A continuación, tenéis dispuestos por orden cronológico los relatos que he estado escribiendo para el reto Writeober 2026, de modo que puedan ser disfrutados en la posteridad. Por hoy, día 16 de octubre de 2026, tendréis la mitad. Así, cuando llegue el 31, subiré la otra y editaré esta presentación, para dejarla bonita y presentable. Así que para ti, mi bello Lector, espectador privilegiado de estas fugaces palabras, mis mayores agradecimientos por el apoyo y una parte de mi Todo siempre te pertenecerá.

En esta compilación, además, he decidido añadir a cada relato un título, para ejercitar un poco ese músculo y que la experiencia de leerlos aquí cobre un nuevo sentido. Quizá algunos de ellos emborronen más el significado de estas historias, pero cada ralladura, cada trazo a lo oscuro reflejará una pizca más de verdad a estos fragmentos de mundo.

Agradecimientos y grandes algarabías a Kat (@witchykatbooks en Instagram) por montar este reto tan precioso, que ha logrado viajar a un pasado de color para traer consigo el elixir creativo que tanto necesitábamos, tanto yo como muchos otros compadres del juntaletrismo.

1.- Confesión de la Duodécima Alzada — Hojarasca

Crujid, mis recuerdos. Despedázate, mi corazón. Sin sombra alguna cubriendo mi frente, cómo puedo mirarte, sin cegarme hasta la raíz.

Mis pies ya no sienten vida en este mundo marchito. Cadenas de oro apresan mis pupilas, dirigiéndolas hacia ti. Fría crueldad la del carcelero, que sabe que por más que te mire, no debo verte. No debo, pues de hacerlo, tu historia no tendría su final feliz, ese que te mereces y del que yo nunca debí formar parte.

De mis ramas, sólo nace sucia hojarasca. Sólo muerte puede germinar en lo que lleva seis años muerto.

Olvídame, querido. Sólo tu olvido puede calmar el dolor de ser olvidada.

2.- ¿Un mordisquito para quitar las penas? — Colmillo

—Padre, ¿por qué tenemos colmillos? ¿Qué significa para nuestra existencia, para nuestro cometido? ¿En qué sirve un diente más largo que otro, para tocar el violín?

—Mi dulce hija, no puedo darte una respuesta absoluta. Bien sabes que nuestro arte está siempre bajo los designios del Amo, y eso incluye nuestra propia apariencia. Sin embargo, si lo que deseas es mi opinión, barrunto que se trata de una leve referencia al vampirismo, tal y como se lo suele representar en otras obras ajenas a la Creación.

—Sin embargo, jamás mordí a persona alguna, ni probé una sola gota de sangre. Exceptuando, claro está, aquel mundo en el que todo era sangre, pero en tal sitio, bastaba con respirar para que, como mínimo…

—Nadie ha dicho que nuestro supuesto vampirismo sea sanguinolento, ni parasítico. Quizá sea otro nuestro sustento, como el remanente de aquellas almas que abandonan en lugar ulterior cada mundo que acunamos en su lecho de muerte. O tal vez, igual que los vampiros de leyenda consumen vida para alargar la suya, nuestra inmortalidad se alimenta de las lágrimas agradecidas del público.

—O pudiera ser, también, que estos colmillos cumplan la única función de acentuar, aún más si cabe, nuestro innegable porte y sublime estética.

—También pudiera ser, cielo mío.

3.- Brotes verdes — Copa

La niña Dúrida ya había intentado eso antes. La última vez, poco antes de irse a dormir. Sus lianas se habían roto a pocos metros de la mitad del trayecto, y tuvo que dar gracias a que su abuelo hubiera estado vigilándola, como un padre sauce a sus incipientes lágrimas, para que no diera con su frágil trasero en suelo dormido.

En esta ocasión, se había asegurado de que no la seguían, y nombró de nuevo sus enredaderas. En respuesta, la elevaron como cuerdas vivientes de rama en rama. Su sonrisa, creciente a compás con la altitud que lograba alcanzar, se desvaneció cuando volvió a sentir ese familiar crujido. Se habían vuelto a romper.

Su abuelo le había dicho que, en zozobras como aquella, era cuando los Dúridas debían despojarse de vanidades inútiles. Que el Bosque no la abandonaría, si ella confiaba en ello con total sinceridad. La niña confió, y llamó un nombre nuevo.

Y así, el árbol se doblegó ante ella, fiel amigo. Y de esa forma, la recogió en sus brazos, llevándola a lo más alto, donde ninguna hoja tapaba el Sol.

Desde la cima de su copa, la niña pudo ver al fin el mundo entero. En el horizonte, un punto brillante le saludaba, espejo afable del resplandor en sus ojos de aceituna.

4.- El Caballero de la Crin Bermeja — Castillo

Tal y como había previsto, el anciano no encontró resistencia alguna. Había visitado ya varios asentamientos, aún sabiendo que no lo encontraría en ninguno de ellos. Algún monasterio por allí, un par de solares por allá… Quedaban trazos de su esencia, pero no los suficientes como para que se manifestara. Podría haberse ahorrado la caminata de semanas, pero el señor Cortázar disfrutaba de esos paseos. Le permitían despejar su mente de oscuridades, al tiempo que gozaba el mero proceso de elucubrar su plan para provocar el fin del mundo.

La galería minera bajaba y bajaba, como un desfiladero al Tártaro. Ambas paredes de roca, así como el techo que acunaban y el suelo sobre el que descansaban parecían continuar hasta el fondo infinito, en constante repetición de impurezas y salientes. El señor Cortázar no hizo demasiado caso a tan extraño fenómeno, y siguió andando, apoyado en su bastón. Fingiendo que lo necesitaba.

Por fin, tras seis días de paciente pie tras pie, el territorio se rindió ante su inagotable perseverancia. Como aparecido entre pestañeos, el túnel se abrió como un esfínter, desplegando una larga escalinata de piedra gris. Los ojos del señor Cortázar no necesitaban acostumbrarse a cambios de luz, así que pudo maravillarse de lo que se extendía frente a él, mientras bajaba escalones con la mesura y el respeto que merecían.

La planta de un colosal castillo se había generado en el interior de la Tierra. Altos muros de peñascos grises y negros se apuntalaban arriba y abajo, sobre los que colgaban telares tan roídos por el tiempo, que sería más acertado llamarlos hilos de cobre, grana y oro. De los ventanales, inmensas formaciones de cristal celeste y turquesa sobresalían, invadiendo la catedralicia estancia e imponiendo su fulgor en las sombras del subsuelo. Su brillo, sin embargo, no iluminaba lo negro que emergía en el muro contrario a la entrada, por lo que, desde el punto de vista del recién llegado, aquella sala podría ser aún más larga e interminable. Esa fue la única sorpresa que el señor Cortázar se llevó ese día. Y la confirmación final de que estaba en el lugar adecuado.

Una vez llegó al suelo, continuó, a través de los titánicos pilares que mantenían el castillo con forma, hacia el centro de la sala. Allí, unos ojos muertos le esperaban. Rodeados de párpados arrugados por las edades y el sol del campo, se elevaron un poco, lo mínimo que necesitaron para evaluar a su huésped. Luego, regresaron a su lugar original. El cuerpo que los alojaba tampoco se movió un ápice. Su musculatura, aunque fibrosa y trabajada, parecía estar a punto de desmoronarse. Sólo un taparrabos sucio la vestía, por lo que podía observarse, sin demasiados malabares, que el Amo del Castillo Bajo Tierra había dado y evitado la muerte. Muchas veces. Infinitas vidas contra la suya propia, y siempre el mismo resultado.

—Don Rodrigo —habló el señor Cortázar—. Ha pasado demasiado tiempo, amigo. ¿Sabes quién soy?

La voz del Amo sonó a último estertor. A escudo quebrado bajo espada sin afilar.

—Bien lo sé —dijo, oxidado el metal de su garganta—. Otrosí conozco bien por qué sois venido ante mi presencia. E por ende vos digo que de aquí non saldréis con vida. A fe mía, si aún puedo desear que algo de ella me quede, seréis vos, Miedo, la postrimera víctima de la mi espada.

5.- Diatribas de fogata — Luna

Roberto se rascó la mejilla, luchando contra el sueño. Llevaba viajando un par de días ya con la familia de Lope y la muchacha esa, que si dijo su nombre, o estaba pensando en otra cosa, o sabía Dios qué. Llevaba un rato sin intervenir en la conversación, en parte porque la lengua ya no le daba para más, en parte porque era de mala educación interrumpir una historia, sobre todo cuando no habían interrumpido la suya. De pronto, la chica del nombre huidizo tiró la primera piedra.

—Eso no me cuadra, ¿ves? —trinó, balanceándose sobre el tocón sobre el que estaba sentada, piernas en cruz—. Se supone que los hombres lobo sólo se transforman las noches de luna llena, o al menos eso me decían de pequeña. Entonces, ¿cómo es que ella lo hizo en mitad del día?

—Eso es porque la Loba Blanca no está atada a una maldición corriente —explicó Lope, que ya ni se molestaba en molestarse—. Dicen que la luna, lejos de ser su carcelera, es su compañera. Y, como tal, no sólo le permite hacer uso de su poder cuando no está completa, sino que hasta ausente, ella responderá a su llamada. Y ahora, como decía…

—Pues vaya tontería —volvió a cortarle, caracoleando con uno de sus mechones de chocolate—. Si yo la tuviera delante, a la Loba esa, digo, pues le diría que, ya que tanto le gusta aparecer y cargarse toda la tensión de una historia, al menos que parezca que le importa algo cómo lo hace, yo qué sé. Quiero decir, aparece un malo, hace jíbiri jíbiri con sus poderes, «¡oh, Dios santísimo, qué puedo hacer!» —remedó, alcanzando cotas de agudez vocal impensables en un ser humano—, y aparece la tía esta y ojo, que repartir, reparte, pero entonces… —se detuvo un segundo—. ¡Ah, sí! Pues eso, que aun así parece que va a perder porque el malo es muy malo y poderoso, ¡y encima es de día! Y entonces… Bueno, creo que se me entiende, ¿no? —terminó, barriendo a su impaciente público con sus ojos de oliva.

Tras unos segundos de prudencial silencio, por si la chica necesitaba soltar algún espumarajo más, Lope suspiró, con esa profundidad que sólo los padres más avezados eran capaces de dominar.

—¿Puedo continuar…? —inquirió, en tono más de súplica que de consulta.

—Claro, si me estaba encantando —respondió ella, mostrando su amplia dentadura en una sonrisa—. Entonces, ¿le arrancó primero el brazo izquierdo o el derecho? Que no me ha quedado claro.

6.- Rosaura Oblea — Camposanto

Rosaura Oblea es una vieja sin mucho que hacer. Pero lo que hace, lo hace más que cualquier otra vieja.

Se levanta con dificultad y achaques, pero por cada articulación que amenaza con descoyuntarse, ella la intimida hasta la sumisión, alzándose así casi de un salto y pisando el suelo de madera de su habitación con tal fuerza, que es cosa de milagro que aún no se haya partido bajo su peso.

Su sustento son, día sí y día también, sopas, todo lo que le permiten sus encías ya casi desiertas de dientes. Ay de esas sopas, no obstante, pues apenas tres segundos duran en el plato, antes de ser tragadas con poderosos golpes de garganta, que harían las envidias de aquel dios barbudo que redujo el nivel del mar, confundiéndolo con una jarra de inagotable cerveza. Rosaura hubiera pedido otra, y unas aceitunitas para acompañar a la siguiente.

¿Quién es Rosaura Oblea?, preguntan los que no la conocen, cuando escuchan aquello de que levantó un carro de guivernos, con los bichos incluidos, sólo con sus brazos. ¿De verdad es humana?, imploran aquellos lo suficientemente necios como para intentar robarle. Eso, claro, si pueden aún hablar, afortunados ellos de conservar todavía el maxilar inferior sano.

El secreto para una vida plena, diría la propia Rosaura, sería ir al camposanto todos los fines de semana a llevarle flores a tus seres queridos. Y rezar, rezar mucho y de corazón.

En el Mundo de Rosaura, los seres humanos no poseen magia. Así ha sido desde siempre y así los propios Inoki lo han aceptado.

Pero claro, no todos los seres humanos son Rosaura Oblea.

7.- El Rito del Santuario Sureste — Espectro

Sobre las dunas de ceniza, una barcaza se desliza. Su desplazamiento es interválico, con avances amplios frenados durante los instantes finales de cada pulso. Este navegar rítmico sería del todo lógico, si fueran remos los que impulsan la pequeña embarcación. Ni remos ni velas la transportan.

Del cielo, más ceniza se precipita sobre el mar gris de Eskeligg, flotando en caóticas bandadas como nieve incandescente en un día de viento.

En un punto en apariencia arbitrario, la barca se detiene. La figura que lo comanda permanece en silencio. Una capa de tela negra cubre lo que se llamaría «su cuerpo», mientras una capucha oculta «su cabeza», que mira a babor. Una vez las ráfagas de ceniza amainan, el timonel (aunque tampoco timón lleva) se retuerce por donde debería estar su cuello. Observa sin ojos el cuerpo desnudo de una bella Elvana, de cabellos de yema y pómulos de mármol, acostado en el fondo de la barca. Los copos de ceniza se acumulan en sus párpados cerrados, así como en sus labios sin vida, entreabiertos en una frase que no llegó a terminar.

Entonces, comenzando por los pies, cada fibra y cada piel se va evaporando, como si un borrador invisible fuera barriendo cada pliegue de su cuerpo, lenta pero inexorablemente. Sus muslos, torso, sus delgados brazos acabados en dedos de pianista, todos se reducen a polvo, virutas, así como su rostro de nieve y hasta el último de sus cabellos de naranja y limón. Ceniza es, como la que cae, en menos de seis suspiros, y toda ella se introduce, aspirada, en la boca del espectro.

Ese espectro, llamado cícero en la lengua del Mundo, eleva su barbilla de soplo a las densas nubes grises que giran y giran alrededor de Eskeligg. Manantiales fúnebres, los espectros de la ceniza, que guían a aquellos que nos dejan hacia su último cometido: danzar, subir, caer, y volver a alzarse en la Eterna Calima. De la ceniza venimos los Hijos del Humo, y sólo al morir regresamos a ser nosotros de nuevo.

8.- Arras de nieve — Niebla

Me preguntabas, pajarito, por qué parece que siempre estoy llorando. Es todo un halago saber que tanto te fijas en mí, como para darte cuenta de cómo brillan mis pupilas, cómo la niebla empaña mi visión desde que me levanto hasta que me acuesto.

No, no estoy llorando. Lo que confundes por lágrimas son lagos de escarcha perenne, cuya función es congelar la emoción hasta que sea necesaria. Hasta que el amanecer sea dorado, hasta que de todo problema, toda guerra, todo sufrimiento, quede sólo un despreciable recuerdo, no se me permitirá llorar.

Está escrito que la última lágrima que derrame un mortal será la mía.

9.- Abundante papeleo — Vino

—Aiden, tesoro, ¿tienes ya preparado el papeleo de los uniformes de la Facción Europa-Sur? —preguntó la mujer de tres caras, asomando la que habló por el quicio de la puerta con gesto impaciente—. Su Jefa ya te ha enviado tres apremios, por si no lo…

—Como para no saberlo. Esta Eliadi… —bufó, llevándose por decimonovena vez la copa de vino vacía a los labios. El líquido afrutado bajó por su garganta como si momentos antes hubiera estado allí—. ¿Qué parte de «mantener los servicios mínimos» no ha entendido? ¡Dos nuevas reclutas! ¿Para qué están las Fuerzas Ordinarias? Infiernos…

—¡Esa boca! —chilló la segunda cara, empujando de mala manera a la primera—. ¡Deja de quejarte, y ponte las pilas! ¡Gunta está esperando que apruebes su presupuesto, sin él las nuevas van a tener que luchar en cueros! ¡Y deja ya de beber, borracho!

Sin un ápice de ira, Aiden tiró la copa hacia atrás, en una curva que acabó en estallido de cristales desperdigados por el suelo tras su mesa. Desde sus escleras negras, observó con apatía como la tercera cara se abría paso, mirándole con preocupación. Se quitó las gafas, apretando su ceño azulado con índice y pulgar.

—Perdona, Teresse, hoy no estoy teniendo un buen día. Sé lo que vas a decir, que ya han pasado veintipico eras y debería superarlo de una vez. ¡Y sabes que estoy en ello! —exclamó, con una nueva copa llena en la mano. El pequeño aspaviento hizo que se derramara un poco, pero el rebose no llegó a tocar la mesa. Recostándose, la dejó por fin junto a una montaña de papeles sin rellenar, levantando luego la vista rendida—. En fin, que siento los malos humores. Dile a Gunta que tendrá lo que necesita, si no esta noche, mañana por la mañana. No vamos a tener a la sangre nueva jugándose la vida en chándal.

Mientras hablaba, su compañera había entrado del todo, tres cuerpos incluidos. Con sonrisa triple, asintió. Cada uno de sus brazos dejó una cantidad equivalente de nuevos papeles sobre la mesa, provocando suspiro tras suspiro de Aiden, que veía sus horas de sueño esfumarse a cada taco de folios que impactaba contra el nogal.

10.- Anticanto fúnebre para un amante infortunado, Anónimo — Hacha

Cae, cae, el hacha de la Octava.

Cae, cae, sobre aquel que la retó.

Cae, cae, los bosques no te esconden.

Caen, caen, los que ella ya taló.

11.- El Brujo sin Amor ni Nombre — Llovizna

«Las rocas arden».

Ese fue el último pensamiento de alguien que las llamas calcinaron hasta el nombre. Él, o ella, habría salido de su casa, o se habría quedado en ella. Habría despertado a sus hijos, como cada mañana, preparándolos para el tortuoso camino en dirección al Colegio, o quizá se habría acurrucado en su manta polvorienta al chico abrigo de una esquina en la Plaza del Rey. Habría leído con fruición las buenas noticias que traían los mensajeros desde el frente de la Cruzada, o tal vez habría rezado por esas pobres almas que, aunque mágicas, también tendrían familias y miedos. Habría gruñido ante el mal tiempo, o en cambio, habría salido a entrenar sin camisa bajo la lluvia, soñando con unirse a sus maestros en la lucha contra los demonios Magi.

O nada de lo anterior. Tampoco importaba, pues todas esas vidas, ya fueran ricas o pobres, viejas o niñas, culpables o inocentes, se unirían bajo un mismo hechizo que los consumiría, dejando sólo cenizas.

«Respóndeme, Syrus», murmuró el hombre del cielo, aquel cuyo nombre se convirtió en herejía por el pecado que acababa de cometer. La llovizna empañó sus mejillas renegridas por el fuego.

«¿Por quién estoy vivo?».

12.- Acertijos en un lunes por la tarde — Puente

—Tú, ¡sí, tú! Ser bípedo, velocípedo, paralelepípedo, que te atreves a acercarte, ¡a mi territorípedo! Si, a pesar del miedo, deseas cruzar el mío puente, deberás resolver mi acertíjolo! ¡Ju, ju, ju! Tengo alas…

—Un libro.

—Oh… ¡OOOOOOOOOOOH! ¿Cómo has podido tú saber la respuéstida si tan sólo dos palábridas…?

—Porque ya es la cuarta vez que paso por aquí —suspiró, echándose un mechón de cabello negro tras la oreja—. Mira, sé que no va a valer para nada, pero por si acaso tu Maldición te deja hueco para recordar algo, cambia de «acertíjolo», que si no cualquiera se te puede colar. O al menos, hazlo con otra gente, sería un coñazo tener que adivinar la respuesta a un enigma cada vez que quiera acercarme a Riesgos. Tú dale una vuelta, algo se te ocurrirá.

—¿Quieres pasar, o no?

13.- El Duende — Duende

El Duende le llaman, porque se aparece por los rincones. En los mundos descoloridos, él es pintura y pincel. No tiene padres, porque aún no los ha inventado. Él te dirá que los padres son las flores y él, el bichillo colgado de sus estambres.

Su prima le mira con guasa, no le entiende a su compás. Las gafas que lleva, dos lentes guarreadas de barro morado, pero con algo tendrá que tapar esos luceros de acuarela con la que se lleva a las nubes de cabeza.

Él es El Duende, sobrino del gran Apof y la oveja de ocho patas de la Troupe. No se suele dejar ver, porque para verlo hay que tener mermelada en los oídos. Pero cuando arranca carcajadas a su guitarrita, hasta a la Muerte le saca un colorete juguetón.

Él es como el Sol, con su beso te quema y en tu lecho es su calor.

14.- Milagro del Viajero III — Profecía

Sólo para tus ojos, Hijo, ésta la mi visión.

Para tus oídos sólo, Hijo, ésta la mi profecía.

Luz que alumbró el corazón de la guerra.

Alas rotas tras batir a lo oscuro.

Batiréis, pues así yo lo conjuro,

Al no-lo-mío emerger de mi Tierra.

Cuatro Alas, en Cuatro entrañas mora.

Cuatro Vasijas, de contrario albedo.

Un viajero en llamas, un rey sin miedo.

Un ala muda, una gota traidora.

Alas blancas, resplandor que deslumbra.

Pájaro níveo que nubarrón hechiza.

Pneuma unido, día sobre penumbra.

Diablo del ciclo, ciclo finaliza.

Alba de oro en lo negro se vislumbra.

Fuego que reduce el Mundo a ceniza.

15.- El mejor día de su vida — Caldero

Un poquito de hierbaluisa, canturrea la bruja, mientras la esparce por las orillas de su caldero. Tres litros de aceite, continúa, el líquido de oro meciéndose en el océano burbujeante. Tres taquitos de mandrágora, precortada esa mañana para no romper tímpanos inocentes. Una garra de aloe vera, sin afilar pero no por ello menos eficaz en su tarea. Musgo de bajo el muro, nenúfares de arroz que navegan hasta unirse en pequeñas islas verdes bañadas por olas de amarillo. Removemos bien, y a esperar media hora, que todo se infusione.

Aún queda un ingrediente. A pesar de ello, la bruja no se preocupa. Ha tenido más de cien años para inventar esa receta, así que aguardar al momento propicio es parte ya de su rutina diaria. El vapor escapa por la chimenea, con olor a tierra, savia cocida y amor del bueno.

Sólo falta la sangre. La bruja mira el reloj, sonriendo. Si sus cálculos no fallan, y nunca lo han hecho, en diez minutos llamarán a la puerta.

16.- Cielo roto, lumbre rota — Cabaña

Los tablones del techo intercalaban sombras, perfilados por el único candil que iluminaba la pequeña cabaña. Debió pertenecer al labriego, igual que los campos cercanos. Y al igual que ellos, había sido abandonada no mucho tiempo atrás. El éxodo era ya cultura en cada rincón del país, pero, como siempre, las noticias habían llegado más tarde a los pueblos. Más aún, teniendo en cuenta que aquello de encender una pantalla y conocer el estado del mundo sólo tenía lugar en los cuentos de vieja.

La joven de ojos ancianos había terminado de limpiar su escopeta. Todo un frankenstein de metales, piezas y modificaciones que más que un arma de caza, parecía un puzle compuesto por otros doce puzles más, inconexos entre sí y ninguno resuelto.

«¿Qué sigues buscando?», volvió a repicar su voz de trino. Pregunta que la acompañaba al levantarse, al acostarse, al comer, al vivir, al matar.

—Nothing at all… —respondió a nadie, guardando la amalgama en su funda y echándose en el suelo, boca arriba.

La luz trataba de extenderse. Sin embargo, cada vez que se topaba con un tablón, la sombra era inevitable. Un estribillo cruel, teclas negras en el piano.

por Spring

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