El pueblo duerme.

Una hoja pierde su forma, volviéndose polvo de hueso bajo tu zapato. Das otro paso, y la ceniza sale despedida de tus talones. El sendero marrón rojizo está iluminado, aunque no brillan estrellas en el cielo. A ambas orillas, dos cortinas en llamas saborean los árboles, sirviéndote de patíbulo hacia no sabes qué. No tienes prisa. Tus movimientos son lentos, medidos. Tu cuerpo avanza, dirigido por el intrínseco ritmo del fuego: chisporroteo, crepitación, risa, llanto, cobre, azul. A pesar de que sus pulmones están ardiendo, el bosque respira. Y tú respiras con él. No tienes prisa. Las hojas te susurran que, si corrieras o gatearas, no llegarías a tiempo. Te está esperando en un instante preciso. Ni un minuto más, ni una eternidad menos.

Por mucho que lame la flama tus manos, están frías. Por mucho que tratas de moverlas, no obedecen órdenes. Por mucho que deseas mirar atrás, tu cuello se rompería.

No parpadeas. Cómo ibas a hacerlo, si no hay piel que proteja tus pupilas.

Los muros de verde ardiendo se abren como las puertas del Más Abajo. Un claro. Un gigantesco dolmen, compuesto por dos idénticos ortostatos verticales, sobre el que descansa uno horizontal. Un cuadrado perfecto. No te maravillas por lo extraordinario que resulta. Toda lógica concluiría en que esa estructura no debería mantenerse en pie. A ti no te parece nada extraordinario. Cuando algo es tan perfecto, someterlo a algo tan nimio como la razón resulta innecesario y herético.

Luna concuerda. Desde el cielo, desciende como un farol chino a punto de consumirse, y se posa sobre el dolmen, descansando al fin. Quizá había soportado tantas eras su trabajo de alumbrar las noches del mundo, porque aún no había encontrado su lugar de descanso. Apoyando su sombra, Luna se vuelve del color del ámbar. Duerme al fin, te oyes pensar. Por fin, las noches serán oscuras, como siempre debieron serlo. Durante demasiado tiempo ha tomado la luz más de lo que le pertenecía. Para ella, el día. Para la oscuridad y sus hijos, la noche. Bien repartidos, como buenos hermanos.

Tus pies se calan, presa del derrame imparable de litros y litros de fría sangre. Se cuelan por las plantas, entretejiéndose con los dedos y surcando el empeine como un escalofrío. Tratas de andar, pero pesa demasiado. Demasiada sangre, demasiados cuerpos. Sólo te queda seguir mirando. Mirando a lo que a su vez te mira.

Lo reconoces al instante, aunque es la primera vez que ves algo así. Un lobo. Su pelo de bronce, espinado. Sus orejas, masticadas hasta la raíz. Sus ojos, trillizos de Luna. Dos esferas amarillas, vasijas de todos los sentimientos. Tus pupilas viajan sin timonel hacia su morro, chato y desfigurado por tanto mordisco. Entonces, te das cuenta.

Ahogas un grito. Te aterra descubrir su naturaleza, y más aún querer descubrirlo. Porque el horror no es la única opción.

Entre ciento y ciento de dagas, lleva colgando una cabeza humana, origen mismo del mar escarlata que te ahogará.

Tu cabeza.


Un golpe seco, como un trozo de carne cayendo sobre la tabla, extirpó a Alicia de su sueño. Se encontró de pronto a sí misma, tratando de atravesar el techo con sus ojos marrones. Aturdida, se tocó los párpados. Luego, exhaló con fuerza, hasta vaciarse el pecho. Sólo era una pesadilla. Después de respirar varias veces para calmarse, se giró hacia su hermano, deseando en secreto que el ruido también le hubiera despertado. A alguien tenía que contarle la locura que su mente había tenido a bien proyectarle.

—Víctor… Víctor… ¡Víctor…!

No hubo respuesta. En cuanto sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, pudo saber el por qué. Cama vacía. En principio, nada extraño. Víctor solía levantarse alguna que otra noche a beber agua, o si se le ocurría algo interesante para su libro. Tampoco le pareció raro que no le hubiera escuchado marcharse, ya que precisamente por sus manías, se había vuelto todo un experto en sigilo, de tantas veces que se había llevado broncas de su padre. Es más, hasta si la hubiera despertado le habría resultado más peregrino.

Lo que sí que le escamó fue que estuviera perfectamente hecha. Bueno, no perfectamente, sino todo lo perfecta que su hermano era capaz de hacerla. La manta estaba demasiado ladeada a la orilla derecha, y esa almohada estaba pidiendo un ahuecamiento a grito pelado. Alicia apretó los labios. Eso no era lo importante, después de todo. Si la cama estaba sin deshacer, significaba que su hermano aún no había vuelto a casa. Es verdad que ella se había ido a dormir bastante temprano, ¿pero tanto como para no enterarse de que iba a salir? Y sobre todo, ¿qué hacía Víctor Spring deambulando por el pueblo a las tres de la mañana? Eso sí que se salía de todo cálculo.

Víctor, el hermano de Alicia, no podía catalogarse como una criatura social. No se le conocían amigos en el instituto, y menos pareja. Y, con diecisiete años cumplidos, justo un mes antes, cualquiera de sus congéneres lo habría tachado de paria. Siempre iba con sus rizos morenos despeinados, un par de parches de incipiente barba en ambas pendientes del mentón —que ni siquiera hacían el esfuerzo de, al menos, ser simétricos entre sí— y sus gafas siempre repletas de huellas dactilares. A Alicia le molestaba lo poco cuidadoso que era consigo mismo, y le reñía cada cinco por seis, recolocándole las patillas o golpeándole el espinazo con los nudillos para que se pusiera derecho. Víctor apenas se quejaba cuando lo metía en vereda, porque en el fondo agradecía que se preocupara tanto por él. Podría hasta haber dicho que Alicia se tomaba el papel de madre postiza demasiado en serio. Eso claro, si alguno de los dos hermanos hubiera sabido lo que significaba tener madre en primer lugar.

Un ruido de pasos se acercaba a la habitación. Alicia se levantó de un salto, mareándose un poco en el proceso. Entre suaves tambaleos se acercó descalza a la puerta cerrada de su habitación, teniendo cuidado de no descubrirse. Tanteó en lo negro hasta tocar la madera repintada, y pegó el oído. No podía esperar a oír el vozarrón de su padre, cantándole las cuarenta al rebelde sin causa en el que al parecer se había convertido su hijo. «Creo que esta vez le van a oír desde el pueblo de al lado, Ya podía imaginarlo, despertando al vecindario entero». Se llevó el índice al mentón. «No, espera, corrijo. Con lo atacado que estaba esta mediodía, lo mismo hasta vienen a quejarse de la otra punta del pueblo». Reprimió una risilla, imaginando la cara de tonto que se le quedaría. Agarró el pomo con anticipación, lista para unirse al linchamiento tan pronto como comenzara.

Los pasos se acercaron todavía más. La amplia sonrisa de Alicia se volvió algo más austera. Su padre solía tener el sueño ligero, y con unas pisadas tan graves, debería haberse despertado desde que las oyera venir calle arriba. «Pero un momento», pensó, apartándose muy lentamente, «¿Desde cuándo Víctor camina así? ¿Es que quiere que le pillen?».

Volvió a pegar la oreja, su sonrisa ya extinta. ¿De verdad era Víctor quien había entrado? A decir verdad, no había escuchado la llave. Es más, lo que sí había sonado era ese golpe. ¿Eso tampoco había despertado a su padre? ¿Qué estaba pasando? Tof, tof, tof. Cada vez más cerca, cada vez más fuertes. ¿Y si había entrado un ladrón? No, no podía ser, no serían tan descuidados. Pero, entonces, ¿quién era? ¿Por qué no se despertaba su padre?

No… No sería a lo que se refirió su padre durante el almuerzo. Lo de las desapariciones. Estaba tan centrada en la riña, que ni se le había pasado por la cabeza. Según había dicho, en las últimas dos noches, habían desaparecido dos personas en el pueblo, dejando la casa hecha unos zorros. Entre tenedorazos al filete, se dedicó a repetirles que no debían salir de casa, ni hablar con nadie, ni ver a nadie, ni veintisiete advertencias más que ni se esforzó en escuchar. Era muy de él lo de hacer de un grano de arena montañas, hasta cordilleras —Víctor tenía a quien salir, en ese aspecto—, por lo que en cuanto se ponía a crear y fantasear, oídos sordos. Sin embargo, ¿tendría razón en esa ocasión? ¿Tendría que haber escuchado, aunque sólo fuera esa vez, los gritos de Pedro?

Los pisotones se aproximaron aún más… hasta detenerse. La chica se apretó todavía más, intentando captar algo, cualquier cosa que le revelara la posición del intruso. ¿Se habría marchado? ¿Se habría dado cuenta del jaleo que estaba montando y tomado las de Villadiego? Sabía que era mucho desear, pero si el silencio perduraba…

Al otro lado, a milímetros de la madera, un garganteo hirviente ascendió del interior de una caverna, haciendo vibrar los desconchones de la puerta. Como si un manojo de garfios acariciase su tímpano, desgarrándolo con ternura.

Alicia ahogó las ganas de chillar, y tropezándose con las babuchas de su hermano, se metió en la cama, tapándose por completo. Una vez allí, maldijo a su yo de segundos antes por no decidirse por un escondite menos evidente, como debajo de la cama o dentro del armario…

¡PAM!

Eso era la puerta de la habitación, chocando con violencia contra la pared al abrirse. La joven se puso rígida de cabeza a pies, colocándose bajo la manta como un monigote, tratando de abultar lo menos posible. Tragó saliva en varios pasos, tratando de hacer el mínimo ruido posible. No respiró. Ni a parpadear se atrevía. Tan sólo, escuchó.

Un jadeo, seguido de un profundo gruñido, destripando el silencio de la noche. El silbido de vapor manando de la boca de algo que no podía ser catalogado como humano. Algo en Alicia se estremeció. Un temor primal, que le impelía a correr, a desaparecer del lugar que ocupaba aquella persona. No, persona no. No había ser humano en el planeta que pudiera proferir esos lamentos salivales. Y si la había, ¿por qué la había elegido a ella para oírlos? ¿Por qué merecía su memoria guardar sombras tan alargadas?

Vete. Por favor, vete de aquí. Vete, chillaban al unísono cada fibra de su alma. Vete, o si no te vas, al menos déjame ir a mí.

Tof. Tof. Tof. Estaba moviéndose. Pero como escupiendo en la cara a sus súplicas, no fue en dirección a la salida. Alicia cerró los ojos, su cuello casi quebrándose de la tensión que estaba sufriendo. Su cara, cubierta por la sábana, fue de pronto atrapada por ella, mientras un repentino calor húmedo la rociaba. Los párpados de Alicia se abrieron, y aunque era mínima la diferencia, ante ella había un negro más negro aún. A través de sus inútiles defensas, eso la estaba observando. Muy cerca. Una lengua se relamió, desplazándose por infinidad de pequeñas cuchillas. Otro vahído, esta vez se introdujo en su propia garganta, abierta en espantada parálisis. Una traicionera tos se atrincheró, en respuesta. Luchando por apresarla, sacó la lengua. Su cabeza se unió al motín, temblando de forma involuntaria. «No, más movimiento no. Por favor, por favor, por favor». Sus ojos se inundaron de lágrimas, que no tardaron en deslizarse por sus sienes. Alicia suplicó, rogó, mientras su laringe entraba en erupción. El ser no se movía. Si al menos la hubiera atacado. ¿Qué ganaba sólo contemplándola?

«No puedo más». Ese era el mensaje que, por mucho que rechazara, su propio cerebro le enviaba mil veces por segundo. Cada instante que pasaba, más se mitigaba su espíritu, menos voluntad podía sostener entre sus dedos. La nariz le escocía, la boca árida, los ojos rojos sangre. Ya había perdido la cuenta del tiempo que llevaba aquello colisionando sus invisibles ojos con los suyos, con una manta de por medio.

«De qué vale esconderse, si ya sabe que estoy aquí». La súbita comprensión le hizo aspirar de golpe, rasgando sus cuerdas vocales en un minúsculo pero audible boqueo, que no se esforzó en asfixiar. Así que era por eso por lo que se mantenía inmóvil. Estaba aguardando a que se rindiera. Como un niño que ha descubierto a su presa en el escondite, y se queda esperando a que el otro descubra que lleva rato descubierto. Un juego. Eso es todo de lo que aquello se trataba. Un juego enfermizo, en el que no había forma de ganar, y que llegaría a su fin sólo si reconocía su derrota.

Y eso era justo lo que no pretendía hacer.

No se dio tiempo ni a pensar. Sólo músculos disparados como resortes, levantando la manta con vigor en dirección al agresor. Cuando tapó su cara, giró su cuerpo ya revelado, de modo que sus piernas miraron al adversario. Éste parecía aún confuso por la intentona de su víctima, ya que no logró quitarse la manta de encima a la primera. Eso le dio a Alicia la oportunidad que necesitaba. Aún tumbada, lanzó una poderosa patada a la zona baja, alcanzando el tobillo. Dobló entonces el suyo propio, mientras con la otra dio un taconazo al muslo su aún aturdido oponente. Su padre siempre se lo había dicho: daba igual el peso o la fuerza del otro, al final, todos nos partimos por los mismos sitios. Efectivamente, la explosiva cizalla que había ejercido con ambas piernas hizo que la rodilla quebrara, y en el momento en el que perdió el equilibrio, la chica lo remató, proyectando su pie a gran velocidad e impactando en el pecho de ese ya no tan agresor. La cama de Víctor a su espalda y la gravedad hicieron el resto, y en menos de tres segundos, el desmantelado intruso yacía inmóvil sobre el colchón a medio vencer de su hermano. Sin intención de dejarle reaccionar, Alicia se levantó de un salto y se abalanzó como un leopardo sobre él, listo para darle una buena somanta que le quitaría las ganas de entrar en casas ajenas, y menos de espiar a niñas indefensas.

Sin embargo, según se remangaba la camiseta del pijama, se dio cuenta de algo. Los sonidos, los golpes, la envergadura de la sombra sobre su cara… Quien fuera el que estaba bajo ella, todo aquello no podía pertenecerle. Lejos de ser esa criatura de imposible tamaño, de violenta existencia e instinto depredador, el tipo de la manta era un delgaducho sin complexión notable, que sólo con su peso parecía estar a punto de resquebrajarse como un junco seco.

Lo peor, es que Alicia ya conocía esa sensación, estar peleando con alguien que ni en un millón de vidas podría vencerla. Como si fuera de la familia.

Un quejido se escuchó bajo la manta entre ellos. Ahora no cabía duda, aunque todo apuntara a que se estuviese volviendo loca.

—¿Víctor…? —preguntó, aún sin atreverse a rebajar la presión de sus piernas sobre la cintura de su presa.

—Niña… —fue toda la respuesta que recibió, y toda la que necesitó.

Alicia se separó de golpe, tirando de la manta hasta desvelar el torso desnudo y frágil de su hermano mayor. Sudor frío le resbalaba por sus hechuras maltrechas, y su pecho parecía sufrir con cada elevación y descenso. La chica se estiró para alcanzar hacia la lámpara sobre la mesa que hacía de frontera entre ambas camas y la encendió, sin perderlo de vista. A la luz anaranjada, pudo observar su cara, convulsa de dolor. También percibió un tono enrojecido entre los pectorales, sin duda el lugar donde recibió la patada que lo tumbó. Quizá era por eso por lo que le costaba respirar, alternando jadeos con toses roncas. O quizá no.

Al acercarse para examinarle, pudo ver otro punto rojo, brillante e imperdible. En la comisura de su boca temblorosa, había una mancha de sangre.

Lejos de plantearse nada más, Alicia colocó a su hermano en posición vertical con respecto a su cama, para luego taparle con su propia manta. Por suerte, no había tenido que ver más de lo deseable, aunque en ese momento su mente no tenía lugar para esas minucias. Después de asegurarse de que estaba bien tapado, fue corriendo al baño a la derecha de su habitación, abrió uno de los cajones del armarito junto a la ducha, sacó una pequeña toalla y, abriendo el grifo del agua fría, la empapó. Tras escurrirla, corrió de vuelta junto a él, y se la colocó en la frente. El calor que había sentido al tocarle disminuyó un poco, y Víctor pareció calmarse. Su respiración seguía algo atribulada, pero sus facciones se fueron destensando según pasaban los minutos.

Por fin, unos sonoros ronquidos se esparcieron por el cuarto. Aunque el primer instinto de Alicia fue sonreír, no lo hizo. En su lugar, se quedó observando a su hermano, boquiabierto y con indicio de saliva asomando por la comisura. La comisura misma que seguía manchada de sangre. Se la limpió con una toallita húmeda, tiñéndola de un leve carmín.

—Víctor… ¿Qué te ha pasado…?

Le llamó, aunque sabía de sobra que no la escucharía.

por Spring

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