Esa tarde las farolas de la Calle Número 4 estaban apagadas. La única luz que llegaba era la que el muro del arriate permitía, desde las calles escalones abajo, y la del muriente cielo, que agravaba sus colores y oscurecía el mundo. La mente de Alicia ni esos colores registraba. Sólo había nieve, estridente estática que nublaba sus ojos y castigaba sus oídos. Una vez llegó al final de la calle, por ya la octava vez, se dio la vuelta, camino del otro extremo, con la mandíbula en suspensión y tambaleando como un herido de bala.
Octava era también la vez que pasaba por el lado de la casa nº8. Octava, que asomaba su rostro, octava visión del infierno que aún permanecía como una imborrable postal. Octava vez que, tras seis segundos en los que se detenía, en una vacilante búsqueda de algo que no encontraba, se acababa alejando, sin que la orden que sus pies recibían de que entraran de una vez en la casa se llevara a cabo. Aunque, con tal comandante, no era de extrañar que los subordinados hicieran caso omiso.
Esa vez, sin embargo, se detuvo más rato de lo normal. ¿Quizá ese era el problema, que no dejaba suficiente tiempo para que la confianza regresara? Bien podría ser así, al fin y al cabo, la mejor forma de superar un miedo era haciéndole frente. ¿Así era?
Comprobó de primera mano que, si a alguien alguna vez le había servido ese consejo, debía ser su perfecto opuesto. No sólo seguía vacía, sino que la congoja tuvo más tiempo para sedimentar, a cada mueble y pelo cobrizo que era capaz de vislumbrar en la penumbra del salón. ¿Cómo podía vaciarse algo que ya estaba vacío?, tal vez se preguntó Alicia, si en lo negro aún quedaba sitio para una pregunta así, o ninguna en absoluto.
—No sé yo si al Señor le parecería bien verte fisgonear donde no debes, hija.
Una voz insoportablemente nasal se escuchó a sus espaldas, acompañada de un silbidillo interdental lo bastante perceptible como para que escucharla fuera un incordio. La niña no reaccionó con sorpresa, girándose como si la cosa no fuera con ella. Frente a ella, se retorcía una criatura vistiendo la piel de un hombre. Su piel era fina y tersa, como de porcelana, frágil ante el más mínimo suspiro. De ella crecía una nariz chata y de tono oscuro, bajo la cual su minúscula boca tenía clavada dos paletas roedoras que descendían más allá del labio inferior, carnoso y crudo. Empotrados en sus cuencas lechosas, dos vivos ojillos claros la observaban con muy mal disimulada lástima, traicionada por el frenético serpenteo de sus oscuras cejas. Llevaba el pelo muy corto, con una raya en medio que lloraba por un poco más de densidad capilar, en riesgo de desbaratarse al mínimo movimiento brusco del delgado cuello que lo sostenía. Cuello semiescondido por la tira blanca que coronaba su sotana negra, que cargaba sobre sus heroicos hombros la ardua tarea de dotar de forma a los escombros que el padre Rodrigo, cura de la iglesia del pueblo, tenía por tronco y extremidades. Apenas alcanzaba la cuarentena con sus esqueléticos dedos, pero las malvas ya lo llamaban a voces.
Sin embargo, como todo buen redivivo, lo que le faltaba de fuerza vital, lo compensaba con fuerza lingual. Y no precisamente de la apetecible.
—¿No me escuchas, hija? Parece como si hubieras visto a un fantasma —insistió, observándola fijamente.
—Sí, sí, disculpa … —respondió Alicia entre sueños—. ¿Qué querías…?
—Ay, ay, ay… —dijo Rodrigo, entornando sus pupilas triangulares—. Cómo se nota el colegio público… ¿En inglés no existe el usted, o dónde quedó esa famosa educación?
—Sí, usted perdone… —concedió, hueca de voluntad alguna para defenderse—. ¿A qué se debe…?
—Nada, hija, nada que perdonar —replicó, aunque sus gestos indicaban que sí que había más que un motivo por el que pedir perdón—. Venía sólo a ofreceros mis condolencias y la fuerza en Cristo en estos momentos tan zozobrantes. ¿No ha venido aún tu padre de la comisaría?
El cuerpo de Alicia reaccionó.
—¿A qué se refiere con condolencias? Mi abuela sólo ha desaparecido, y mi padre está trabajando para…
—Ya, ya… —volvió a interrumpirla—. Pero bueno, sabiendo lo que ya se sabe… En fin, no te lo tomes a mal, hija, pero… cómo decirlo…
—¿Decir el qué…?
—Nada, digamos que… no es una cuestión de si iba a pasar, sino de cuándo iba a pasar, si entiendes por dónde voy.
Era difícil, dada la tormenta que la acuciaba en su interior, pero entre los rayos e incertidumbres, Alicia juró haber oído que ese hombre acababa de decir…
—No, no lo entiendo —dijo, mirándolo a los ojos—. ¿Podría explicarme a qué se refiere?
—Tan sólo digo que, teniendo en cuenta que todos los desaparecidos son… de la casta de los míster, por llamarlos de alguna manera, pues blanco y en botella, hija.
«De la casta de… No, no puede ser…», pensó Alicia. No estaba demasiado familiarizada, pero en alguna ocasión se había encontrado con esa palabra. Míster era como los lugareños se referían a los jefes ingleses en épocas de la compañía minera. Entonces, todas las víctimas eran… Pero no, eso no podía ser.
—Pensaba que mi familia era la única que…
—¿La única de ascendencia inglesa? Quizá de apellido, gracias a tu padre, santo varón que es él, pero pobre de carácter, me temo. Pero no, aún quedaban dos más, y aunque acabaron con apellido español, eso no quita que cayeran del árbol que caían. —Se pasó su lengua por las paletas como un limpiaparabrisas reseco—. En fin, antes o después el río acaba regresando a su cauce, como decían los antiguos.
Ni mil nubarrones hubieran podido aplacar la emoción que nació de la joven al escuchar esas palabras.
—Pero… ¿por qué dice esas cosas? —preguntó, anonadada.
—Oh, no, no, no quiero que me malinterpretes. Por supuesto que me preocupa… la salud de Alice y el resto —dijo de sopetón, chapurreando un discurso que ni se molestó en preparar—. Es más, deseo que los encuentren sanos y salvos, Dios me oiga. Pero, siendo francos, en cuanto se resolviese aquello, sería conveniente que os plantearais un… cambio de aires.
—¿Un cambio… de aires?
—Un cambio de aires, borrón y cuenta nueva… Poner tierra de por medio, en definitiva —dijo el padre, cortando la palma de su mano con el canto de la otra, en ademán de retirada—. Es por vuestra seguridad, más que nada. Si hay un desaprensivo secuestrando a vuestra gente, es de lógica pensar que, en cuanto os marchéis, las cosas volverán a la normalidad, ¿me equivoco?
—Pero usted no puede saber eso… Además, esta es mi casa —protestó, apoyándose en los azulejos corintos de la puerta—. Yo nací aquí, igual que mi hermano, mi madre, mi abuela… ¿Qué nos hace menos que cualquier otra persona del pueblo?
—Yo nunca he dicho menos, Alicia. Está mal poner palabras en bocas ajenas. —Se enroscó, acercando su muerto rostro al de ella, iluminado por las tenues luces bajo el muro—. Diferentes, más bien. Siempre hacinados en esta calle, sin relacionaros con el resto…
—¡Como si el resto quisiera relacionarse con nosotros! —Retrocedió, esquivando a la derecha—. ¡Apártese!
—Pues deberías preguntarte por qué ocurre eso —siguió acechándola, su pescuezo reptando en su dirección y bloqueando su finta—. ¿Cuál puede ser la razón de que vosotros estéis aquí, y nosotros allí? Y, ya que estamos, por qué esa alma descarriada os ataca a vosotros, y no a nosotros… ¿Probamos a preguntárselo, señorita Spring?
—¡Déjame, cállate! —chilló Alicia, con los ojos enrojecidos de la rabia.
—No grites, hija. La noche está cayendo, y ya sabemos lo que les pasa a las inglesitas que no se van a dormir a su hora… —silbó, la escarcha de sus ojos helando el aire a su alrededor.
De pronto, las luces de la calle se encendieron todas de golpe. Una gigantesca sombra se cernió sobre ambos, al tiempo que un olor a hierbas y a riachuelo lo embargó todo. El curilla se volvió, y todas sus ideas huyeron por patas. La anciana Generosa, ahora tan alta como un monte de olivos, lo observaba con una mezcla de apatía y desprecio.
—Estaba una a punto de irse a la cama, y de repente, escucha unos chirridos de agárrate y no te menees en la puerta de al lado. ¡Qué sorpresa la mía cuando asomo la mollera y me encuentro con el buen padre, trayéndonos la luz que tanta falta nos hacía! —clamó, sin una pizca de ilusión en sus palabras.
—Doña Carrasco, qué bueno verla. Hacía ya tiempo que no coincidíamos. Sobre todo, teniendo en cuenta su pertinaz insistencia en no presentarse a misa ni aunque regalen nada —replicó, fingiendo ese arrojo que se le había escapado al ver a la anciana.
—Creía que su Dios estaba en todas partes. No creo que le importe que le dé cita en el herbolario, en tal caso —dijo Generosa, sonriendo—. Volviendo al tema, ¿a qué ha venido tamaño alboroto a horas tan intempestivas?
—Usted me disculpe, doña Carrasco —dijo Rodrigo, sin poder mantener quietas las manos—. Tan sólo venía a saludar a los Spring y desearles suerte en la búsqueda de la pobre Alice. Qué desgracia, Señor…
Generosa suspiró, recolocándose las gafas de cerca.
—Padre, padre… Que no iré a misa, pero hasta una incrédula como yo sabe una o dos cosas de su jerga. ¿Lo de «no mentirás» era el séptimo, o el octavo mandamiento? Anda que aprovecharse así de la dureza de oído de una pobre vieja…
—Este… Yo…
—Y en esa lid, ¿en qué parte de su librillo habla de las virtudes de acosar y maltratar a niñas inocentes? ¿O las de decirles dónde deben o no deben vivir sus familias? Aunque pensándolo bien, mejor ni me responda a eso.
—Bueno, bueno… —graznó el padre, dando un paso atrás mientras se ajustaba la sotana—. Ha quedado claro que no soy bienvenido por aquí. Siento si alguna de mis palabras se malentendió. Buenas noches, doña Carrasco. Y buenas noches a ti también, Alicia. Espero que tu abuela aparezca pronto, así el pueblo podrá dormir en paz.
A pesar de arrebatarse para él la última palabra, las líneas de sudor que recorrían su blanca frente evidenciaban que la única seguridad por la que se preocupaba era la suya propia. Una vez lo vieron correteando calle abajo, Generosa recuperó un tamaño más natural, si bien aún le sacaba cabeza y media a Alicia. La joven se acercó, aún aturdida.
—Gracias, Generosa… De verdad que no sé qué habría hecho si no…
—Pues hundirle el estómago de una patada, conociéndote. —Mostró su dentadura, traviesa—. Diría que más que salvarte a ti de él, lo he salvado a él de ti.
Alicia suspiró, aliviada por sus palabras. Sin embargo, cuando el problema actual desapareció, emergieron los que habían quedado en segundo plano, para recordarle que un cura insidioso era un picor comparado con la migraña que la revoloteaba sin cesar. Generosa pareció darse cuenta, porque frunció el ceño.
—A ti te pasa algo, ¿verdad?
—No… Bueno, sí, mi abuela. Pero mientras mi padre no vuelva del trabajo, cualquiera sabe…
Generosa chasqueó la lengua, poniéndole una mano en el hombro.
—Estoy segura de que, antes de que te des cuenta, volverás a verla. No me cabe la menor duda. —Se dio la vuelta, camino de su casa—. Buenas noches, Alicia, bonita. Me voy a la cama ya, que como le dije al párroco ese, la reyerta me ha pillado a nada de acostarme. —Giró entonces el cuello, mirándola—. Con el jaleo de esta noche, ha sido imposible pegar ojo.
Dicho esto, subió el escalón de su portal y cerró, con sus ya conocidas dos vueltas de llave.
Alicia se quedó sola de nuevo. Se sentó, espalda con pared, y se abrazó las rodillas. Oscuras frases le picoteaban, que ni el miserable farol recién encendido conseguía ahuyentar. Con el temor de la niña a punto de confesar que ha roto algo muy valioso, valoró si había llegado al final de la línea. Si, por fin, podría permitírselo. Ya se acercaba, el temblor de labios, la respiración acelerada, el calor en sus ojos… En sus…
«¿Ojos? ¿Ha sido imposible pegar…? ¿Jaleo?»
Como rebobinada, Alicia se alzó de un salto y arremetió contra la puerta de Generosa. No, no estaba tan loca. Ni tan sorda. Acababa de decir que le había despertado la llegada del lobo. Una llegada que no había sacado del sueño a nadie más que a ella misma, o eso creía, hasta ahora.
Dando golpe tras golpe, cualquier rastro de elegancia había pasado a último plano. Tenía que hablar con ella, por mucho que, en cuanto se abrieran los goznes, lo que apareciera delante fuera una Generosa furiosa, que conociendo a la tranquila, cualquiera se atrevía a plantarle cara sin deshacerse en el sitio. Pero qué le importaba eso ya a ella, si llevaba deshaciéndose desde que se levantó esa mañana.
Por fin, escuchó los dos giros. Cada uno cayó como un mazo en la realidad, haciendo que Alicia recuperara la suficiente cordura como para darse cuenta de lo que había hecho. Su grupa se encogió, y bajó el cuello, elevando la mirada lo justo como para ver el tren en marcha a punto de apisonarla.
—Sabría que vendrías. No era cuestión de si, sino de cuándo —escuchó su voz. Su dulzura le descolocó. No sabía que su gañido, aunque melodioso, pudiera domarse para que sonara así—. Pasa, Alicia. Tenemos mucho de qué hablar y muy poco tiempo para hacerlo.
—Pero Generosa —balbuceó. Los aromas florales la arrullaron con agresiva ternura—, ¿está bien que entre?
—Que sí, hija, que lo de estar como una tapia no es contagioso que yo conozca. Vamos.
Guiada por su delgada pero firme mano, Alicia se dejó conducir hacia el interior de la casa nº10. A pesar de que conocía a las Carrasco desde que pudo sumar uno más uno, jamás había puesto un pie en la casa de su amiga. Generosa era amable y cordial, pero desde que se mudó allí, dispuso una línea intraspasable en el escalón de la entrada, por la que sólo aquellas que compartieran su apellido podían cruzar libremente. Esto le granjeó una primera impresión algo pobre por parte de sus vecinos a ambos lados. Ese mal ambiente, no obstante, no tardó en disiparse, gracias a la amistad de los niños y a que, aparte de ello, era una vecina ejemplar, de no resultar inconvenientes los efluvios que siempre la acompañaban. Aun así, los pequeños Spring crecieron preguntándose que habría más allá de la madera clara, por la pura humanidad de desear lo prohibido. A pesar de que nunca dejaron de intentar hollar suelo desconocido, las persianas eternamente cerradas y el silencio inquebrantable de Gabi, tan bocachancla para todo, pero un candado sin llave para cualquier información concerniente a su hogar, hicieron que ningún secreto bajara ese escalón, ni una mosca penetrara en la fortaleza de Generosa Carrasco. El estar pisando sus azulejos de coral, franqueando el pequeño recibidor y a punto de dar el paso hacia el salón, la llenó de un orgullo, de una nostálgica satisfacción, que pudo, por un momento fugaz, hacerle olvidar sus incertidumbres, y dejar que su niña interior sonriera. Era la expedicionaria pionera en un mundo fantástico inexplorado. Y las vistas que la recibieron dieron razón a esa fantasía.
Una escalera de caracol se recostaba contra la pared izquierda, como un dragón dormido de madera y oro, cuyas delgadas y sugerentes extremidades eran las barandas. Estas estaban abrazadas por enredaderas de un verde intenso, que caían desde el pasamanos como un río que nacía en el piso de arriba y se trenzaba como guirnaldas de Navidad hasta acabar en el suelo junto a sus pies, como fieles mayordomos dándole la bienvenida en reverencia. Tras la escalera, se extendían armarios y estanterías blanquecinas en los que hileras de libros de cuero y cartón se intercalaban con frascos con hierbas, aceites y brebajes, ninguno de ellos con etiqueta ni forma de saber qué contenían. Ni un palmo de pared quedaba sin tapizar de conocimiento inalcanzable, excepto a la derecha, donde había un sofá de color carmín de aspecto mullido, junto con una butaca mecedora de madera sin cojín. Frente a ambas, una mesa redonda con un mantel de lana oscura hasta casi rozar el suelo; sobre él, otro de ganchillo blanco y, coronando la torre, un cristal que cubría toda la superficie. Encima, dos tazas humeantes haciendo compañía a una tetera de color marfil, de cuya boca ascendía idéntico vapor. Formando nubes blancas en el alto tejado, un cielo de nieve y nácar.
Alicia sintió como el ensueño que acompañaba siempre a la anciana Generosa se encarnaba en todo un territorio. Como si cada mueble, cada baldosa, cada suspiro de esa casa respondiera a su nombre.
En mitad de ese trance, se encontró con su trasero en el sofá rojo. Era tan cómodo y cariñoso como lucía. Su anfitriona se sentó en la mecedora, con la espalda muy recta pero sin mostrarse incómoda en absoluto.
—Qué suerte que había preparado una taza de más, ¿no crees? —preguntó, ofreciéndosela con una sonrisa.
—No, gracias, no me apetece…
—No me irás a hacer el feo —insistió, acercándola tanto que casi tocaba su pecho con el borde del platillo.
—Esto… No, claro —dijo finalmente.
Bebió un sorbo. A pesar de que estaba ardiendo, pudo tragar sin quemarse lengua ni garganta.
—Te gusta —afirmó, complacida—. Es tila, con un par de secretillos de mi cosecha. Nada mejor para calmar los estrépitos. En fin… —Se puso seria—. Imagino que algo querrás decirme, para casi echarme la puerta abajo.
Alicia se terminó la taza a velocidad pasmosa, y la dejó sobre la mesa. Tras buscar sus palabras con cuidado, decidió no dar rodeos.
—Antes has dicho que no pudiste dormir anoche, ¿no?
Generosa asintió.
—Te ahorraré los detalles, pero sí, escuché todo. Aunque Gabi y yo dormimos en la planta de arriba, era complicado que no fuera así.
—Entonces… ¿Viste algo de…? —preguntó, mientras su voz volvía a quedarse sin aire.
—No, no me atreví a asomarme —confesó. Su rostro se ensombreció—. En cuanto empezó, mi primer pensamiento fue acercarme a la ventana. Si lo hubiera hecho, a lo mejor el secuestrador se lo hubiera pensado mejor, y entonces mi Alice… Llevo todo el día preguntándome qué habría pasado si hubiera tenido el valor, pero te confieso que estaba aterrada. Por mí, pero sobre todo por Gabi. No tenía idea de que sólo había atacado a personas de sangre inglesa. Pero aun así…
—No, no, Generosa, no tienes la culpa —se apresuró a decir Alicia, borboteando sílabas—. Yo tampoco… me habría atrevido a enfrentarme a esa cosa…
—¿Cosa? —preguntó la anciana, levantando la mirada, hasta entonces perdida entre sus nudillos.
La joven alzó la vista a la niebla del tejado, demasiado rendida como para preocuparse de su enésimo desliz.
—No es nada, es una forma de hablar…
—Alicia, bonita… —Se levantó, sentándose junto a ella en el sofá—. Sabes que nada pasa a través de mí. Y menos, con una trolilla tan altibajera. ¿Por qué has llamado cosa al secuestrador? ¿No es un ser humano? Me lo puedes contar.
—Yo… Vas a creer que estoy loca…
Generosa rio de repente, salpicando su pena anterior con un súbito gorgorito magenta. Luego, juntó las palmas de sus manos, adoptando una postura pensativa. Como si estuviera eligiendo y desechando sus ideas, para quedarse con la que más expresara con fidelidad lo que sentía.
—Ay, ay, ay… ¿Entras en una casa como ésta, y todavía piensas que no estás entre amigas? —Le pasó el brazo por encima. Se sentía cálido, como si la propia anciana fuera una estufa de pelo cano—. Cariño, en el momento que accedes a la casa de las Carrasco, eres una Carrasco. Mira… sé que puede sonar raro viniendo de mí, y más tan de repente. Quizá la desaparición de Alice me ha soltado un poco los latidos, pero, siendo ella siempre la primera, desde que Gabi y tú os hicisteis amigas te he considerado como mi segunda nieta. Nunca te lo he dicho, porque una es de contar historias ajenas, y no las propias, pero en estos tiempos tan extraños, siento que es importante que lo sepas. Y, dicho sea de paso, también quiero disculparme porque hayan pasado tantos años sin que te haya dejado entrar en mi casa. Soy vieja de costumbres, y la inmensa mayoría, malas. Creo que la peor de todas es el miedo a que me decepcionen. Perdóname, por haberte cargado catorce años con ese miedo, sin que te perteneciera. —Sonrió, el oliva de sus ojos brillando como los de su nieta—. No quiero que suene raro, y no te sientas obligada, pero… ¿puedo darte un beso en la frente?
La niña estaba sin habla. No entendía lo que sentía. No era porque fuera peregrino que Generosa le tuviera aprecio, pero, acostumbrada al velo de zarzas que la separaba del resto del mundo, que le dijera todas esas cosas… Además, su voz quejosa le recordaba demasiado a la de…
Alicia bajó la barbilla, mirándola con timidez. Generosa la tomó suavemente de las sienes, y posó sus labios entre los mechones de su frente, besándola repetidas veces. Un ligero picoteo. De nuevo, toda la piel en contacto con ella pareció hervir a fuego lento.
Cuando se separaron, Generosa se quedó observándola, todavía sonriendo, pero con aire de preocupación.
—Cielo —dijo al fin—, ¿tienes ganas de llorar?
Realmente, nada pasaba a través de ella.
—No… Digo, sí, pero no quiero…
—No tienes por qué avergonzarte. Ha sido un día muy duro, te mereces desahogarte.
—No es por eso… —replicó Alicia, rascándose los párpados—. Prometí no llorar hasta que no encontrara a mi abuela, hasta que no llegara al final de esto.
—Oh, comprendo —dijo Generosa, tomándola del hombro con afecto—. En ese caso, te alabo la valentía. Alice debe estar orgullosa de la guerrera que forjó. —Alzó una ceja—. Ahora que lo pienso, aún no me has contado tu locura. Soy todo oídos.
—Esto… —titubeó la niña, de nuevo tratando de evadirse—. ¿Dónde está Gabi? ¿Está dormida ya?
—Sí, mejor que bajemos la voz. Ahora, procede.
Camino cortado. Y sin fuerzas para saltar la valla. Pese a que pretendía recortar la narración para eludir los fragmentos más escabrosos, el olor a tila, el canto de la anciana y el beso en la frente la desmadejaron lo suficiente como para que le relatara todo, con pelos y señales. Empezando por el jadeo tras la puerta, pasando por la incursión a la casa nº8 y terminando con las dos grabaciones y la terrorífica verdad que guardaban. Generosa la escuchó con tranquilidad, sin cambio alguno en el semblante. Como buena cuentacuentos que era, sabía dejar hablar. Una vez terminó, exhaló. No obstante, su expresión no denotaba horror, ni preocupación. Más bien… interés.
—Hum… —Se pellizcó su mejilla, del color de la leña.
—¿Ves? Sabía que pensarías…
—Qué vas a saber, chiquilla —la interrumpió la anciana, meneando la mano—. Desde luego, siempre te ha costado eso de escuchar antes de hablar. En ese sentido, a tu hermano se le da mejor. Aunque ya se dice que, quien mucho escucha, poco habla, qué sabré yo… —Se incorporó sin previo aviso—. Alicia, cielo, tengo que hacer algo importante en la cocina. Tú quédate aquí, que mientras lo preparo, te voy a contar un cuento del que supe poco antes de mudarme a esta casa.
—Pero…
—Escuchar, Alicia. De nada sirve un cuchillo afilado por la punta, si el resto del asunto está romo. Sabes actuar, pero no hay mejor actuación que la que se representa con el guion aprendido. Así que permíteme. Serán sólo unos minutos, y creo que puede ser… revelador. Sírvete más tila, aún está caliente.
Sin ánimo de discutir, básicamente porque no encontraba argumentos para ello, hizo lo que le decían y aguardó. Generosa se marchó a la cocina, una habitación oscurecida al final del salón, y se perdió a la izquierda del marco de la entrada. No tardó en escucharse agua en ebullición, mientras una nube, más densa y coloreada, se unía al juego de las que ya llevaban rato danzando en el techo. Después de unos segundos de silencio, sólo aderezado por el burbujeo, la voz de Generosa emergió desde la otra habitación.
Una voz que, siendo la suya, parecía multitud. Ya había asistido en alguna ocasión a sus funciones —no tanto como Víctor, que no se perdía una—, pero todavía no se acostumbraba a la transformación, a la atmósfera onírica que se expandía con cada vibración de su garganta. A pesar de que no podía verla, si cerrara los ojos, Alicia podría jurar que Generosa le estaba contando el cuento al oído, y al mismo tiempo, desde cada lugar de la casa nº10.
—Érase una vez que se era, en una era como otra cualquiera, una joven dríada, de bello rostro y voz de pájaro. Vivía tranquila, vivía feliz. Feliz con las encinas. Un bosque, tan grande como los ojos de un mortal no pueden entenderlo. Y todas y cada una de ellas, hijas suyas. Cada una con un nombre, una vetita en su madera, una ramita más larga que otra, unas bellotas de sombrero respingón. La dríada también tenía nombre, aunque ya no lo recuerdo. Ni yo, ni nadie.
»Las encinas llevaban allí tanto tiempo como la dríada. Por ello, tanto la madre como las hijas fueron testigos de las eras. Desde la lanza que se quebró, hasta las semillas que otros plantaron. Desde la risa de los niños, hasta el llanto de los padres. La dríada lo contempló todo, con respeto pero con modestia. Animales de cuatro patas se acercaban a recoger los frutos de sus hijas, y eso nunca le molestó. Animales de dos patas se acercaban a recoger muchos más, y tampoco aquello alteró su paz. Entendía que el equilibrio que la trajo al mundo requería ese pago por su sosiego. Qué era un poco de ruido y menos nueces, si a cambio tenía amor que dar y un sol que calentaba sus raíces.
»Pero, un triste día, el ruido se hizo más grande. Más ruidoso, más grande, ¡mucho más ruidoso y grande! Y la dríada despertó, y vio como cazadores de hierro y clavos cercenaban su corazón, gota a gota de sangre, vida a vida, todas abajo. Intentó pedirles que no lo hicieran, imploró por sus hijas, que la mataran a ella, que le cortaran en pedacitos y se la comieran. Era de ellos, si ellos dejaban vivir a sus hijas.
»Pero no funcionó. Los malditos, venidos en ballenas de acero, hablantes de una lengua incomprensible, buscaban aquello que crecía bajo las encinas. Para vejar lo que no era suyo, para sustraer hasta la última lágrima de una tierra a la que no pertenecían. A. La. Que. No. ¡Pertenecían!
Un estruendo de burbujas retumbó en cada pared. Las nubes de vapor giraban y giraban, en un huracán de aromas asfixiantes.
—Cuando quiso darse cuenta, donde antes crecía Pírmena, ahora sólo había un tocón seco. En el suelo en el que solía derramarse Girtuna, sólo quedaban hojas grises. Donde cada una de sus hijas le habían dado los buenos días, a cada sol naciente, tan sólo quedó un cementerio de madera muerta.
»Fue entonces que, al fin, comprendió la dríada los llantos de los padres. Y lloró, y lloró, hasta que toda ella se hizo río, luego aire, y luego nada.
Como si las luces del escenario se hubieran apagado de golpe, la magia que mantenía a la realidad levitando se desvaneció, tan rápido como había venido. Generosa regresó de la cocina, llevando con cuidado un recipiente de porcelana en el que aún escupía diminutas pompas un brebaje de color rojizo. Lo depositó junto a la tetera casi vacía, y clavó sus ojos en los de Alicia.
—«Por eso, si el paisaje ves volverse ocre, corinto y malva, recuerda: antes de ellos, fue del verde su morada». Creo que me he dejado alguna parte, pero sé que terminaba así.
La joven tragó saliva. Las pupilas de Generosa seguían aferradas a las suyas.
—Pero… si la dríada perdió a sus hijas… ¿Eso pasó de verdad? —preguntó, forcejeando sin éxito.
—Quién sabe —respondió, dejándola por fin libre—. Podría ser sólo un cuento. Sin embargo, lo que le ha pasado al joven Víctor diría que trasciende del terreno de la ficción, de forma hasta grosera en mi opinión. Por lo tanto, igual que me pediste que no te tomara por chalada, en la casa Carrasco no hay lugar para escepticismos. —Rozó con la yema del dedo el recipiente con el misterioso líquido—. Y te diré más: si tu hermano es un licántropo, y según me has contado, papeletas tiene de sobra, yo soy una bruja.
El argumento no tenía lagunas. En efecto, sabiendo lo que sabía, y uniéndolo con el espectáculo ilusorio, los himnos que aún resonaban en eco en cada esquina, el constante crepitar de la pócima y la sensatez con la que la anciana lo había expresado, era infinitamente más sencillo explicar todo lo que estaba experimentando como magia y conjuros, en lugar de buscar una solución escabrosa e innecesaria, sólo por negar lo que sus sentidos le mostraban.
Claro que Generosa Carrasco era una bruja. El disparate sería creer que no lo era.
—¿Una bruja? ¿Desde cuándo…? —preguntó Alicia, sus pestañas temblando.
—Uy, hija, desde mucho antes de saberlo yo misma. Pero tranquila, no me interesan las maldiciones. Esas son para la gente que se lo merece, y por suerte, con mis años aún no he encontrado a un mostrenco tan destacable. Y ni me hables de montar en escoba. Una vez lo probé y, siendo honestos, sale más a cuenta ir andando. Iba a tener yo los huesos tan bien, si me moviera de un lado a otro… —Sacudió la cabeza, deteniendo sus divagaciones—. Pero bueno, al menos me alegro de que no hayas salido corriendo. Estaba harta ya de tener que decir que soy «herborista». —Hizo señas de comillas con sus dedos—. Sabía yo que tendría que haber hablado contigo antes.
La niña la dejó continuar, no tanto por educación, sino porque no tenía mucho que aportar. Entendía el idioma, pero se veía imposibilitada del todo para hablarlo de vuelta.
—Entrando en materia, tienes ante ti una solución, literal y figurada. He de suponer que has entendido el motivo de que te haya contado esa historia, ¿me equivoco?
—Creo que sí —respondió Alicia, tratando de recordar los detalles—. Los que vinieron y cortaron el bosque… Porque la cosa es que los cortaron. —La anciana asintió—. Fueron… gente que vino de fuera, que hablaba otro idioma y que… ¿Son los ingleses?
—Eso creo yo. Más concretamente, los de la Spring C.L., la compañía dirigida por tu bisabuelo —replicó, tamborileando con sus uñas en la mesa—. Parece que esa ninfa vivía por aquí, y los ingleses, en su ansia de mineral y poder en la zona, arrasaron con las encinas. —El tamborileo se hizo más pronunciado, cuatro martillos apedreando el cristal—. No me extrañaría que el rencor se apoderara de ella, y cien años dan para que sedimente que da gusto.
—Pero no entiendo… —intervino Alicia—. Tú mismo lo has dicho, es sólo un cuento. Suena más a una… metáfora, de cómo los ingleses vinieron y colonizaron a los españoles aquí, con la dríada siendo…
—No es una mala interpretación —la cortó Generosa—, si no fuera porque tenemos entre manos a un chavalín que, por las noches, se convierte en lobo. Sería imprudente, a la vez que improductivo, no dar por hecho que ambos hechos están relacionados. Sobre todo, teniendo en cuenta que casi ha caído el sol. Debemos ser rápidas.
—¿Rápidas para qué…?
—Calla y escucha. Incluso si lo de la dríada no tiene nada que ver, Víctor está maldito. Nadie pasa de dormir como un lirón a salir por las noches a cazarlos, ¿entiendes? Esto huele a maldición de lejos. Tu hermano seguirá transformándose cada noche, y se llevará consigo a alguien, lo más probable que hijos de ingleses. No te voy a mentir, tampoco tengo el árbol genealógico de cada persona de este pueblo, pero si ya ha ido a por Alice, será porque apenas quedarán fuera de vuestra propia familia.
—¿Y qué hago? ¿¡Qué puedo hacer!? —imploró Alicia, alzando las manos, intentando agarrarse a lo que fuera.
—A eso iba, tranquila. —Empujó con suavidad el cuenco de porcelana, hasta situarlo frente a Alicia—. Esto es una pócima que he estado preparando estos días, desde que se anunció la primera desaparición. Con las cartas sobre la mesa, las alarmas se me activaron cuando me enteré, y divisé esta receta por si mis sospechas se hacían realidad. Con todo lo que me has dicho, por muy terrible que suene, me alegro de que así fuera. Porque esto de aquí solucionará todo.
Como respondiendo a su afirmación, una pompa que había estado creciendo en medio de la superficie rojiza estalló, dejando volar un perfume a barro.
—¿Y esto de aquí, tengo que dárselo a Víctor…? —preguntó, perdiéndose en su imagen, deformada por las ondas en la sopa.
—Precisamente. Pero aún no.
La retiró de sus narices de un tirón que casi hizo que se derramara la mitad del contenido. Alicia la miró, aturdida.
—¿Por qué? ¿No has dicho que casi es de noche? ¡No tengo tiempo que perder!
—Claro que no, por eso no deberías perderlo en quejarte, bonita. —Tomó el cuenco—. Aún falta un ingrediente para que la poción tenga el efecto deseado. Si se lo tomara tal como está, no sería más curativo que un té rojo de supermercado.
—¿¡Entonces qué le falta!?
—Ay, ay, ay… —bufó la bruja. Llevó el recipiente de vuelta a la cocina con parsimonia, lo que provocó aún más a Alicia. En su regreso, enseñó los dientes en una maliciosa sonrisa—. Tienes que aprender a escuchar, te lo he dicho varias veces.
—¡Sí, te escucho, dímelo! —Se levantó de un salto, con las manos sobre la mesa. La tetera vibró.
—Es algo grotesco, pero bueno, es lo que tiene que me llamen «bruja» y no…
—¿¡Cuál!?
—Sangre, Alicia. Necesito sangre —declaró, con un dedo en alto—. Más concretamente, la sangre de una de las víctimas del hombre lobo. Sólo así podré conectar el hechizo con sus pecados, y así extirparlos, junto con la maldición.
Sangre… Los engranajes de su cabeza comenzaron a revolucionar, tratando de hacerse a la idea de todo lo que le habían dicho hasta ahora. Una bruja, una maldición, una cura… De nuevo, conceptos irrisorios en una mente despierta, pero en aquella que había visto lo que ella había, tenían su lugar, por receloso que resultara. Por ello, si podía creer a los ojos que vieron al monstruo raptar a su hermano, debía creer en la magia que podría devolvérselo, no le quedaba otra. ¿Pero dónde encontrar sangre…? En casa de su abuela no había ni rastro, como si se hubiera desvanecido pese a la violencia de la noche anterior. Ese era el único lugar en el que Alice había estado, y a saber si se habría hecho sangre días antes, pero para encontrarla… Además, con lo metódica que era ella, seguro que habría tirado, como cada anochecer, la basura a…
«¡La basura! ¡Claro!». La de su abuela no estaría, pero la de su propia casa seguiría aún sin quitar. Y dentro…
—¡Sé dónde encontrar esa sangre! —chilló, dirigiéndose entre tropezones a la salida—. ¡Espera, vuelvo enseguida!
Sin dejar replicar a la anciana, tomó el pomo de la puerta. Intentó girarlo, pero no tuvo éxito. La bruja había echado el cierre.
De repente, escuchó un trueno en el exterior. Había sido muy cerca. Venía de su casa.
No. No, no, no.
Tiró y tiró, sin que la cerradura cediera un milímetro.
Un aullido trepanó sus oídos. Estranguló sus venas, torció del revés su corazón.
Se dio la vuelta, blanca como la tiza. Generosa buscaba la llave entre otras diez, sin pausa pero sin prisa. Alicia pegó la oreja. No escuchaba nada.
Crac. Crac.
El sonido de las llaves deshaciendo el cerrojo. Generosa abrió la puerta, indicándole que saliera. Alicia no tuvo tiempo de leer su expresión, ya que salió disparada calle arriba. En su carrera, casi tropezó con un largo trozo de madera, tirado en medio de la calle. Pudo darse cuenta, al detenerse para sortearlo, que se trataba de la puerta de su propia casa. Descuajaringada, como un tablón suelto de un barco recién hundido, había dejado la entrada a la casa nº12 completamente abierta. Desprotegida.
Alicia corrió hacia dentro. Pasó por salón y cocina, llegando al baño. Allí estaba, en la papelera. La toallita con la que había limpiado a su hermano, momentos después de que casi acabara con ella. Aún quedaban rastros de sangre, ya parduzca, pero servirían. Tenían que servir.
Iba a volver, cuando se dio cuenta de algo. Algo obvio, pero que se le había pasado por alto en el frenesí del momento. El que la puerta estuviera desencajada no significaba que pudiera entrar nadie. Significaba que algo había salido, destrozándola desde dentro. Giró hacia la habitación. No había rastro de Víctor.
Había llegado tarde. Había…
—No. No he llegado tarde. ¡Aún puedo salvarle! —gritó para sí misma, oprimiendo la toallita mientras se dirigía a la salida. Tan sólo tendría que dársela a Generosa, y seguro que ella sabría qué hacer. ¡Seguro!
Una figura rechoncha se interpuso en su camino, cuando casi salía a la calle. La farola iluminó las ristras de sudor en la frente de Cecilio, acogotado por las ojeras, incapaz de comprender nada.
—Alicia, qué ha pasado… —Abrió mucho los ojos—. ¿Dónde está tu hermano?
—¡Papá, por favor! —replicó, intentando empujarle a un lado.
—¿¡Qué ha pasado!? —La tomó de los hombros, presa de la ansiedad.
—¡Suelta, no hay tiempo! —Se deshizo de él con un zarandeo—. ¡Tengo que salvarle!
Cecilio se llevó las manos a la cabeza, resollando de pánico.
—¿Han cogido a Víctor…? ¡No, no, no! —Miró hacia ambos lados, agitado—. ¿Por dónde se ha ido?
—¡Papá, escúchame, no es así…!
—¿¡Por dónde, Alicia!?
Tof. Tof. Tof. En la calle bajo el arriate, una enorme y aberrante forma negra avanzaba a pasos agigantados, camino de la zona oeste del pueblo. Pisoteaba el pavimento como si deseara pulverizarlo a cada brinco. Cecilio rompió su garganta en un rugido de odio.
—¡¡Y una mierda!! —corrió furioso al interior de la casa—. ¡¡Y una mierda que vas a volver a romper esta familia!!
Alicia trató de detenerle, pero cualquier forcejeo quedó en inútil. No pudo evitar que rebuscara en su estudio, hasta encontrar una funda de piel verduzca. De ella, extrajo una escopeta de aspecto desvencijado, y un estuche con balas de gran calibre. Antes de ser subinspector, Cecilio había sido cazador.
Alicia volvió a agarrarle, haciendo que la mirara a los ojos.
—¡Papá, por favor, tienes que escucharme! ¡Víctor…!
Aquella magia que siempre había logrado obrar en su padre, en esa ocasión se dispersó como arena al viento.
—Tranquila, mi amor. No es el primer bicharraco que se me pone a tiro. —Intentó bromear, aunque ni él se creía lo que ladraba—. Mírame. Te prometo que, para cuando salga el sol, estaré de vuelta con tu hermano. Quédate aquí, y enciérrate en tu cuarto. Y no dejes que entre nadie. ¡Nadie! ¿Entendido?
—Pero papá…
—¡¡¡Alicia!!!
La casa amenazó con venirse abajo del bramido que despidió su padre. Alicia comprendió que no merecía la pena tratar de razonar con él. No sabía escuchar cuando se ponía nervioso. Y, aunque escuchara, no había tiempo de ponerle al día con la historia de terror en la que vivían.
Así que dejó que se marchara. Hizo lo que le ordenó, pero cuando estuvo segura de que se había quedado sola, abrió la puerta de su habitación y se encaminó rauda hacia la casa de la bruja. Llamó y llamó, hasta que escuchó los dos giros. Pero no fue Generosa quien le abrió. Otro par de ojos, más a su altura, pero del mismo color aceituna, le observaban con impaciencia.
—¿Traes lo que te ha pedido la abu, Alicia? —exclamó Gabi, tomándola del brazo y metiéndola en el recibidor a la fuerza.
Aturdida, asintió. El cerebro no le dio como para procesar que Gabi supiera todo, así que Alicia se limitó a extender la mano en la que llevaba la toallita ensangrentada. Su amiga la cogió y se perdió en la cocina. El minuto que Alicia pasó sola en el vestíbulo se hizo infinito.
Por fin, Gabi regresó, llevando con sumo cuidado un pequeño frasco de vidrio, que contenía un líquido rojo ya familiar.
—¿Entonces, esto servirá para…?
—¡Sí, la abu dice que es mano de santo! —saltó Gabi, ya con un pie en la calle—. ¡Rápido, tenemos que encontrar a Vic!
—Sí… ¡Sí, vamos!
Salieron, cerrando la puerta a su espalda. Alicia se volvió para darle las gracias a Generosa. Sus palabras fueron calladas por ese par de rítmicos crujidos. Crac. Crac.
—¿A qué esperas? ¡Vamos, Ali!
Alicia exhaló, sus fuerzas recobradas. Apretó el frasquito contra su pecho, y salió tras Gabi, en busca de su hermano. Lo traería de vuelta, aunque fuera por esos orejones llenos de pelo.
Crac. Crac. El pueblo duerme.