El pueblo despierta.
—Niña… Niña… ¡Niña!
Un suave zarandeo que se convirtió en terremoto sacó del duermevela a Alicia. Su cuerpo no había podido aguantar más, y se había quedado dormida en perpendicular a su cama, con la tripa destapada. En cuanto regresó al mundo de los vivos, agarró los hombros de quien estaba sacudiendo los suyos, con una huella del estado de alerta que la había mantenido despierta hasta desfallecer.
—¡Qué, qué, qué! —replicó, chillando. Cuando vio que se trataba de Víctor, sus párpados se abrieron del todo—. ¡Víctor, tú…!
—¡No hay tiempo! ¡Ven, rápido!
Su hermano tiró de ambos brazos y la puso en pie con una facilidad que no esperaba. No es que Alicia pesara mucho, sino que eran los bíceps de Víctor los que, hasta ese inesperado alarde de fuerza, estaban más de adorno que otra cosa. Una vez lo hizo, siguió tirando de su brazo en dirección a la puerta de la habitación. La chica se zafó, sin entender nada.
—¡Un momento, espera! —gritó, alzando las manos—. ¿Qué está pasando? —Recordó entonces todo lo ocurrido la noche anterior: las pisadas, los jadeos, la inmensa sombra que desapareció fundiéndose con la noche… dejando tan sólo a su hermano empapado en sudor y con un hilo de sangre en sus labios—. Víctor, ¿qué es lo que pasó anoche…?
Pero Víctor no parecía escucharla, ni querer hacerlo. Sumado a lo ocurrido, tampoco era muy propio de él alterarse de esa forma. Volvió a asirla, y pasaron por la puerta. La misma puerta que, horas antes, había separado a Alicia del depredador. Apenas pudo alcanzar a coger sus gafas del mueble a los pies de la cama, conforme la remolcaban.
—¡Víctor, contéstame! ¿De dónde viniste anoche? —volvió a exclamar, según pasaban por la aún desordenada cocina, camino del salón. El joven se detuvo un momento, mirándola con las pupilas en ebullición.
—¿Anoche? ¿Qué dices? —preguntó, para después seguir arrastrándola hacia la salida a la calle.
—¡Víctor, espera! ¡No querrás que salga ahí fuera en pijama! ¡Víctor! —chilló, tirando hacia el sentido contrario.
Normalmente, con tal de hacer el mínimo esfuerzo se hubiera soltado sin problemas. Esa mañana, sin embargo, la sujeción de Víctor parecía comparable a la de un sargento de acero. Sin hacer caso de sus protestas, bajó los dos escalones que separaban su casa de la calle Número 4.
Desde la iglesia hasta el hogar del pensionista, la calle Número 4 se extendía en un pavimento desgastado en innumerables charcos de arena. Un río de cemento en cuesta cuyas orillas eran un dominó de casas adosadas que se alternaban entre habitadas y ruinosas, y un interminable arriate de ladrillo amarilleado, en el que las personas que aún vivían en aquel pueblo diezmado por la degradación demográfica tenían sus jardines particulares, divididos por tablas de madera, aunque lo más habitual es que las barreras naturales de suelo no trabajado —al estar cara a cara con una vivienda abandonada— sirvieran de frontera entre entramado y entramado floral. Cada ciertos metros, una morera se incorporaba como podía, haciéndose paso a través del hormigón en un pavoneo fútil. Muchos de ellos estaban ya resecos, y los pocos que daban aún moras blanquecinas durante las últimas semanas de la primavera pedían a gritos un podado, o una motosierra que les liberara de su árido sufrimiento.
Esa calle, la Número 4, era en la que los hermanos Spring habían crecido. Para ellos, el cemento había sido su campo de juegos. Ya fuera al fútbol, a los globos de agua en los tórridos veranos onubenses, a las pócimas con Gabi… Hasta tirarse en monopatín, tumbados boca abajo sobre él como en un trineo, sin nieve que pudiera reducir el tortazo al final del trayecto —aunque, en realidad, era ella quien lo acababa haciendo, mientras Víctor la animaba, diciendo que era su entrenador—. Las moras siempre les supieron más dulces que cualquier caramelo, los jazmines de Generosa perfumaron cada una de sus trastadas nocturnas, como cuando iban a acariciar a los gatos que anidaban en un bar abandonado cercano, o aquella vez que las chicas le escondieron entre los matorrales la consola a Víctor, para luego encontrarla y llevarse todo el mérito. Cualquiera que pasara por la calle Número 12, no vería nada del otro mundo. Para los Spring, no era una exageración afirmar que aquella línea de casas construidas durante los años de la minería era su mundo entero.
De la casa nº12 salieron, el sol dándoles la bienvenida con un resplandor que les cegó unos instantes. No habían terminado de adaptarse los ojos de Alicia, antes de que Víctor la llevara hacia la izquierda, en dirección a la casa de su abuela. Los Spring vivían en el extremo más hondo de la calle. Las viviendas se contaban por pares, como si los crecimientos vegetales que tenían enfrente también tributaran. Por ello, a la izquierda tenían el nº14, perteneciente a una pareja de ancianos que se marchó haría menos de un lustro, dejándola a merced del polvo y las termitas. A la derecha, el nº10 estuvo mucho tiempo cerrado, hasta que, poco después de que naciera Alicia, fuera comprada por Generosa Carrasco, una excéntrica herborista, y su nieta Gabi, inseparable de los hermanos desde el primer día.
Por último, a la derecha de ésta, el nº8 era la morada de la matriarca de la familia, la reservada pero amable Alice Spring. Una anciana de cabello cano y corto, que aún conservaba, en el blanco puro de su piel sembrada de arrugas y sus ojos claros y vivos, la belleza que encandiló a todo aquel que se le pusiera por delante. Siempre derecha como una vela, como un desafío al mismísimo paso del tiempo, que las culturas horada y estaturas reduce, daba igual cuántos años trataran de arrollarla: sus veloces pies y sus hábiles manos, entrenadas como instrumentos de cirugía tras años de cuidado del hogar y kilómetros cuadrados de tela bordada, no habían perdido la más mínima precisión, comandados todos ellos por su aguda mente, siempre controlando cada recoveco sin cubrir de espuma y agua. Como buena inglesa, desayunaba ligero, almorzaba fuerte a la una —para disgusto de su yerno, con el que discutía día sí y día también sobre quién tenía ya hambre y quién aún no lo tenía—, un par de frutas a mitad de tarde y, para cenar, algo suave y una tercera pieza, para coger el sueño. Era asombroso que, con lo poco que comía, pudiera hacer el trabajo diario de diez. Era como si fuese capaz de controlar, también, la eficiencia en el uso de cada caloría que viajaba por su organismo.
Era por ello por lo que la fachada de su casa, decorada por azulejos rectangulares de color carmín, era con diferencia la mejor cuidada y limpia de toda la calle Número 4. Nadie podría haber dicho que esos mismos azulejos los colocaron al mismo tiempo que inauguraban toda esa hilera de adosados, hacía más de cien años. El nº8 había pertenecido, en sus inicios, a una familia española que se la vendió a mediados del siglo XX a Catherine Spring, madre de Alice y bisabuela de los hermanos, después de que vendiera a su vez la casa en la que vivió con su marido, una vez hubo desaparecido sin dejar rastro. En ella crio a su única hija, en ella esa hija crio a su vez a su hija, Catherine segunda, y en ella vivía ahora sola. Aunque sus nietos pasaban tanto tiempo en esa casa como en la suya, por la noche, Alice Spring se terminaba su naranja, hacía sus tres rituales nocturnos y se iba a dormir boca arriba, dejando siempre libre el otro lado de la cama. Sin ruidos, sin conversación. Por la noche, el silencio era un compañero con el que la anciana Spring había aprendido a conformarse.
Esa noche debió de ser diferente. Un nuevo compañero le hizo una visita.
Según los borrones de blanco se apartaban de la vista de Alicia, pudo por fin ver lo que sus oídos le habían vaticinado. Pasos y más pasos, voces y más voces atropellándose entre sí, como no había sentido esa calle en décadas. Y una voz, poderosa pero de firmeza cuestionable, que trataba de poner orden sin demasiado éxito. Por fin pudo ponerse las gafas, que acentuaban aún más sus grandes ojos. Lo que le mostraron, una vez hubo parpadeado, resultó muchísimo peor que cualquier imagen que su mente hubiera evocado.
Dos estridentes bandas amarillas estaban dispuestas en cruz en la puerta de Alice, que estaba abierta de par en par, mientras no más de cinco policías entraban y salían, turnándose para despejar a la nube de curiosos que se iba formando alrededor, atraídos por el nuevo evento que había removido el otrora liso caldo que era el pueblo. Algunos preguntaban qué había pasado, otros respondían que ni idea, mientras que unos terceros simplemente hacían ruido de fondo. La voz que trataba de imponerse era la de un subinspector de policía, de complexión rellena y algo cabezón, con rizos asomando como anguilillas en un mar de sudor. Sus ojos, pequeños y negros, no se quedaban quietos, como si tratara de mirar a cada uno de los presentes al mismo tiempo que vigilaba a la patrulla a su cargo.
—¡Les repito ya por undécima vez, aquí no hay nada que ver! —gritaba, quedándose siempre a un agudo quiebro final de sonar imponente—. ¡Hagan espacio y dejen trabajar a las fuerzas de seguridad! ¡Circulen, les he dicho! —Sus ojillos se plantaron en Alicia y Víctor, y su movimiento errático se detuvo, clavándose en ellos como minúsculos tornillos—. ¡Gutiérrez, me mantiene a la turba a raya! —ordenó a uno de sus hombres, que asintió y dispuso sus brazos entre los curiosos y el perímetro imaginario que habían montado como más buenamente pudieron.
El policía se hizo paso por la muchedumbre, ignorando sus ruegos y preguntas, hasta llegar a los hermanos. Les sonrió, pero pronto quedó claro que no sería suficiente. Limpiándose el sudor con un pañuelo, los llevó junto a la casa de Generosa, apartándolos del caos.
—¿Qué hacéis aquí? —preguntó, para luego mirar a Víctor con irritación—. ¿No te dije que te quedaras en casa con tu hermana? ¿Es que lo entiendes todo al revés, hijo?
—Sí, sí, pero con lo que estaba pasando, necesitaba que ella… —comenzó, con un titubeo en su voz. El policía no le dejó seguir.
—Nada de «pero», Víctor. Ve ahora mismo para casa y no salgáis hasta que yo os lo diga. ¿Entendido?
—¿Pero qué ha pasado, papá? —intervino Alicia, con el ceño tembloroso—. ¿Por qué estáis entrando en casa de Gran-Gran? ¿Le ha pasado algo, está bien?
—¡Ella… está bien, no os preocupéis! ¡Lo importante es que os vayáis a casa! —les señaló la puerta, sin mirarlos.
Pero Alicia sabía muy bien pillar una mentira, por muy piadosa o benigna que fuera.
—Papá, ¿qué le ha pasado? —volvió a preguntar, obligándolo a mirarla a sus ojos marrones.
Cecilio Spring era un subinspector con buena proyección. Tenía don de gentes y se acercaba a sus casos con una creatividad y esfuerzo que gustaba a sus superiores, a pesar de que le consideraban algo pardillo por tomarse tan en serio una jurisdicción de tan poco calibre como lo era aquel pueblo en vías de extinción. Era famoso por no tener miedo a nada y de tirar de su equipo como un mulo de un carromato. Daba igual quién se le pusiera por delante, que no se arredraba ante el tipo más espeluznante, ni dudaba en enfrentarle con intimidación y osadía —otra cosa es que el tipo en cuestión se viera afectado por sus ínfulas—; no obstante, si quien tenía en contra era su hija…
El subinspector Spring tragó saliva, volviéndose a enjugar la frente mientras exhalaba como un potro agotado.
—Alicia, por favor, id a casa. Es muy importante que vuelva allí…
—¡No sin antes decirnos qué ha pasado! ¡Papá, por favor! —rogó, tirando de la manga de su uniforme ya calado.
Tres sacudidas más fueron suficientes para que Cecilio Spring se rindiera. Se ahuecó el cuello de la camisa, haciendo un arco inquieto con sus pupilas. Un cuarto tirón le obligó a, por fin, decirlo de una vez.
—Niños, la abuela ha desaparecido. Anoche alguien entró en casa y se la llevó. Es como os conté ayer. Por favor, id a casa. Ahora.
Sin dejarles replicar, su padre les calló con una mano en su cara, y regresó sin más dilación al trabajo. Antes de perderle de vista, Alicia vio cómo sacaba de nuevo su pañuelo, enredado esa vez en unos cables que llevaba en el mismo bolsillo. Después de deshacer aquella maraña entre torpes e inquietos bufidos, se zambulló de nuevo en la marabunta, que crecía sin cesar hasta bloquear la calle. Un coche trataba entonces de cruzarla y su claxon se unió al coro de demonios que seguían elucubrando y haciendo de la tragedia un coloquio entre besugos.
Los hermanos se miraron entre sí. Alicia vio en los ojos llorosos de su hermano miedo, inseguridad, incredulidad, perturbación… Todo lo que se esperaría de un nieto que acaba de enterarse que han raptado a su abuela. La chica se encontró a sí misma buscando algo más, algo como una toma de conciencia, algo como fatal descubrimiento. Algo como culpa. Se dio cuenta de que, en lugar de preocuparse por su abuela, había puenteado ese sentimiento para relacionar, de alguna forma, lo que le ocurrió la noche anterior con su desaparición. «Pero quién podría tacharme de insensible», pensó, apartando de sí toda duda, todo recelo. «Ella misma me lo diría: My dear Alicia, we can all cry. But only a few can choose to save it until it’s over». Y si alguien en la familia era digna de llevar el apellido Spring, el apellido de los sagaces, de los concisos y los coheteros, esa era Alicia. Por algo llevaba el nombre de la más cohetera de todo el pueblo, español o inglés. Nada de remordimientos ni de medias tintas. Alicia encontraría a Alice.
A mitad de esa sentencia, notó como un peso pluma se le encaramaba por detrás. Debió sobresaltarse más, pero sumado al poco esfuerzo que le supuso sostenerlo, estaba ya más que acostumbrada a asaltos de aquella índole. Y la cantarina voz que le reventó los tímpano.
—¡Aliii! —gorjeó la voz, mientras delgados brazos se cruzaban sobre su pecho—. ¿Qué haces en pijama todavía? Aunque no te queda mal, oye, ya me dirás dónde… —Se calló de repente, para luego musitar—. Oye, ¿qué es todo este lío…?
No tuvo que deshacerse de su agresora, ya que se bajó antes de que pudiera sacudírsela. La chica que ahora observaba con inquietud la escena del crimen era bastante bajita para sus dieciséis años, más aún que Alicia, que no alcanzaba el metro setenta. Su cabello largo, en ondas de chocolate caía a raudales por su cara redonda y hermosa. Sus ojos verdes de aceituna, heredados de su abuela, no se apartaban de la algarabía, y más de un pelo se colaba en su amplia boca entreabierta, ornamentada por labios gruesos de los que Alicia más de una vez había sentido cierta envidia, dado la casi inexistencia de los suyos. Sus brazos y piernas eran flacos, y estaban descubiertos por su camisa de tirantes favorita, la de un grupo que le encantaba sólo a ella, y una falda de color rosa intenso. Gabriela Carrasco, Gabi para sus dos mejores amigos, era alguien que no podrías esconder ni entre un millón de personas. Había nacido para destacar, y su personalidad tampoco es que le impidiera seguir ese destino. Verla tan callada era casi una anomalía, por más que la ocasión lo mereciese.
—Luego te contamos, Gabi —dijo Víctor, haciéndole un gesto cansado a su hermana—. Vamos, Alicia, no queremos que papá nos suelte otra de las suyas. A casa.
Al escuchar los murmullos de Víctor, Gabi se giró cual trompo hacia él, llevándose la mano hacia un mechón y caracoleando con él, nerviosa.
—¡Uy, perdón, Víctor, no te he saludado! —rio, mientras un leve rubor se elevaba a sus mejillas—. ¿Qué tal estás? ¿Sigues pachucho, o…?
—Algo mejor, gracias —respondió, sonriendo. Luego, se dispuso a regresar al nº12—. Venga, Alicia. Nos vemos en otro momento, Gabi.
—¡Sí, claro, en otro momento! Cuando te… ¡os venga mejor! —La joven se tropezó con sus palabras, su rostro un fiel retrato del torbellino hormonal que hostigaba su entendimiento.
Alicia hizo el amago de seguirle, pero tras dar dos pasos, se detuvo. Su hermano se volvió, interrogante.
—Ve tú, que tengo que decirle algo a Gabi.
—De acuerdo, pero no te demores. ¿Enciendo la tele, o…?
—Sí, sí, ve poniendo algo, que ahora voy —respondió, agitando la mano para que se marchara.
Una vez hubo desaparecido en la oscuridad del salón, separado del exterior por un recibidor cuadrado de medio metro por lado, Alicia se acercó a Gabi, con frustrada incomprensión.
—¿Víctor? ¿En serio? ¿Ahora le llamas así? —preguntó, suspirando—. Tienes suerte de que no se me ocurra nadie mejor para él, pero te pediría que, delante de mí, mantuvieras la caña enrollada.
Gabi se puso roja del todo, elevando la vista al cielo nublado como si la cosa no fuera con ella. Finalmente y tras varios segundos de creciente incomodidad, acabó por relajarse.
—Vale, tú ganas. ¡Pero es que no sé qué me da, que me da la vida! Porque es tu hermano, y entiendo que te puede incomodar…
—Entiendes bien.
—¡Pero no veas lo guapo que se ha puesto de este año para acá, chica! Si yo te contara las cosas que yo…
—No me las cuentes.
—Vale, vale, si era por picarte… —rio, y más aún al ver cómo su amiga no la acompañaba en su risa.
Una vez se hubo desahogado, miró de nuevo hacia la nº8, donde parecía que todo se estaba calmando un poco. Al menos, el coche pudo pasar, y ambas se apartaron contra la pared para dejar que prosiguiera su camino, cualquiera que fuese que le había obligado a pasar por una calle como la Número 4.
—Entonces, ¿ha pasado algo con la abu Alice? —inquirió, regresando a los ojos de Alicia. Gabi solía llamar abu también a la anciana Spring, dado que, a fines prácticos, había sido como una segunda abuela para ella desde que llegó al pueblo.
—Mi padre dice que ha desaparecido. También que tiene que ver con las otras desapariciones de ayer y anteayer. —Se rascó el mentón—. Bloody hell… Si tengo que contar con la Patrulla Piruleta para que resuelva esto a tiempo, Gran-Gran puede quedarse esperando entre malvas. Así que voy a encontrarla. A ella y a todos.
»He pensado ya en lo primero que haremos. Esta tarde, cuando mi padre y el resto estén en la comisaría, nos colaremos a través de las cintas e intentaremos encontrar todo lo que podamos. Seguro que, conociéndolos, se han dejado algo importante que nos lleve a mi abuela. O, si no, como mínimo sabremos tanto como ellos, y podremos hacer una investigación por nuestra cuenta. Así que estate atenta, que a las seis entramos.
Alicia había dicho todo aquello casi sin respirar. Miró entonces a Gabi a los ojos, marrón hacia verde, buscando una respuesta. Esta llegó, después de varios segundos para aquilatar toda la información, con una hermosa sonrisa de blancos dientes.
—Tía, es que no sé lo que tienes, o seré yo tonta o sabe Dios… —respondió, con los iris resplandecientes—, pero esto me lo dice otro, o lo veo en la tele en una serie, y le pueden dar mucho por donde le quepa… Pero es que me lo dices tú, y de verdad que me creo perfectamente que vaya a salir bien, tía, Alicia, en serio. —Le agarró del hombro con cariño—. O yo qué sé, que cualquiera estaría todo preocupada por su abuela, y tú vas y pasas, ¿sabes? Como que dices: «venga, va, voy a por ello, voy a ser mejor que la policía». ¡La policía, tía, tu padre! —exclamó, provocando un pequeño sobresalto en Alicia—. Pero lo dices tú… Tía, y me lo puedo creer. Y que además me digas que vaya contigo, que confíes en mí para eso… Eso lo es todo, ¿sabes? Que te pueda acompañar a hacer algo así de grande… ¡Tía, es que me emociono!
Por primera vez desde que le despertó aquello la noche anterior, Alicia logró sonreír. Gabi no podía imaginarse el efecto que tenía en ella. Decía ella de confianza, de creer en la otra… Ella sí que podía decir que tenía la suerte de confiar, al cien por cien, que aquella perorata descompasada y sentimentaloide era legítima. De poder saber que todo ese cariño era real y que, por tanto, podía usar el plural al hablar de un plan tan, siendo honestos, disparatado, sin temer otra respuesta que un «sí» rotundo.
—Entonces, ¿cuento contigo, sí o no?
—¿Cómo que «sí o no»? —chilló, saltando otra vez sobre ella. Esta vez, Alicia la esquivó con una finta, mostrando sus colmillos con picardía.
—Vale, vale, era por picarte —la remedó, para diversión de ella—. Pues bien, hasta entonces. No tardes, o entro sin ti.
—¡Descuida! —gorjeó, despidiéndose—. Voy a estar tan a tiempo, que para cuando llegues ya habré salido con las pistas. Y ahora me voy, que la abu me ha mandado a por un par de cosas al mercado.
—Sí, dale recuerdos a Generosa.
Alicia vio a Gabi marcharse con un divertido contoneo. Una vez se quedó sola, reflexionó sobre lo que iban a hacer. Era algo descabellado, pero no pasaría nada si su padre no se enteraba de que habían estado allí. La mención de Gabi a su abuela hizo que su rostro se ensombreciera, pero con un meneo de cuello se guardó esos sentimientos por el momento.
—Until it’s over —murmuró, y se metió para la casa, donde Víctor ya tenía a medio empezar el nuevo capítulo de la serie favorita de ambos.
Una pena que, en esos momentos, Alicia no viera más que trazos rojos, no oyera más que el latir de su propio corazón.