, hasta que una luz se encendió. Una vez más, dio gracias al bienintencionado pero poco avispado subinspector por dejarles las miguitas de pan a seguir.
—El ordenador de papá.
Víctor lo entendió al instante. Si las cámaras de Cecilio eran privadas, estarían conectadas a su ordenador. Así que, por mucho que las lentes hubieran pasado a disposición de la policía, sus grabaciones seguirían allí. También era posible, no obstante, que ya las hubiera borrado, pero su padre aún no había regresado de la comisaría, a la que se había marchado una vez terminó la investigación de la escena. Salieron a todo correr de la casa, casi tropezando con las cintas (desgarrando una de ellas por el galope desbocado), y se dirigieron calle arriba al nº12.
Un portazo a medio camino les hizo detenerse en seco.
—Hay que ver los vendavales que corren estos días, válgame… —cantó una voz de hojarasca y miel desde el interior de la casa nº10.
Los tres niños se giraron, y observaron a su procedencia con una mezcla de vergüenza y respeto. En la casapuerta, un olor a especias envueltas en hojas de encina danzaba alrededor de la venerable figura de una anciana. De piel arrugada e intenso moreno, las rocas de su piel albergaban dos ojos brillantes y verdes, del mismo color que los de Gabi. Idéntico en largura y forma era también su cabello, que dejaba suelto en una fuente de ceniza que se derramaba sobre su espalda y, en ocasiones, horadaba la geografía de su semblante. Vestía con una bata negra de flores cetrinas y, a pesar de su encorvada columna, sus hombros y cintura resaltaban por su envergadura, que le proporcionaban el volumen de tres abuelas en una. Su sonrisa de dientes dispares estaba medida hasta en la altura de la comisura. Si el sonreír fuera una disciplina a dominar, Generosa Carrasco conocía cada entresijo, cada estratagema para que, con una sola expresión, el mundo y el cielo cayeran a sus pies.
—Abu… No es lo que parece… —musitó Gabi.
—¿Y qué debería parecer? —preguntó la anciana, elevando una ceja cenicienta—. No hay nada de malo en que los jóvenes se diviertan. —Endureció de pronto su mirada—. Aunque hay lugares en los que la diversión no tiende a ser bienvenida.
Gabi tragó saliva. Alicia agradeció que ella se le adelantara. Generosa nunca había tenido malas intenciones, pero a veces daba miedo. No por lo que decía, sino por cómo. Se sabía al dedillo los conjuros para decir todo con poco, dado su talento para contar historias. Mientras no se dedicaba a sus labores de herborista, Generosa Carrasco era conocida en el pueblo por sus encuentros en el hogar del pensionista, donde reunía a niños de todas las edades y les relataba, cada mes, cuentos de todo tipo. Tenía un arte inigualable para hacer que todo el que la escuchara se viera transportado a los mundos que tejía con sus palabras. Más de una madre se había quejado, incluso, de que sus historias de miedo dejaban sin sueño a sus hijos durante días, de lo vívidas que eran.
Ya fuera por formación profesional, o porque disfrutara en secreto de ese poder que ejercía sobre los mortales, la abuela de Gabi era un enigma cuya solución mutaba a cada sílaba que escapaba de sus labios de leña antigua.
—Generosa, por favor, no se lo cuentes a nuestro padre —dijo al fin Víctor, con la mirada fija en el suelo—. Sólo estábamos buscando pistas, estamos muy preocupados por la abuela…
Alicia le dedicó una mirada frustrada, haciendo un capullo con sus labios. Sabía que no podía evitar la debilidad que sentía su hermano por la anciana, dada su fascinación por la creación literaria. Desde pequeño se había pegado a sus faldas, pidiéndole una y otra vez que fuera su «maestra cuentacuentos», mientras ella le daba largas una y otra vez, prometiéndole que cuando fuera mayor se convertiría en su discípulo. Aquella admiración infantil era hasta adorable, pero tenía el efecto colateral de que no pudiera ocultarle nada. La manzana no cae lejos del árbol, pensaba ella, mientras buscaba alguna forma de solucionar aquello.
—Lo que quería decir mi hermano es que… creemos que con el alboroto, quizá se le escapó algo a la policía. Por eso nos hemos asomado desde fuera, para echar un ojo. Y ya nos volvíamos a casa, porque no habíamos encontrado nada.
A pesar de que, en condiciones normales, la serenidad y firmeza con la que había soltado semejante mentira podría haber colado en cualquier persona, catorce años de experiencia conociendo a Generosa le bastaban para saber que no había engaño que valiera contra ella. No era tanto porque no se la pudiera engañar, sino porque parecía como si ella misma poseyera el caldero de las ficciones, y cada intento de falsear la realidad fuera una receta que ella misma hubiera concebido.
—Vamos a hacer una cosa —dijo, relajando el gesto—. Un trato, como tantas otras veces. Si vosotros hacéis como que sois hijos ejemplares y no habéis salido de vuestra casa, tal y como el bueno de Cecilio os pidió que hicierais, yo haré como que no os he visto entrar y salir de casa de Alice. ¿Qué os parece?
Esa era la línea que separaba a Generosa de una bruja: la compasión. Ella conocía cada pecadillo, cada travesura que los niños cometían, como si los vigilara desde una bola de cristal. Sin embargo, aún no había llegado el día en el que usara esos extraños poderes para perjudicarles. Eso sí, siempre se encargaba de recordarles que ella lo sabía. Y que, si podían seguir jugando sin consecuencias, era porque ella así lo permitía. Una inquietante amabilidad, una seguridad caprichosa, eran los olores que traía la mezcolanza de hierbas y aceites.
Los tres asintieron al unísono, ya conocedores de la situación descrita. Generosa se frotó las manos, de dedos finos y trabajados como estatuillas de álamo.
—En fin, no quiero deteneros, pequeños caballeros andantes. Tan sólo había salido a despejarme un poco —bostezó, para luego mirar a su nieta—. Gabi, ya se está haciendo tarde. Ven para adentro, necesito que me ayudes con una cosa.
—¿En serio? ¡Si no son ni las siete! —exclamó ella, señalándose el reloj—. ¡Además, justo ahora íbamos a…!
—Seguro que, fuera lo que fuese que ibais a hacer, pueden hacerlo ellos solitos. Venga, esto es más importante. —Dio un paso adelante—. No me hagas esperar.
—¡Pero abu…!
—Gabriela. Ya.
De repente, pareció como si otra persona estuviera rasgando las cuerdas vocales de la anciana. Sin duda, era la misma voz. Pero esas dos palabras las profirió algo más. Un dragón asomando su morro de serpiente, un océano que abre sus ojos tras un milenio de sueño.
Resquebrajada su voluntad, Gabi perdió toda fuerza en los músculos de su rostro. Sin mirar a sus amigos, anduvo a paso ligero, perdiéndose tras la puerta del nº10. Después de unos segundos, Alicia logró hablar.
—¿Ha… pasado algo? —preguntó, sin poder esconder el temblor de sus manos.
Generosa suspiró.
—Una cosa es que os deje que busquéis, y otra muy diferente que quiera que encontréis —replicó, inclinando su frente al tiempo que los miraba con consideración—. El buen cazador de historias debe saber cuándo su presa puede convertirse en depredador. Como abuela de Gabi, es mi responsabilidad protegerla de esos dientes, pero temo no poder hacer lo mismo por vosotros. Así que, si de verdad queréis seguir indagando, sólo os pido que tengáis cuidado. —Se dio la vuelta para meterse para adentro, no sin antes decir lo último—: Y también, que sepáis en quién o no podéis confiar.
Sin permitirles réplica, la puerta de madera clara de la casa de las Carrasco se cerró, acompañada del sonido del cerrojo cerrándose dos veces. El sobrecogimiento les duró más de lo que habían imaginado, ya que cuando se quisieron dar cuenta, el cielo comenzaba ya a amarillear. Víctor fue el primero en volver a la realidad y, con un pequeño agarrón, instó a su hermana a que prosiguieran con su plan.
Una vez en su casa, se dirigieron hacia el estudio de su padre. Anteriormente, fue un cuarto trastero donde acumulaban todas aquellas cosas que no tenían lugar, hasta que un par de años antes, Alicia se propuso darle un uso más digno. Entre ella y Alice dejaron la estancia impoluta, y poco después Cecilio estableció allí su pequeña oficina, que se limitaba a una mesa de conglomerado, varias estanterías con papeleo que se traía del trabajo, y un ordenador de sobremesa que usaba Víctor también para sus juegos. Era hasta cómico entrar ahí, y ver como al lado del icono de un juego de fantasía había una carpeta con documentos de casos aún sin resolver. Que aún no hubiera habido una filtración por su parte sí que parecía cosa de brujería.
Mientras se encendía, Alicia salió un momento al salón, dejando a su hermano sentado frente a la pantalla. Haciendo surcos en círculo alrededor de la habitación, se agarraba de la camiseta a la altura del pecho mientras su respiración se aceleraba en contra de su voluntad. ¿Qué es lo que verían? La pregunta era absurda, ya que ella sabía… No, no lo sabía, y eso era lo peor. Porque si la noche anterior hubiera abierto la puerta, podría haber visto… Pero eso significaba que su hermano había sido quien… Como una nube de mosquitos, su memoria era picoteada por aquellos pensamientos. Igual que en la habitación de Alice, los puntos se alineaban sin remedio, y por mucho que la joven tratara de ir en contra de su instinto más primario, las conclusiones se hacían cada vez más inevitables. ¿Cómo reaccionaría Víctor al ver…? ¿Pero qué, qué es lo que iba a ver?
—Alicia, ven.
La voz de su hermano le heló la sangre. Caminando hacia el patíbulo, se asomó muy despacio por el quicio del estudio. Víctor la miró, desganado.
—¿Qué… has visto? —preguntó con un hilo de voz.
—Nada, no he podido encontrar dónde están las grabaciones —respondió. Se le pintó entonces el rostro de interrogación—. ¿Estás bien? Parece como si hubieras visto un fantasma.
—No, no te preocupes. —Se sentó a su lado, en la silla plegable que usaba para verle jugar—. Es todo esto, que me tiene sobrepasada. En fin… —suspiró profundamente—, supongo que hemos llegado a un punto muerto. Me sorprende, eso sí. No me imaginaba que papá hubiera tenido tiempo de esconder las grabaciones…
—Esconder, dices… —la interrumpió Víctor, pensativo—. ¡Eso es! ¡Lo mismo las tiene en una carpeta oculta!
«No». «No lo hagas». Eso quiso aullar, mientras contemplaba sin remedio a Víctor activando la vista de elementos ocultos. «Por favor», imploró su pecho en astillas, cuando una carpeta llamada Recordings apareció frente a sus ojos. Pero, como quien observa un tren a centímetros de atropellarle, no pudo decir nada. No por llorar o perder la voz, conseguirá quien cae al vacío que se detenga su caída. Víctor la abrió, y pinchó en el vídeo, pasando rápidamente los minutos y horas. Aunque, para Alicia, fue como experimentar cada instante a tiempo real.
Diez de la noche. Su abuela ya está acostada, a vista de pájaro en blanco y negro. Siempre fue friolera, tanto que hasta en verano se tapaba hasta las orejas. Once de la noche, nada. Doce, nada aún. Alicia sintió ganas de vomitar. Una. Dos. Seguía sin pasar nada. Decirle que parara, que apagara el ordenador y se marcharan, no serviría de nada. No borraría lo que ocurrió en esa casa, lo que provocó toda aquella destrucción. Lo que se llevó a Alice Spring, tal vez para siempre. Se tapó los ojos, pero ellos, traidores, se separaron lo justo para dejarle ver. Estaba escrito y, por tanto, debía ser presenciado.
Tres.
Todo comenzó con mil estruendos. Un árbol partiéndose en dos, una bomba abriéndose paso por las fibras del recuerdo. Desgarros en la noche, sin reparos por lo vivo. Cuerdas abriéndose en canal, música arrancada por las uñas de un demonio. A compás con el réquiem, algo que sólo podría describirse como un lamento gutural, nacido de la más profunda cueva, en jadeos de demento ritmo que desembocaban en ladridos en atroz estertor. El coro infernal sacudió las paredes de la casa, así como las almas de los niños. Impotentes e indefensos, no había defensa posible que impidiera que aquellos sonidos se les grabaran al rojo vivo en sus corazones.
Ojalá, ojalá hubiera sido todo. Un regalo impagable, si aquella ruinosa barahúnda hubiera sido lo único que ese terrible vídeo les hubiera otorgado.
Desde la esquina del marco de la cámara, una grotesca aparición subió a escena. Un morro cortado y deforme asomó, respirando con dificultad. Según emergía, pudieron observar cómo su mandíbula crecía y crecía, alejándose cada vez más del aspecto de un lobo, para adentrarse en el terreno de la pesadilla. Sus dientes, afilados como dagas, no encajaban entre sí, por lo que mantenía su horrible boca cubierta de pelos húmedos entreabierta, dejando asomar una lengua que, en su punta, se dividía en dos. La movía a través de la fila de cuchillas como una babosa bífida, de la que no paraba de rezumar ardiente saliva. Avanzando el ser hacia el lecho de Alice, el horror fue en aumento al mostrarse su cuerpo que, lejos de la postura cuadrúpeda que se esperaría de una cabeza como aquella, el monstruo se erguía sobre sus patas traseras. Las delanteras las mantenía bajo su pecho encorvado, acabadas en una mofa a las manos humanas, que desde pulgar hasta meñique se alargaban hasta terminar en zarpas como puñales en forma y tamaño. Caminaba como si tratara de adivinar, por ensayo y error, cómo era que los seres humanos movían sus piernas para desplazarse. Una burlona mímica a lo real, en un cuerpo que no podía serlo.
Durante unos minutos, se quedó mirando fijamente a la anciana que, a pesar de la tormenta, no se había movido un solo milímetro. Los hermanos esperaron.
Lo siguiente fue tan repentino, que la imagen de la criatura en silencio ante la cama aún no había escapado de sus retinas.
—¡Víctor, no mires! —chilló Alicia, poniéndole las manos sobre la cara.
Pero era demasiado tarde.
Rojo. Grito sordo. Gorgoteo. El crujir de un tallo. Apenas tres instantes. Lo suficiente para arrebatar una vida.
Víctor quedó vacío, perdido en los ojos vidriosos de su abuela, residentes en un rostro sin vida que colgaba de las fauces del hombre lobo. Por el otro extremo, se balanceaba su cuerpo, títere sin cuerdas vendado en lana. El tiempo se detuvo, compasivo, para que nieto y abuela se despidieran, aunque fuera a través de una pantalla. Alicia no tuvo esa suerte. Sus ojos estaban clavados en su hermano, cuya figura comenzaba a oscurecerse de negros nubarrones. Sin darse cuenta, se había apartado de él, y encontró en la idea de tocarlo una ponzoña imposible de reprimir.
Unos nuevos ojos borraron los de Alice, asesinando el objetivo de la cámara y haciendo desaparecer el poco calor que habría quedado en la habitación. Los del monstruo. Aunque en monocromo, de alguna forma, Alicia sabía cuál era su color.
Amarillo. Amarillo de tormento y agorería, de vano final. Amarillos como la Luna que se coló en sus pesadillas, y cuyo maligno brillo era real, por más que la razón perdiera la vida por negarlo.